Un estudio revela un deterioro en la salud mental materna.

La salud mental materna en Estados Unidos ha experimentado un preocupante declive entre 2016 y 2023, lo que pone de manifiesto la creciente presión sobre las madres en una sociedad que ya lidia con tasas de natalidad en descenso. Este fenómeno ocurre en un contexto donde las políticas de apoyo familiar son insuficientes y la carga del cuidado recae desproporcionadamente sobre las mujeres. A esto se suma un debate nacional sobre cómo incentivar la formación de familias, mientras las madres se enfrentan a desafíos cada vez mayores.

Según la investigación publicada por The New York Times, un nuevo estudio de gran envergadura, publicado en JAMA Internal Medicine el martes, revela un deterioro significativo en el bienestar psicológico de las madres estadounidenses.

El estudio, que analizó datos de casi 200,000 madres participantes en la Encuesta Nacional de Salud Infantil, muestra una marcada disminución en el porcentaje de mujeres que califican su salud mental como “excelente”. Paralelamente, se observa un incremento en la proporción de madres que reportan una salud mental deficiente, especialmente entre aquellas que son madres solteras o cuyos hijos dependen de Medicaid o carecen de seguro médico. En 2016, una de cada veinte madres reportaba una salud mental mala o regular; para 2023, la proporción aumentó a una de cada doce. En contraste, solo uno de cada 22 padres encuestados reportó una salud mental similarmente comprometida en 2023.

Si bien la investigación presenta ciertas limitaciones, como su naturaleza transversal y la dependencia de autoinformes, los expertos en salud mental materna no se sorprenden ante los hallazgos. La Dra. Tamar Gur, directora del Programa de Investigación en Salud de la Mujer Soter en la Universidad Estatal de Ohio, considera que estos datos sirven para validar las experiencias de muchas madres que se sienten solas en su lucha. La investigación proporciona una base tangible para demostrar que estos problemas son reales y están extendidos a nivel nacional.

Aunque el estudio no profundiza en las causas del declive, la Dra. Jamie Daw, profesora asistente de política y gestión de la salud en la Escuela de Salud Pública Mailman de la Universidad de Columbia, sugiere varios factores contribuyentes. Entre ellos, destaca el alto costo de la vivienda, el aumento del precio del cuidado infantil y la escalada de los precios de los alimentos, todos ellos elementos que ejercen una fuerte presión financiera y emocional sobre las familias. Estas tensiones se suman a preocupaciones arraigadas, como la persistente desigualdad en la distribución de las tareas domésticas y la ausencia de una política nacional de permisos parentales remunerados.

Expertos en salud mental, como la Dra. Catherine Birndorf, fundadora del Motherhood Center of New York, enfatizan que las secuelas de la pandemia de COVID-19 siguen afectando a muchas mujeres, exacerbando el aislamiento y la dificultad para encontrar redes de apoyo. La Dra. Crystal Schiller, directora del Centro para los Trastornos del Estado de Ánimo de la Mujer en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, califica los últimos años como una “tormenta perfecta para la salud mental de la mujer”, donde el estrés pandémico desencadenó una crisis que no se ha superado por completo, en gran medida debido a la falta de acceso a servicios de salud mental de calidad.

A pesar de la persistente escasez de terapeutas y la barrera económica que impide a muchas personas acceder a la terapia, el estudio ofrece un rayo de esperanza: las madres podrían estar expresando más abiertamente sus dificultades, sintiéndose más cómodas al compartir sus experiencias con amigos, familiares, proveedores de atención médica y en redes sociales. Este aumento en la visibilidad y la conversación sobre la salud mental materna podría ser un paso crucial para abordar este problema de manera efectiva.