La imposición de aranceles por parte del expresidente Trump a las importaciones de automóviles y autopartes ha desatado un intenso debate, reviviendo la tensión entre sus partidarios y los economistas convencionales. Esta medida, que busca, en principio, revitalizar la industria automotriz estadounidense, representa un experimento a gran escala cuyas consecuencias se están manifestando en tiempo real en la economía global. Recordemos que en 2018, Trump ya había impuesto aranceles al acero y al aluminio, argumentando razones de seguridad nacional, lo que provocó fricciones con aliados comerciales clave como la Unión Europea y Canadá. El sector automotriz, que representa una porción significativa del Producto Interno Bruto (PIB) de muchos países, se encuentra ahora en el centro de esta nueva política comercial.
Según la investigación publicada por The New York Times, esta estrategia arancelaria ha provocado reacciones encontradas y una considerable incertidumbre en los mercados.
El argumento central del expresidente Trump se basa en la idea de que los aranceles incentivarán a las empresas a trasladar sus fábricas a Estados Unidos, generando así un aumento en el empleo y la prosperidad económica dentro del país. No obstante, la visión predominante entre los economistas sugiere un panorama mucho más complejo y con potenciales efectos adversos. Si bien es cierto que, a largo plazo, podría estimularse la producción nacional de automóviles, los daños colaterales podrían ser significativos, poniendo en riesgo los objetivos del expresidente en materia de empleo, manufactura y crecimiento económico general.
Una de las principales preocupaciones es el impacto en los consumidores. Los aranceles inevitablemente se traducirán en un aumento de los precios de los automóviles, lo que podría disuadir a los compradores y, consecuentemente, desacelerar la actividad económica. Además, la imposición de aranceles podría generar disrupciones en las cadenas de suministro, incrementando los costos para los fabricantes que dependen de piezas importadas. Esta situación podría, paradójicamente, reducir la producción automotriz en Estados Unidos a corto plazo, contrariando el objetivo principal de la política.
Otro riesgo importante es la posibilidad de represalias por parte de otros países, que podrían imponer aranceles a las exportaciones estadounidenses de automóviles y otros productos. Esta escalada podría desencadenar una guerra comercial global con consecuencias negativas para la economía mundial. Un ejemplo de esto lo vimos en 2019, cuando la Unión Europea respondió a los aranceles estadounidenses sobre el acero y el aluminio con sus propias tarifas a productos como el whisky bourbon y los arándanos.
El impacto en los mercados financieros fue inmediato. El jueves, las bolsas de valores a nivel mundial experimentaron una caída, siendo las acciones de las empresas automotrices las más afectadas. Las acciones de General Motors, por ejemplo, que importa una parte importante de sus vehículos y camionetas desde México, sufrieron una caída de aproximadamente el 7% a media jornada. De igual manera, las acciones de Stellantis y Ford también registraron pérdidas. En Europa, el cierre de la jornada bursátil también reflejó un descenso generalizado, con las empresas automotrices liderando las pérdidas.



