UNA, DOS MUERTES

Escribe: Sheryl León Salvador 

(Steve Jobs College, 5° Sec.)

Cabellos de oro, ojos color esmeralda, su joven piel me cautivaba, suave fue la voz la que me enamoró aquella tarde en el café. 

Cuando ella se retiró, no dudé en seguirla, no tenía argumentos para explicar el por qué no quería perder al amor de mi vida.

Todas las tardes mi musa pedía un expreso cargado para luego dirigirse a la biblioteca; cada tarde observaba su bello rostro, era de contextura delgada, fina, alta.

Todos los viernes tenía el privilegio de observar cómo su largo cabello cubría esa espalda descubierta por un escote blanco con lentejuelas. Sabrina era una mujer delicada y muy elegante.

Y digo era porque si no fuera por aquella noche en la que la vi, con aquel idiota de la esquina, seguiría con nosotros.

Un sábado 28 escapaba de las sirenas de policía por feminicidio. Famoso en los periódicos y buscado por todo el país: me suicidé en un acantilado.