LA VOZ DE LA MUJER
Por: Denesy Palacios Jimenez
29 de octubre 2024
Qué feliz es aún poder disfrutar de libertad y seguridad al andar por las calles y caminos, y saber que tu comunidad te respalda, pese al abandono por parte del Estado y a la falta de atención a muchas necesidades. Queda solo lo ancestral, el cuidarse unos a otros y la capacidad de organizarse. Cuando la ciudad o grandes urbes invaden sus territorios, les arrebatan su ganado o sus animales domésticos, ahí está la gran respuesta: las rondas campesinas. Esto lo he podido apreciar en la serranía de la región de La Libertad y de Cajamarca. Qué gusto ver a nuestras mujeres con sus vistosas polleras, su chaleco amarillo para identificarse, y, por supuesto, con el látigo en mano, por si alguien se atreviera a tomar algo ajeno, a golpear a su compañera o a cometer cualquier desmán. Ellas, ungidas de autoridad, la misma que les otorga su comunidad, son respetadas por chicos y grandes.
Pude observar esto en la fiesta de aniversario de Huamachuco, donde la serenata duró hasta altas horas de la noche, y todos cantaron y bailaron al ritmo que ellos escogían. Entre risas y alegría, tomaban y comían, y bailaban sin perder ninguna pieza musical; solo hacían una pausa cuando tenían sed, hambre o alguna necesidad, que, felizmente, el gobierno local había previsto, ofreciendo servicios higiénicos en buses adaptados para ello.
Mientras en la prensa y televisión limeña transmitían los horrores que afrontaba la población en la capital y las grandes ciudades, se evidenciaban dos realidades muy distintas: una, ancestral, con principios y valores heredados de los antepasados; y la otra, frívola, insegura y corrupta.
Recordaba cuando hace dos años escuché en una radio de Piura a un locutor despistado que hacía un llamado a viva voz a la población para defender la ciudad de una “invasión” porque los ronderos estaban bajando de las alturas de Montero y alrededores para tomar la ciudad en respuesta a la crisis política, social y económica que vive la mayoría de la población alejada de la capital. Me pregunté por qué este locutor hablaba con tanto desprecio de nuestros campesinos organizados. Quizá se deba a que Piura fue la primera ciudad fundada por los españoles, y que nos enseñaron a repudiar lo nuestro en un proceso de aculturación tan violento que poco o nada queda de nuestra cultura ancestral. Pero aquello solo sucede en el ámbito urbano, porque en el rural, Piura es una de las regiones que cuenta con mayor cantidad de comunidades campesinas; una de las más grandes es San Juan Mori de Catacaos. Así, uno de los grandes problemas es la brecha entre el ámbito rural y el urbano.
En el ámbito urbano, se vive la inseguridad ciudadana como uno de los problemas más álgidos, seguido de la corrupción, que ha copado los diversos niveles institucionales. Millones de soles, que debían servir para impulsar el desarrollo del país, terminan en manos de malos funcionarios y políticos, que se agazapan en los cargos solo para beneficio personal. Cuánta falta hace la autoridad, la misma que debe comenzar dando ejemplo de honestidad. Estamos ingresando a una etapa de crisis suscitada por el caos que viene desde las altas esferas del poder político, y, quizás por eso, no encuentran la estrategia adecuada para combatir tanta delincuencia y corrupción, que ahora ha tomado un cariz insostenible: el sicariato, la extorsión. Están cobrando víctimas inocentes, y los taxistas, emolienteros, llenadores de colectivos, ambulantes, cambistas, etcétera, deben pagar para que los dejen trabajar. Y aún nos salen a decir que estamos en el país de las maravillas.
En conclusión, el pueblo y las comunidades alejadas, donde no llegan las fuerzas del orden, han encontrado la estrategia para combatir la delincuencia, pues su propio pueblo les otorga esa autoridad como ciudadanas y ciudadanos honestos. Es decir, el cambio empieza dando el ejemplo.




