UN CURA, UNA VIRGEN, UN PUEBLO

Jacobo Ramirez Mayz

Hay pueblos que crecen por el comercio, otros por la minería, algunos por la carretera, Las Pampas creció por la fe, y no por una fe abstracta, sino por una fe caminada, sudada, cargada a pulso por hombres y mujeres que creyeron en una imagen y, detrás de ella, en un sacerdote que supo escuchar al pueblo, ese hombre se llama Padre Oswaldo Rodríguez.

Hoy está cerca de los setenta años, camina despacio, saluda a todos, vive en su casa de siempre —Wasinchi, como lo llama con cariño— y sigue siendo, para muchos, el personaje más importante de la historia reciente de Las Pampas, no por títulos, ni por poder, sino porque sembró algo que no se arrancó con el tiempo.

Antes de 1987, Las Pampas era un pueblo creyente, como casi todos los pueblos andinos, pero sin un centro espiritual que lo uniera de manera especial. Había misa, fiestas patronales, rezos heredados de los abuelos, pero no había un corazón religioso que latiera solo para el pueblo.

Las Pampas vivía de la chacra, del trueque, del trabajo duro, del calendario agrícola. Las celebraciones estaban repartidas, dispersas, sin una fecha que convocara a todos por igual, faltaba algo, aunque nadie lo dijera en voz alta.

El año 1987 quedó grabado como una cicatriz luminosa en la memoria colectiva. Ese año, el Padre Oswaldo Rodríguez llegó a Las Pampas con una imagen que cambiaría para siempre la historia del pueblo: la Virgen Causa de Nuestra Alegría.

No llegó con bombos ni discursos, llegó como llegan las cosas importantes: sin hacer ruido, envuelta en fe y esperanza. Algunos dudaron, otros miraron con curiosidad, muchos sintieron algo difícil de explicar, no era solo una imagen; era una presencia.
El nombre ya decía mucho: Causa de Nuestra Alegría, en un pueblo golpeado por la pobreza, por los años difíciles, por las ausencias y el trabajo duro, la alegría no era una palabra cualquiera.

No había santuario, ni basílica, ni grandes muros, había voluntad. El Padre Oswaldo, junto con seminaristas y pobladores, levantó una ermita pequeña, sencilla, casi humilde, nada de lujos, nada de ostentación, piedra, adobe, madera y manos. Los hombres cargaban materiales, las mujeres llevaban comida, los jóvenes ayudaban en lo que podían y los niños miraban, aprendiendo sin saberlo que la fe también se construye trabajando.
Esa ermita fue el primer hogar de la Virgen, un espacio pequeño, sí, pero suficiente para que el pueblo se acercara.

El Padre Oswaldo no impuso una celebración, la propuso, y el pueblo la hizo suya.
Se decidió que la fiesta sería el cuarto domingo de octubre, desde entonces, octubre dejó de ser solo un mes más, octubre se volvió espera, preparación, promesa. Llegaban devotos de los alrededores, las familias limpiaban sus casas, se arreglaban caminos, se cocinaba más, se rezaba más. La fiesta no era solo religiosa: era social, cultural, emocional, Las Pampas se reconocía a sí misma en esa fecha.

Lo que ocurrió después no se puede explicar solo con palabras. La devoción creció, la gente empezó a contar favores recibidos, consuelos encontrados, promesas cumplidas, verdaderos o no, eso ya no importa: lo que importó fue la confianza.

La pequeña ermita empezó a quedar chica, los domingos, el espacio se llenaba y algunos rezaban desde lejos, el Padre Oswaldo entendió algo fundamental: cuando la fe del pueblo crece, el espacio también debe crecer.

Primero fue el santuario, más grande, más firme, pensado para recibir a más gente. Otra vez, el pueblo puso el hombro, otra vez, la obra fue colectiva. Con los años, Las Pampas dejó de ser solo un punto en el mapa, empezó a ser destino; llegaban peregrinos, curiosos, creyentes y junto a ellos llegaban historias.

Finalmente, el santuario se convirtió en basílica, y con ello Las Pampas ingresó al mapa del turismo religioso del Perú, no por marketing, sino por fe sostenida. Hoy, nadie discute que Las Pampas es uno de los pueblos más importantes del turismo religioso de la región y eso tiene un nombre propio detrás.

El Padre Oswaldo nunca se convirtió en una figura distante. Sigue viviendo en Wasinchi, su casa de siempre, como un vecino más, camina por las calles, escucha problemas, bendice casas, acompaña entierros, celebra matrimonios. No es un sacerdote de escritorio, es un cura de pueblo, de esos que conocen los nombres, las historias y las penas, por eso es querido, no solo respetado: querido.

Hoy, cerca de los setenta años, el Padre Oswaldo ya no corre como antes, el cuerpo avisa, el tiempo se siente, pero su obra camina sola. La basílica está ahí, la fiesta sigue viva, la Virgen continúa convocando y el pueblo, consciente o no, sabe que su historia cambió desde 1987.

Todo pueblo tiene personajes que no salen en los libros oficiales, pero que escriben la historia real, el Padre Oswaldo Rodríguez es uno de ellos, sin discursos grandilocuentes, sin protagonismo innecesario, logró que Las Pampas creyera en algo común, que se mirara como comunidad y que encontrara, en la fe, un camino de identidad y desarrollo.

Que la Virgen se llama Causa de Nuestra Alegría, no es casualidad. porque eso fue lo que trajo el Padre Oswaldo a Las Pampas: no solo una imagen, no solo una fiesta, no solo una basílica, sino una alegría que se volvió herencia.

Y mientras en octubre las campanas sigan sonando, mientras los peregrinos sigan llegando, mientras el pueblo siga diciendo «ahí está nuestra Virgen», el nombre del Padre Oswaldo Rodríguez seguirá escrito en la historia viva de Las Pampas.

Las Pampas, 07 enero del 2026