ARLINDO LUCIANO GUILLERMO
Samuel Cárdich es un escritor que maneja con mucha solvencia el ritmo narrativo, el estilo sostenible y gran talento para crear y darle vida a personajes que transmiten, con actitudes éticas y acciones prácticas, una moraleja para aprender a convivir con los demás, amar no solo al prójimo, sino también a los animales y amar intensamente, aunque no haya correspondencia. En los cuentos de Tres historias de amor (Edit. Ámbar, décima edición, 2018. Págs. 85) surge una leve huella del Quijote y El ruiseñor y la rosa. Como la vida y las circunstancias no son color de rosa, surgen vivencias que apremian enfrentar necesidades y retos, a pesar que la jornada puede terminar en felicidad, indiferencia o tragedia. La vida no es cómo la vivimos, sino cómo la sentimos y gozamos. Se disfruta con una gota de agua en el desierto o con un millón de dólares en un supermercado persa. A 2018, Tres historias de amor tiene diez ediciones; deben haber circulado unos diez mil ejemplares.
¿Quién trabaja gratis, sin esperar un pago por los servicios prestados? ¿Quién tiene tiempo para resolver problemas ajenos a cambio de nada? El hombre que lo arreglaba tiene un fuerte mensaje para la humanidad: la solidaridad que entrega generosamente lo más valioso que disponemos: el tiempo y la voluntad en beneficio de los demás. Generalmente, se cree que practicar la solidaridad consiste en dar lo que sobra, como un acto de lástima y exhibicionismo. El jinete anónimo ayuda sin pedir nada a cambio, sin buscar algún interés. No se sabe de él nombre, apellidos ni apelativo. Así debe ser la solidaridad: un acto ético de hacer algo sin escándalo ni ruido. La respuesta que da el “jinete anónimo” cuando le dicen cuánto cuesta el trabajo realizado es una moraleja: “iba a cobrar cuando el amor tuviera precio”. ¿El amor tiene precio de mercado? O sea, un acto de auténtica solidaridad no se puede pagar con nada material, sino con gratitud, imitando con otros la acción, consideración y respeto. Si el Quijote, sobre Rocinante, transita por La Mancha para «deshacer agravios y enderezar entuertos», hacer justicia a los desvalidos, el jinete anónimo busca el bienestar concreto y práctico, sin alterar la realidad. Las primeras veinticinco palabras definen categóricamente el tono y el carácter del relato. Es una historia transmitida oralmente por los “algunos viejos”, que existió realmente, que lo que hizo es verdad. El “jinete anónimo” representa la solidaridad práctica, no discursiva. La lección es eficiente: amar al prójimo con actitudes y acciones.
Naty y los gorriones es una tremenda alegoría, escrita con tono aleccionador y relato sencillo, del perfeccionismo artístico, el afecto a las aves, una protesta contra la tala de árboles en la ciudad, la soledad resignada y la amistad verdadera. Naty es una mujer cincuentona que se dedica al arte de tejer tapetes, tapices y la preparación de pasteles. El relato tiene dos narradores identificados claramente: Samuel, desde la primera persona, testigo-personaje presencial, reseña la vida diaria, vicisitudes y ritmo de circunstancias de Naty; a través de la tercera persona escuchamos nítidamente la voz de la tejedora, frustraciones, la enfermedad silenciosa, penas, la soledad, el avance de la edad, el cariño por Tico y la bandada de gorriones de la alameda. El gorrión Tico (nombre del hermano fallecido de Naty) pelea con su sombra en el vidrio de la ventana. Esto se interpretaría como una lucha constante contra el ego, que cuando más grande es más infeliz somos. La tala irresponsable de doce fresnos representa la insensatez y necedad de la autoridad municipal.
Historia de un feo que fue a morirse en un pueblo de bellos relata las aventuras, adversidades e ilusiones de un “feo empleado público”, anónimo, que abandona la ciudad, donde vive solo, sin propósito y dentro de un círculo de asfixiante rutina, que se afinca definitivamente en un pueblo rural, con algunos elementos modernos (aeroplano, bolero), donde todos, sin excepción, son ciudadanos físicamente bellos. Desciende del tren sin saberlo. Al principio lo ven un advenedizo impertinente, luego del incendio pasa a ser un héroe, entonces recorre con más libertad el pueblo. Se enamora perdidamente de una bella mujer que se muestra indiferente y esquiva: Dulcamara Silvestre. Recurre a los boleros para cantar sus cuitas de amor, construye un jardín con miles de flores que tiene la forma de un espiral, luego de una cornucopia. El feo se olvidó de la ciudad y se quedó para siempre en el pueblo de bellos. La rutina del feo desaparece cuando se enamora, se da cuenta que puede amar de verdad, de empleado público se convierte en un diligente jardinero, de vivir solo, con monólogos cotidianos y sin hablar se muestra un cantante de boleros sentimentales en tabernas a cambio de una propina.
Las tres historias de Cárdich exhortan a los ciudadanos del mundo para que los valores sociales y éticos sean los medios para buscar nuestra felicidad y el bienestar de los demás. Los personajes (el jinete, Naty y el feo rutinario) parecieran decirnos que hay tanta tecnología, la ciencia busca vida en otros planetas, fama y fortuna, pero aún (más de dos mil años después de Cristo) no hemos aprendido a ser felices, a convivir democráticamente ni amar al prójimo. Es mejor vivir amando, que vivir convertido en una piedra helada en el camino. Una vez más comprobamos que la literatura no es solo ficción e imaginación, sino un modo de acercarnos a los grandes deseos de la sociedad.



