En Huánuco, la vida parece haberse detenido. La ciudad y su gente se enfrentan a un estancamiento que ya no es solo material, sino también simbólico: calles sin mantenimiento, veredas destruidas, vías de comunicación abandonadas, y una sensación persistente de que nada cambia. Durante décadas, la región ha sido testigo de promesas incumplidas, de planes que nunca se ejecutan y de autoridades que parecen más interesadas en su bienestar personal que en el bien común.
La realidad se palpa al recorrer cualquier calle del centro o de los distritos: baches convertidos en trampas, rutas de conexión regional paralizadas desde hace años, y una infraestructura colapsada. Huánuco, según la voz popular, está paralizada en el tiempo. Y esa percepción no es exagerada. Desde hace más de 40 años, las obras esenciales han quedado relegadas, y la capacidad de gestión de sus autoridades se ha diluido entre la indiferencia y el olvido.
Sin carreteras funcionales, no hay desarrollo posible. Las vías son el pulso de una región: llevan salud, educación, empleo, comercio y esperanza. Su deterioro no es solo físico, sino también un reflejo de la negligencia institucional. ¿Qué tipo de legado deja una gestión que no ha sido capaz ni siquiera de tapar los huecos más visibles de su ciudad?
Peor aún, la población ha comenzado a normalizar el abandono. “Ya nos acostumbramos a los huecos”, se escucha con resignación. Este tipo de apatía social es un síntoma preocupante: cuando la precariedad se vuelve costumbre, el deterioro se profundiza, y el conformismo reemplaza a la exigencia ciudadana.
Se acercan las elecciones, y con ellas la oportunidad —y el deber— de reflexionar con responsabilidad sobre a quién se confía el rumbo de la ciudad y la región. La esperanza no puede residir en discursos vacíos ni en figuras repetidas. Se necesitan nuevas autoridades que, más allá de las promesas, presenten voluntad política, conocimiento de gestión pública y, sobre todo, un compromiso real con el futuro de Huánuco.
La educación, la salud, la infraestructura y el desarrollo económico están estancados. Y si no se actúa, el daño será irreversible. Aún hay tiempo para exigir, para votar con conciencia y para romper el ciclo de postergación. Porque Huánuco merece más que sobrevivir: merece avanzar.




