UNA LÁGRIMA LLAMADA FÚTBOL

Escribe: Ronald Mondragón Linares

Final de la Copa Libertadores de América 2019. Corrían los 88 minutos del segundo tiempo, con el resultado de un gol a cero a favor del River Plate de Argentina sobre el Flamengo brasileño. El plan de Gallardo, entrenador de los argentinos, fue (casi) perfecto: maniatar a los jugadores del equipo contrario, sobre todo a los más desequilibrantes, ejercer presión en zonas y de manera individual; en una palabra, asfixiar y hostigar al enemigo en todos los sectores del campo, conocida la superioridad del conjunto carioca tanto en figuras individuales como en juego colectivo. Este plan de destruir los circuitos de juego del contrario sin dejar de crear el propio exige, no obstante, un gran despliegue físico y una entrega absoluta, y River Plate lo hizo así, con amor propio, disciplina y voluntad generosas, conmovedoras, los dos tiempos…, es decir, hasta los 88 finales.

Cuando los seguidores del linajudo equipo argentino saboreaban -saboreábamos- la victoria y la conquista de la Copa y los hinchas del ‘Mengao’ miraban los últimos instantes del partido ya casi entregados a la resignación, una escapada por la banda izquierda de un atacante brasileño permitió anotar el empate a un jugador que poco o nada había hecho durante el resto del partido, Gabriel Barbosa, más conocido como ‘Gabigol’, anulado sin pena ni gloria por la táctica y disciplinada marca argentina, hasta ese momento. Un descuido, uno solo, había costado el empate de un equipo que, desde el punto de vista estrictamente futbolístico, no lo merecía. Y en eso están de acuerdo tirios y troyanos; es más, los propios hinchas del Flamengo se vieron sorprendidos, pues el propio trámite del encuentro no hacía presagiar ni siquiera el empate.

Bueno, me dije, el partido aún no ha concluido. Faltaba el periodo suplementario; a causa del empate, según las reglas establecidas, había que jugarse 30 minutos más…cosa que no llegó a producirse, como es bien sabido.

Lo que dictaba la razón era la prolongación inevitable y necesaria del partido. Mastiqué mi bronca por la injusticia del resultado y me dispuse a ver, a sufrir media hora más de fútbol.

Pero el fútbol no entiende de razones, de lógica y menos de valores tan etéreos como la justicia. En el tiempo de descuento, cuando el partido ya expiraba, un balón lanzado desde el campo de Flamengo, llega al área argentina y Pinola -probablemente el mejor jugador de River en ese encuentro- comete un error inverosímil y cede inexplicablemente, de cabeza, la pelota a Barbosa -sí, el ‘Gabigol’ que estuvo perdido y ausente casi todo el partido- quien gracias al descomunal error convierte el segundo, definitivo y lapidario gol que vale nada más y nada menos que la Copa Libertadores de América, después de 38 años para el Flamengo de Río de Janeiro.

El fútbol es el sinfín de emociones que nos da la vida. Es la metáfora ardiente de la felicidad individual y colectiva (“es un pretexto para ser feliz”, dijo o escribió Valdano, si mal no recuerdo); es, incluso, el canto de victoria o de esperanza de todo un pueblo. Es la solidaridad encarnada en once jugadores y el aliento perseverante de la hinchada que batalla con ellos. Es pasión, es dolor; es alegría desbordante o tristeza que a veces se resuelve con lágrimas amargas. Es lealtad y espíritu de estoico sacrificio, pues hay que estar no solo en los triunfos sino en las derrotas y sinsabores.

Pero no solo eso. Es inquietante porque es impredecible. No se puede hablar de racionalidad en el fútbol, sino hasta cierto punto. Recuerdo las veces que vi perder al equipo de mis amores, Alianza Lima, en el mismo estadio de Matute, cuando en Lima, en invierno, la tarde fría y gris, cae con todo su peso en el alma y da ganas de llorar.

Sin embargo, en el fútbol, así como se puede perder en un minuto, también se puede ganar en un instante. El pasado domingo, Alianza convirtió un gol agónico en los momentos finales del partido que le permitió ganar el torneo Clausura. El martes pasado, Real Madrid ganaba con comodidad dos goles a cero al PSG, en la Champions. Pero, merced a dos goles inesperados, el equipo francés empató el partido en las postrimerías.

Hay que aceptar las derrotas y las victorias. Hay que aprender de la derrota para encarar con éxito y optimismo el futuro. Hay que aprender a llorar y a reír. Hay que reconocer que lo inesperado, lo inexplicable, lo pasajero, lo misterioso y lo irracional también son elementos que conforman nuestro mundo. Hay que someter a nuestro espíritu a la fragua del sufrimiento para actuar con coraje y voluntad férrea. Como en la vida. Como en el fútbol.