UN QUIJOTE

Por Yeferson Eduards Carhuamaca Robles

El suave olor de las rosas que habitaban en la universidad me daba a conocer que un amor se iba, que era la última vez que la vería su rostro, no tenía certeza de ello, como ahora puedo saberlo, que ya no estarías conmigo al mirar la tarde. Atrapado y sin consuelo, me retiré muy de noche de ese lugar, cansado por cargar copias y separatas, exámenes rotos y unos cuantos versos incompletos, me asomé a la puerta otra vez y la luna ceñía su sombra sobre mi mirada apagada.

No deseaba volver a casa, el día había acabado y una voz dulce me despedía para siempre, los amores son fugaces y el recuerdo nunca se convierte en olvido. Lentamente mis pies empezaron a moverse, crucé la calle y seguí hasta el parque, luego seguí de frente hasta llegar a mi casa, el dolor y las sombras de aquella noche hablaban con cierto ruido en mi cabeza, pero mi corazón era un pájaro nocturno aleteando en la oscuridad.

Y los siguientes días fueron feroces, la cotidianidad de los que haceres, los idas y vueltas, el estudio y las lecturas pendientes, me sabían muy poco, cada día intentando sostenerme y no perder el equilibrio de mis emociones. Limpiando el polvo de mis zapatos de los lugares más solitarios a donde iba siempre, en donde creía encontrar más melancolía y esta a su vez me pueda dar segundos de paz, qué ironía, alejarse de los demás para poder seguir alejado de ti mismo, un afán de los tontos que se enamoran con canciones tristes, de poemas que elogian a la soledad, de aquellos que leen historias de reglones que narran amores imposibles y sobre destinos trágicos.

En uno de esos días inconstantes, donde todo vale un pepino, siempre era bueno caminar y quedarse a vagabundear por la universidad, y al no encontrar nada interesante, salir como cualquier otro. Al salir de ella, ir en donde el librero llamado don Pavel y observar la nueva mercadería que nos traía y de esa manera alejar un rato los pensamientos de abandono y ciertas tonteras del amor. Don Pavel, el librero que siempre estaba al costado de la puerta y su venta de libros, siempre eran un refugio para engañar a la mente, ya que tenía una biblioteca ambulante prácticamente, donde fingiendo en comprar alguno de los libros que se exhibían, uno podía leer algunos títulos o libros en su puesto.

Ese día, sin tanto apuro, Don Pavel me mostró los dos tomos de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, me miró y sin titubear me dijo que así nomás no se encontraba ese libro en aquella edición, además de estar muy bien conservados. La pregunta fue inmediata, a cuánto y me lo llevo. Me dio el precio y le regateé, al final de las negociaciones terminé por comprarlo. Sabía que era un libro universal, que la crítica y mis amigos lectores hablaban maravillas de aquella novela escrita por Cervantes, que era un de las obras cumbres e inmortales del habla castellana. Sin embargo, solo me quedaba en silencio, ya que prefiero ser un ignorante callado que hablar estupideces por creerme intelectual, es mejor así, pensaba. Nunca lo había leído como tal, siempre en resúmenes o fragmentos que estaban adaptados al leguaje común y sencillo. Además, el maestro Andrés Cloud siempre pregonaba que en Huánuco había unos cuantos, en suma dos o tres que sí habían leído la obra completa del Quijote, y que uno de ellos era él. Menudo reto para nosotros pequeños que lo escuchábamos con atención y sorpresa.

Ese día por la tarde y noche empecé la lectura del Quijote, con cierta dificultad, trataba de entender algunas palabras del español de esa época o aquellas de cual nunca había podido siquiera advertir su significado, sin embargo, las salidas en busca de retos, las palizas, los sueños por aventuras del hilarante Quijano atrapaban mi mente, que por esas épocas la ocupaban ideas del desamor.

Una noche de aquellos tiempos, salía de la universidad, tenía los libros en mi mochila, además de otros trabajos y textos de estudio, un amigo muy fraterno me pidió días antes que le prestara los libros, quería mostrárselo a su enamorada, me dijo. Yo, sin ninguna duda o cautela se los di, pensando que ello de mostrarle a su enamorada era cuestión de un tiempo corto. Nunca en toda la noche volvió a aparecer mi amigo. Al día siguiente, me escribió de un número desconocido, me contó que ayer por la noche lo habían asaltado a él y a su enamorada, se habían llevado su mochila y los libros. Nunca volví a encontrar una edición tan bonita de aquel libro, así como nunca más volví a compartir una tarde para dibujar nubes con mi Dulcinea.