Irving M. Ramírez Flores.
Hace algún tiempo vengo disfrutando del cine clásico norteamericano. Han pasado ya por mis ojos las películas Un tranvía llamado deseo, La gata sobre el tejado caliente, Rebelde sin causa, Dos hombres y un deseo, El indomable, Al este del paraíso, Nido de ratas. Obviamente he quedado maravillado con los extraordinarios actores James Dean, Marlon Brando, Paul Newman, Robert Redford, etc., y las bellas actrices Vivien Leigh, Elizabeth Taylor, Natalie Wood, Julie Harries, Eva Marie Saint, etc. La lista es larga. Todos ellos gozaron de fama y fortuna en su época… Estoy seguro que ahora podré hablar sobre estas películas con mis buenos amigos Valentín Sánchez Daza y Juanito Giles. Ellos son cinéfilos a ultranza. Valentín ama a Greta Garbo y Juanito a Elizabeth Taylor, la gran actriz de ojos violeta.
Ayer vi Los caballeros las prefieren rubias (Gentlemen Prefer Blondes), película musical estrenada en 1953, y no pude dejar de mirar con cierta vehemencia a Marilyn Monroe, la actriz que se suicidó en agosto de 1962 y conmovió a Hollywood y al mundo, tanto que el poeta nicaragüense Ernesto Cardenal le escribió un poema sentido y trágico que revela en parte su infeliz infancia y adolescencia. Confieso que después de ver la película me quedé con un nudo en la garganta, con una ansiedad incontrolable, con una depresión misteriosa. No puedo explicar lo estupefacto que estuve. Luego busqué imágenes de la actriz en Google y me preguntaba cómo es que con su belleza extraordinaria, su sensualidad hechizante, su encanto y decoro y siendo así tan única, pudo acabar tan pronto con su vida. Las imágenes desfilaban antes mis ojos hasta que una me sacó del estado catatónico —es la que ahora adorna esta página— y después empecé, con dislocada fascinación, a describirla así:
Aquí está, con su cabellera rubia, Marilyn Monroe, acechando con su mirada de leona triste una cámara fotográfica. Sus cejas son dos gaviotas oscuras que silentes sobrevuelan sobre dos ojos cansinos, que igual no dejan de ser bellos. Pero sucede que esta foto no es igual al de otras, del espectáculo, donde solía mostrar su garbo, su sensualidad y sobre todo sus ojos abisales y bobos de felicidad. En esta foto; no parece Marilyn, la estrella de cine; sino Norma Jeane Mortenson, su otro yo secreto, su raíz de bosque, la que una vez fue una niña frágil, confundida y solitaria; en suma, la princesa de un cuento que no se llegó a narrar. El resto ya es historia conocida… Está en una habitación. Detrás de ella, se relajan dos cortinas blancas, y pareciera que se hizo la foto sin querer (es su pavor). «Es que no estoy arreglada… Pero bueno…». Marilyn, la chica sexi, la glamorosa, la inmortal, nos ofrece unos labios rojos cual rosa que está por reventar, un lunar exacto y puntual y una naricita respingada. Su mano izquierda está en su cintura, pero no se ve en la foto, no importa, porque para todos se ve esa mano tersa y sin anillos en su cintura. En esta foto, Marilyn, la rubia imposible, parece ausente y desconcertada, pero te mira con el fuego de sus ojos.
Al terminar mi catarsis, una lágrima resbalaba por mi mejilla, pero me satisfizo saber que me ahorraba un llanto.



