Por: Jorge Farid Gabino Gonzalez
Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura
La nominación de un transexual al Oscar en la categoría de mejor actriz por parte de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas ha desatado, y con justa razón, una gran polémica. De hecho, si partimos de la idea de que el arte, en cualesquiera de sus manifestaciones, es un territorio que si por algo se ha caracterizado ha sido por oscilar desde siempre entre la inclusión y la exclusión, entre la canonización y el olvido, y si encima convenimos en que la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas ha actuado no solo como un espacio de legitimación del talento sino también como un ámbito de pugnas en que el poder simbólico se redistribuye con cada nominación, no es exagerado preguntarnos hasta qué punto la inclusión de hombres transexuales en la categoría de mejor actriz no implica, de manera implícita pero indiscutible, el dejar de lado a aquellas mujeres que, sin artificios de ninguna índole, son biológica, sociales y culturalmente mujeres en todo el sentido del término. En otras palabras, si la visibilidad de los hombres transexuales se alcanza al precio de la invisibilización de las mujeres, ¿no estaríamos cayendo en una triste paradoja, una que, con la careta del progresismo, en realidad ocultan nuevas formas de exclusión?
Lo cierto es que, si por un momento dejáramos de lado esa suerte de entusiasmo irreflexivo con que un gran sector del progresismo ha abrazado esta nueva “fiebre inclusiva”, esto es, si en lugar de aceptar sin el menor espíritu reflexivo aquello que se nos impone bajo el manto de la corrección política nos tomáramos la molestia de pensar, de analizar, con la frialdad que exige el rigor intelectual, la manera en que esta postura puede llegar a afectar a quienes, paradójicamente, han luchado durante décadas por alcanzar el reconocimiento en una industria que las ha relegado consuetudinariamente a un segundo plano, nos daríamos cuenta de que, lejos de poner fin a una supuesta injusticia, la Academia ha terminado por sumar una nueva capa de desigualdad, una que, como sucede lamentablemente con las formas más sofisticadas de exclusión, se disfraza de progresismo a fin de que su verdadera naturaleza no sea advertida. El resultado de dicho estado de cosas es previsible: si hoy un transexual es asumido con total naturalidad para una categoría destinada históricamente a las mujeres, no habrá de pasar mucho tiempo para que el cine abra todavía más sus puertas a dicha postura, llegando a relegar a las mismas mujeres que, en teoría, debían ser quienes se beneficien de la lucha feminista por el reconocimiento de su talento.
Así, el feminismo, ese movimiento que a lo largo de ya varios siglos ha librado un sinfín de batallas con el objetivo de que las mujeres sean vistas, escuchadas y valoradas en un mundo consuetudinariamente hostil a ellas, enfrenta en la actualidad un nuevo y decisivo dilema, uno que en modo alguno es menor y que, lejos de superarse con eslóganes efectistas, precisa un análisis profundo y honesto: ¿en qué medida afecta a la causa feminista el hecho de que el espacio conquistado con tanto esfuerzo se vea hoy compartido con personas cuya experiencia de vida no se corresponde, en modo alguno, con la de aquellas mujeres que han vivido desde siempre enfrentando los desafíos que la sociedad ha impuesto a quienes nacen bajo el signo de la feminidad? Y es que, si el feminismo ha luchado por visibilizar las diversas dificultades que atraviesan las mujeres aun hoy en la industria del cine, ¿no es acaso contradictorio abrir las puertas de sus espacios más representativos a quienes no han pasado por la doble exigencia de ser no solo talentosas sino también personas que cumplan con cánones estéticos preestablecidos? Ahora bien, si la respuesta a lo anterior es que la identidad de género es ahora lo único que cuenta, ¿por qué la biología sigue siendo un factor determinante en otros ámbitos?
Por si lo anterior no fuera ya bastante, no deja de ser llamativo que, mientras en otros espacios de la sociedad se promueve el debate, esto es, la diversidad de opiniones, esto es, el cuestionamiento de lo establecido, en lo concerniente a la inclusión de hombres transexuales en categorías tradicionalmente reservadas para mujeres la consigna predominante sea la de aceptarlo sin cuestionamientos, bajo el argumento deleznable de que solo el odio podría motivar el oponerse a ello. Porque es un hecho incuestionable que las actrices que, en su fuero interno, pudieran sentirse en contra de este nuevo estado de cosas, y que, en consecuencia, vieran en esta tendencia una amenaza para lograr obtener las oportunidades que tanto se les ha negado, saben que alzar su voz de protesta las colocaría irremediablemente en el centro de una tormenta mediática donde serían acusadas de intolerantes, de enemigas del progreso. De ahí que no sea exagerado afirmar que con la apariencia de “equidad”, se impone una dictadura, una en la que la única postura aceptable es la de la aceptación incondicional de lo que establezca el progresismo, aunque en privado se pregunten con cada vez mayor insistencia cuánto tiempo podrán seguir guardando silencio. Cuánto tiempo más podrán seguir callando una verdad del tamaño de una montaña: Un transexual no es una mujer.




