Por Arlindo Luciano Guillermo
La lectura es alegría, placer, disfrute, sabiduría y felicidad. Siempre fui un lector. Nunca he dejado de leer, incluso en momentos de crisis personal, congestión laboral o largos viajes. Nada ha sido obstáculo para leer; no hay justificación para no leer o dejar de leer. Siempre tuve a mi alcance un libro. Leía los cuentos de Borges en Llata mientras caía perpendicularmente una lluvia bíblica o en Puerto Inca, con bochorno insoportable y ventilador encendido, El romancero gitano de Lorca. La lectura contribuye con la configuración de la personalidad, el carácter y el desempeño laboral. Quien no lee pierde la oportunidad de disfrutar la magia de la palabra frente a los ojos. Mis primeros libros en la secundaria ocupaban el alfeizar de la ventana. Ya en la universidad me apropié de la cocina para convertirla en dormitorio y biblioteca. Había comprado un estante de metal con puertas, luego anaqueles de casi dos metros de altura. Hoy, más civilizado y considerado con los libros, les otorgó estantes de madera barnizada donde reposan vivos, ávidos de compartir lectura conmigo. Soy el resultado de la lectura de mis libros; académica e intelectualmente no sería yo, si no hubiera leído libros. A mi hijo Juan Diego le dije: “Lee todo lo que puedas mientras no tengas familia ni obligaciones profesionales”. La soltería es la mejor etapa para leer; ahí eres un lector omnívoro”. No se puede leer todo, pero sí lo necesario e imprescindible.
El libro impreso o e-book es mercancía disponible en el mercado y cumple con el circuito de la producción de bienes y la comercialización. Un libro no cae del cielo. Muchos escritores viven de sus libros; otros apenas recuperan la inversión. Un libro merece un espacio físico, de confort y decoroso. Yo alguna vez cometí la locura de deshacerme de mis libros como ocurre en el Capítulo VI del Quijote donde se cuenta la quema de libros de caballería que habían desquiciado al hidalgo Quijote de La Mancha. Lo hice porque consideré que no habían contribuido con mi felicidad personal y familiar ni bienestar social y económico. Me quedé solo con algunos imprescindibles. Cuando quise recuperarlos, arrepentido de mi absurda decisión, ya era tarde: habían tomado destinos diferentes para siempre. Desde entonces no los veo, me olvidé de ellos y los reemplacé por otros.
Para Jorge Luis Borges, “el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación”. Qué sería de la guerra de Troya sin la Ilíada, la ciudad de Dublín sin el Ulises y Dublineses de James Joyce, de Colombia sin Cien Años de Soledad, del Perú sin Trilce, La palabra del mudo, La Ciudad y los Perros o Conversación en La Catedral. Qué sería de los lectores de poesía sin Neruda, Octavio Paz, Blanca Varela, Miguel Hernández, Federico García Lorca o Samuel Cárdich. Jamás conoceríamos de Pachacútec o del imperio del Tahuantinsuyo sin los libros de María de Rostworowski. El libro es memoria colectiva, almacén dinámico de conocimiento, consulta, epifanía y acontecimiento. Casi nada del imperio inca sabríamos sin los comentarios reales de los incas de Garcilaso de la Vega. Por eso, lamentamos que Buda, Sócrates y Cristo no escribieran libros para la posteridad. El libro es el instrumento más asombroso que el microscopio, el telescopio, el teléfono, el arado o la espada, afirma Jorge Luis Borges, un consumado lector desde la niñez hasta el último día de su existencia. Él fue un lector empedernido y acucioso que vivió en su biblioteca familiar, lejos de los juegos infantiles. Si bien los juglares recitaban historias de héroes épicos, Miguel de Cervantes legó un libro inagotable, vigente y vital: El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha. Sin la lectura de libros el cerebro estaría en inercia, solo esperando un estímulo oportuno para la actuación instintiva y rutinaria; con los libros iza velas al viento y otorga vida a las ideas reposadas. Quien lee incrementa léxico y construye discurso claro y coherente, ejerce el derecho a imaginar con libertad, fantasear y crea con palabras poesía y mensaje transparente y efectivo; quien lee piensa mejor, habla mejor, siente mejor, advierte la falacia y pondera la veracidad del conocimiento. Sin la lectura hay la posibilidad de ser afásico, balbuceante, lingüísticamente mediocre y necio, vulgar, discapacitado estético, sin reacción para la réplica en el debate.
Siempre he sentido aprecio descomunal y atracción lúdica e intelectual por los libros. Cuando me entero que va a aparecer un libro tengo la sensación del niño que espera el regalo que papá Noel debe traer en Navidad. Mi ansiedad aumenta gradualmente como bola de nieve que desciende de la cumbre. Solo siento serenidad y satisfacción cuando poseo el libro en mis manos y disfruto de la lectura inmediatamente. Los libros dan lecciones, dejan huellas indelebles en el lector, contribuyen con el conocimiento y la base de información necesaria para tomar decisiones, despierta el pensamiento crítico y autonomía de opinión, ayudan a convivir con la lengua materna viva y vigente, motivan a ejercer la imaginación sin límites, sentimos el impacto afectivo y emocional del contenido, intención y personajes, apreciamos el talento creativo y verbal del escritor. Mi vida está ligada a los libros. Leer es un desafío, aventura y experiencia que implica decisión, vocación, desprendimiento de tiempo y cuota de inversión económica. El hábito de lectura o leer por necesidad no acaba el día de la graduación en la universidad; de ahí adiós libro y lectura. Los libros físicos o electrónicos para un lector, posterior a la lectura, no interesan, sino lo leído y disfrutado. Una biblioteca repleta de libros no leídos es un cementerio; los libros, cadáveres; el bibliófilo o bibliómano, un sepulturero. Los libros cobran vida cuando el lector los lee con entusiasmo, discrepando, coincidiendo, conversando, subrayando, marcando territorio, intercambiando pareceres con el autor. La lectura es un diálogo democrático.




