
Escrito por: Denesy Palacios Jiménez
La situación que vivimos en este momento a nivel nacional, como consecuencia de la prolongación para declarar al ganador de las elecciones presidenciales, es una muestra del fraccionamiento social y cultural que se vive; qué hubiera pasado si en el conteo de votos la candidata hubiera sido la resultante ganadora, me refiero si hubiera sido a la inversa, los medios capitalinos y un sector de la población y hasta quienes administran el ministerio Público hubiera tenido tantas contemplaciones para recibir las impugnaciones, o los pedidos de revisión de actas, o hubiera dicho que el Poder Electoral como poder autónomo ya hizo su trabajo, y por lo tanto no da lugar a ningún tipo de observación, y aún más cuando los observadores internacionales hablan de un proceso limpio y transparente.
Lo que vemos es producto de muchas secuelas que venimos arrastrando desde la colonia misma, e incluso desde la implantación de la primera República, me refiero al problema de que no se considera al Perú, como un país pluricultural y multilingüe, sino que sigue primando la raza y cultura impuestas, es por eso que se percibe como trauma y aún más como un problema, la mayoría del Perú profundo o del interior apoyando al profesor rural, y el otro sector blanqueado con la otra candidata.
El blanqueamiento es un problema plasmado desde la colonización y volviéndolo más fuerte con la traída de africanos o esclavos con la conquista o invasión a los nativos del continente y volviendo al blanqueo como dispositivo de poder donde se valora y permanece hasta la actualidad.
Es que el blanqueamiento en el Perú es todo un proceso ya que en el territorio llegaron y se asentaron varias razas, inclusive después de la independencia, sobresaliendo o valorando más el poder del dinero o los bienes materiales antes que el color de la piel.
El blanqueamiento es la búsqueda de escapar de lo negro, lo cholo, lo indio, para asegurarse una mejor forma de existencia social en un contexto que valora lo “blanco” como sinónimo de progreso, civilización y belleza.
Esta búsqueda se lleva a cabo de dos modos, primero, a través del mestizaje en un proceso inter generacional, y en segundo lugar, a través de la integración a redes sociales no indígenas. Mientras que el primero es evidente en la apariencia física, en el segundo, revela la dinámica social llamándolo blanqueamiento social donde interactúan distintas fuerzas: ideológicas, sociales y personales.
La dimensión ideológica del blanqueamiento social ha sido construida en relación con una identidad nacional que privilegia lo blanco, o lo que se acerca a él, y restringe el espacio social y simbólico que ocupan las poblaciones indígenas y demás migrantes traídos; la dimensión social alude a las dinámicas que actúan para “diluir y dispersar lo indígena y la cultura andina” y la dimensión personal incluye las diversas prácticas cotidianas que realizan los grupos e individuos sociales identificados como no blancos para adecuarse a los valores culturales, sociales y morales “blancos”
Gonzalo Portocarrero nos habla que construyó tres metáforas para explicar las dinámicas del racismo en el Perú, para intentar describir su modo de funcionamiento y la manera particular en que se había producido. En sus escritos, el racismo fue entendido como un mecanismo de poder que construye identidades, refuerza relaciones de dominación y permea el funcionamiento de la vida colectiva
También, aparece como una mentalidad colectiva y como una práctica, que corresponde con un conjunto de representaciones. Como mentalidad, como imaginario o, incluso, como ideología, el racismo se dedica a producir estereotipos, fantasmas y miedos. Como práctica, contribuye a estructurar buena parte de las relaciones sociales y supone la articulación de un acto de diferenciación y de exclusión social.
De acuerdo con Quijano (2014), se impuso una clasificación racial/étnica de la población como patrón de poder que opera en planos, ámbitos y dimensiones, materiales y subjetivas, de la existencia humana para justificar el sistema de dominación.
Finalmente, Martínez (2009) insiste en analizar la conquista del continente por los europeos porque fue en este momento histórico cuando se abrió el tema de las relaciones interraciales: los españoles no sólo conquistaron las tierras, sino también los cuerpos y los redujeron a categoría de semovientes, llegaron a negar hasta su condición humana diciendo que no tenían alma. Luego crearon la pirámide social para justificar la explotación racial y la servidumbre. El hartazgo a todo esto es la reacción del pueblo del interior del país.




