Un poco de buen criterio

Escrito por: Jorge Farid Gabino González

La presentación del premier Bellido y sus ministros en el Congreso para solicitar la cuestión de confianza el pasado jueves ha generado, como se sabe, un enorme revuelo, y no precisamente por la exposición de las políticas de gobierno que se habrán de implementar por parte de la gestión de Pedro Castillo durante los próximos meses. La razón por la que la presencia del señor Bellido ha generado innumerables primeras planas tanto dentro como fuera del país ha sido, más bien, por una cuestión que, en rigor, no tendría que haber pasado de una mera anécdota; esto, claro, si las circunstancias, esto es, si el contexto en que se dieron las cosas, hubiesen sido diferentes.

Pero no solo no lo fueron, sino que, además, dado el consabido clima de creciente confrontación en que actualmente se vive en el país entre quienes se asumen como “los verdaderos peruanos” y quienes, por defecto, vendrían a ser algo así como “los intrusos”, vele decir, aquellos que, por no contar con un origen andino, carecerían de argumentos suficientes para asumirse como “peruanos”, podría decirse sin temor a la exageración que la sangre, figuradamente hablando, desde luego, llegó al río.

Esto porque la polarización que, repetimos, tiene sumidos a los peruanos desde hace ya varias semanas en un ambiente de preocupante conflicto interno, se vio sustantivamente incrementada debido a la poca eficiencia con que la presidenta del Congreso manejó algo que, como ya quedó dicho, no debería haber pasado de ser solo una trivial y vulgar anécdota. Lástima que no sucediera así. Porque una cosa es cierta: la culpa de que las cosas terminaran dando la impresión, justificada desde todo punto de vista, que se estaba cometiendo un flagrante e imperdonable acto de discriminación en medio de una ocasión tan solemne como la presentación del gabinete ante el pleno del Congreso, fue de nadie más y nadie menos que de la presidenta del Legislativo, que, se lo mire por donde se lo mire, no tuvo la perspicacia necesaria para sobrellevar el asunto.

Que fue ni más ni menos lo que el premier Bellido buscaba. Porque que la suya haya sido una actitud que solo buscaba “reivindicar” a los “sufridos y nunca del todo comprendidos” quechua hablantes del país, utilizando su lengua para iniciar su participación en el Hemiciclo, no se la cree nadie. Fue parte de una fría y calculada jugada política el emplear el quechua para empezar su discurso, y él lo sabe. Jugada que demás está decir que le salió de las mil maravillas, pues consiguió lo que pretendía: mostrarse ante el país entero como la víctima de un sistema que, aun a doscientos años de la Independencia, sigue teniendo a los hablantes de la lengua de los incas como gestes de quinta categoría, como la última rueda del coche.

Así, antes de iniciar incluso con su exposición propiamente dicha, el señor Bellido lograba lo impensado, lo casi, casi imposible: obtener la cuestión de confianza por parte de un Congreso al que, después de haber reaccionado en su gran mayoría de una manera lindante con la estupidez debido al uso del quechua por parte del premier, no le quedaba otra que concedérsela; aunque solo fuera para no quedar peor de lo que ya de por sí estaba quedando.

Pues era evidente que, a esas alturas del partido, al grueso de la población le interesaba un maldito carajo lo pudiera decir el señor Bellido como parte de la exposición que había ido a realizar al Congreso. Lo único que la gente tenía frente a sí en ese momento era a un hombre que había sido “humillado” por un Parlamento que solo podía hacer algo para reivindicarse, y no ya con el señor Bellido o el gobierno al que representa, sino con la ciudadanía en sí misma: otorgarle la cuestión de confianza.

Jugada maestra, sin lugar a dudas, que dice mucho de la capacidad política de un hombre que, aun a sabiendas del enorme peso que cargaba sobre sus espaldas al tener entre los miembros de su gabinete a individuos a los que les sobran méritos para estar en cualquier parte que no sea, claro está, en los más altos cargos del Ejecutivo, tuvo, no obstante, el “atrevimiento” de pararse frente al pleno del Congreso, y salir bien librado del asunto.

¿Le da este primer triunfo al señor Bellido la autoridad necesaria para amenazar al Congreso, como al parecer lo habría venido haciendo en los últimos días, si insiste en la censura de algunos de los más impresentables de sus ministros? Por su puesto que no. Que el que las cosas le hayan ido bien en su primera presentación ante el Congreso no son garantía de nada. Y mucho menos teniendo entre sus filas a ministros cuyos innegables cuestionamientos deberían hacerle recordar más bien que más temprano que tarde deberán enfrentarse con la realidad de que o realiza el señor Pedro Castillo los cambios que se hace urgente que haga al interior de su gabinete, o se arriesga a llevar al país a una nueva crisis que con un poco de buen criterio podría muy bien evitarse.