Los cólicos eran insoportables, como si un cuchillo bailara marinera desde el ombligo para abajo. La noche fue larga, llena de vueltas en la cama, rezos al santo de las tripas y maldiciones a la pachamanca con chincho y aceite que unos días comi. Con el amanecer llegó la misión: enfrentar al médico o, mejor dicho, al matagente de turno.
La fila ya estaba un poco larga cuando llegué, cada rostro más ojeroso que el otro, como si fuéramos extras en un casting de zombies. Una señora, con más arrugas que paciencia, entró como si fuera la dueña del hospital.
¿Esta es la cola para la atención?
Todos movimos la cabeza como perritos de taxi. Ella, con cara de pocos amigos, soltó un “Buischa” que resonó como balazo en cuarto cerrado. Se plantó frente al guachimán, un flaco que parecía sacado de un gimnasio de promesas incumplidas.
Quiero que me atiendan primero. El guachimán, sin inmutarse, respondió: «No, señora, acá todos son preferenciales». Ella, furiosa, replicó: Si me contestas así otra vez, te meto un sopapo.
Él, con cara de “lo he visto todo”, se encogió de hombros. «Métame, señora». No sabe con quién se mete. La señora lo inspeccionó de arriba abajo y, como para rematar, soltó:
«Estás todo flaco, seguro hasta pajero eres». Ahí terminó el round. El guachimán le ordenó retirarse, y la vieja, frustrada pero obediente, fue al último de la fila. Antes de irse, me lanzó una mirada fulminante: ¿Usted también está esperando? «No, señora, le respondí. Vengo a comprar carne fileteada por kilos en el médico».
Ella no supo si era burla o verdad. Simplemente se fue. Faltaba poco para mi turno cuando vi algo digno de una película de terror. Un hombre llegó en camilla, con una herida en la cabeza que parecía hecha por un hachazo. Lo habían cosido con tanto esmero que su frente parecía un costal de shuco. No sé qué me dolió más, si el cólico o la imagen de su frente remendada.
Finalmente, llegó mi turno. El médico, sin mirarme mucho, mandó directo a los análisis y a que me pusieran un calmante. Caminé al consultorio de la enfermera con el entusiasmo de un condenado al patíbulo. Apenas me vio, me invitó a sentarme. Cerré los ojos con fuerza, porque una cosa es ser apóstata y luchador, pero a las agujas, amigos, les tengo pavor.
Sentí el líquido entrar por mis venas, frío y misterioso como los ingredientes de un ceviche de mercado. Quería sanar, pero mi cuerpo decía “naca la pirinaca”. De ahí, me mandaron al laboratorio. Me entregaron un táper diminuto, un recipiente humilde para un momento tan solemne: recoger mi orina. Antes de eso, me pincharon de nuevo para más muestras de sangre. Mis brazos ya parecían coladores.
Con los brazos doblados como quien carga un invisible peso, me fui al baño. Recé para que hubiera alguien que me ayudara con el cierre del pantalón y me sacara al nene, pero el lugar estaba más desolado que la billetera de fin de mes. Al final, con esfuerzo digno de un cirujano, abrí el táper y saqué a mi “muñeco”. El pobre estaba tan atontado como yo. Apenas unas gotas doradas cayeron en el recipiente.
Le hablé como si fuera mi hijo rebelde: «Compórtate, haz lo que tienes que hacer». El muñeco, en su rebeldía, obedeció a medias. Pero bueno, algo es algo. Salí del baño con el táper en la mano, orgulloso como un campeón que lleva su trofeo. Todos en la sala me miraban, y yo me sentía como Messi sosteniendo la Copa del Mundo. Por un momento, pensé en darle un beso al recipiente, pero el recuerdo de mis brazos pinchados y el dolor abdominal me disuadió.
Regresé al laboratorio, dejé mi ofrenda y me senté a esperar. Dos largas horas se estiraron como el chicle en los dientes. Entre el dolor, el sueño y los quejidos de otros pacientes, mi mente divagaba. Pensaba en lo surrealista de todo esto: desde la señora peleona hasta mi trofeo de orina. Finalmente, el resultado llegó, pero eso, amigos, ya es otra historia.
Las Pampas, 19 de junio del 2025




