Un encuentro con Beto Ortiz

Arlindo Luciano Guillermo

Ingresé a Crisol. Pregunto al vendedor, que acomoda en los estantes el reciente envío, si había en stock dos libros de mi interés:  La muchacha mala de la historia del periodista Pedro Casusol y La máquina de hacer poesía del filósofo Luis Alberto Castillo. Ninguno había llegado a Huánuco. En el recorrido encuentro (como para consolar mi frustración libresca) a Gabriel García Márquez. Todo los cuentos y Mi planta naranja-lima de José Mauro de Vasconcelos, libro que había leído con descomunal entusiasmo y pasión Rosa Elena Horna Salazar, otrora locutora de radio Studio 5. De ella no he vuelto a saber nada, no tengo porqué saber qué hace ni dónde está. Cuando ya me retiraba, el mozalbete vendedor me alcanza un libro. Esto es un buen libro. Leo la carátula con suspicacia. Era Por favor no me beses de Beto Ortiz, periodista, conductor televisivo, columnista de PERÚ 21, controvertido personaje público. Lo llevo. Mientras espero el KFC para el almuerzo, hojeo el libro. Me encuentro con el primer texto titulado Escribo (17-20 Págs.), brutal y descarnado manifiesto de la escritura, del oficio de escribir, de por qué escribe Beto Ortiz. Dice: “Escribo porque escribir es bueno para la salud, porque, a veces, escribir me desencadena un llanto tan violento como esa náusea que solo un dedo en la garganta hace estallar. Escribo para poder rugir, para poder ladrar, para poder aullar como un perro callejero al que han pateado brutalmente.”

Sabía que Beto Ortiz escribe con elegancia, sinceridad, sin pelos en la lengua ni rodeos ni hipocresías. El noble y enriquecedor oficio de periodista le ha permitido ver con ojos de lupa y de telescopio la realidad surrealista, la miseria y la doble moral. Entonces me hago la pregunta de rigor: ¿y yo por qué escribo desde hace más de 30 años?, ¿por qué cada fin de semana me siento en el escritorio y escribo el artículo que usted, apreciado lector, lee los viernes?, ¿por qué escribo? Muchos argumentos dan la vuelta en la cabeza. Tomo la decisión de parafrasear lo menos posible a Beto Ortiz. Ese domingo el Sporting Cristal empató 1-1 con Alianza UDH en el Heraclio Tapia León.

Escribo porque me da la gana de hacerlo, sin  pedir permiso a nadie, o, en todo caso, pido permiso a mi conciencia, cada vez más alborotada por lo que pienso de la vida y sus circunstancias, que no son fáciles de superar sin coraje ni ganas de meterle goles aunque sea de casualidad a lo Messi, Cristiano o Neymar, o a Dios, que a veces es sordo a mis oraciones y plegarias, que desde la estratósfera me observa receloso, con guiños ambiguos, otras veces con rostro adusto, serio, con la sonrisa congelada.

Escribo por una necesidad inherente a cualquier ciudadano: compartir lo poco que sé, lo que pienso, transmitir experiencia vivida, aprendida en el campo de batalla, no en el escritorio ni buscando en las enciclopedias recetas para curar los de la sociedad y de uno mismo. Escribo para no dejarme convencer por el sermón moralizador que quiere que obedezca órdenes y consignas sin discusión. Los caudillos, los mesías, los falsos profetas no tienen cabida en mi opinión ni en mi escritura. Soy demócrata, creo en las instituciones imperfectas, como yo mismo, en los ciudadanos de carne y hueso (no en los “dioses con pies de barro”) que asumen responsabilidades en la política, la valentía y el liderazgo para gobernar. Qué fácil es tirar la piedra y esconder la mano; qué difícil, asumir compromisos, estar en el ojo de la tormenta y a la altura de las circunstancias.

Escribo para, felizmente, no quedarme mudo, afásico, sin opinión ni argumento, indiferente, petrificado, paralizado por el miedo, tapándome la boca (que en otro momento se abre como la cueva de Polifemo y se convierte en buzón de desagüe, canto de sirena, máquina de lisonjas y panegíricos) cuando un delincuente, a plena luz del día, asesina a un transeúnte para robarle cartera, mochila o el dinero retirado del banco, cuando entra un niño mendigo a pedir limosna mientras yo deleito un pollo a la brasa, una salchipapa o un café con tamales calientitos.

Escribo para hacer saber a los demás que la lectura produce ciudadanos cultos, lectores, científicos, intelectuales y éticos. La lectura es la tabla de salvación ante la banalización de la cultura, los medios de comunicación televisivos, el incremento exponencial de la estupidez, casi convertida en virtud, el afán demencial por el consumo, ganar más dinero, bienes y propiedades. Marco Aurelio Denegri murió y con él la única opción que teníamos para culturizarnos a través de TV PERÚ. Lo demás es equivalente a la comida chatarra y el aguardiente corrosivo que beben los parroquianos que deambulan por algunas calles de la ciudad: no mata, llena la barriga y embriaga. Escribo porque soy feliz a mi modo, no soy asalariado ni sirviente de nadie.

Escribo para que la gente se dé cuenta que no solo ejerzo la docencia con esmero, paciencia y orgullo, sino también me doy el afán responsable de escribir puntualmente. Escribo para que sepan que vivo, respiro, camino con la frente en alto, saludando a los amigos, a quienes quiero y siempre recuerdo. Escribo porque la “muchacha mala de la historia” (yo tengo la mía) no me cree que leo, escribo ni pienso. ¡Ahora sabes por qué escribo!