Trump intensifica la presión comercial sobre China ante la falta de respuesta de Beijing

La administración Trump, caracterizada por su enfoque directo en materia comercial, recurrió a la amenaza de aranceles como herramienta de presión sobre Canadá, México y China, argumentando la necesidad de intensificar los esfuerzos para frenar el flujo de drogas y migrantes hacia Estados Unidos. Esta táctica, enmarcada en una política de “América Primero”, buscaba renegociar acuerdos comerciales y forzar concesiones en temas de seguridad fronteriza. Recordemos que en 2024, la crisis migratoria y el combate al narcotráfico fueron ejes centrales del debate político estadounidense, exacerbando las tensiones con sus socios comerciales.

Según la investigación publicada por The New York Times, la respuesta a estas amenazas fue dispar. Mientras que Canadá y México actuaron con celeridad para evitar la imposición de aranceles, China adoptó una postura más cautelosa, intentando descifrar las verdaderas intenciones del gobierno estadounidense.

Ante las amenazas de Washington, Canadá implementó la figura de un “zar del fentanilo” y destinó recursos adicionales a la lucha contra el crimen organizado, mientras que México reforzó su presencia militar en la frontera y entregó a autoridades estadounidenses a miembros de cárteles. Estas acciones lograron que el gobierno Trump suspendiera temporalmente la imposición de aranceles a sus vecinos norteamericanos por un periodo de 30 días. La premura demostrada por ambos países pone de manifiesto la dependencia económica que tienen con el gigante americano y el impacto negativo que las medidas arancelarias tendrían sobre sus economías.

En contraste, la reacción de China fue notablemente diferente. Ante la falta de una respuesta considerada contundente por la administración Trump para detener el flujo de fentanilo hacia Estados Unidos, el 4 de febrero se impuso un arancel del 10% a todas las importaciones chinas. Además, el presidente Trump anunció que a partir del 4 de marzo se añadiría un 10% adicional a los aranceles ya existentes. Esta medida, que afectaría a miles de productos, representaba un escalamiento significativo en la confrontación comercial entre las dos potencias.

La administración Trump buscaba transformar rápidamente la relación comercial entre Estados Unidos y China, mientras que Pekín mostraba una actitud más prudente, evaluando cuidadosamente las intenciones del gobierno estadounidense. A pesar de las conversaciones entre altos funcionarios de ambos países, como el Secretario del Tesoro y el Secretario de Estado con sus homólogos chinos, un encuentro directo entre el presidente Trump y el líder chino Xi Jinping no se concretó.

Esta situación pone de manifiesto el desafío que enfrentan los líderes extranjeros al lidiar con un presidente tan impredecible y poco convencional como Donald Trump, quien realiza cambios sustanciales en los términos comerciales con poca antelación o preparación. Los canales de comunicación, aunque existentes, no parecen ser suficientes para generar la confianza necesaria para una negociación efectiva.

Las autoridades chinas, reacias a mostrarse suplicantes, evitaron iniciar conversaciones formales y se mostraron reticentes a ofrecer concesiones antes de comprender completamente los parámetros de la negociación. En cambio, funcionarios, académicos y expertos cercanos al gobierno chino llevaron a cabo conversaciones discretas para analizar las motivaciones de Trump, al tiempo que exploraban diversos aspectos de un posible acuerdo comercial con el objetivo de calibrar la reacción estadounidense. Esta estrategia reflejaba la búsqueda de un equilibrio entre la defensa de sus intereses y la necesidad de evitar una escalada aún mayor en la guerra comercial.