Por Israel Tolentino
Cada 29 de mayo alemanes y franceses se reúnen en el Memorial de Verdún para reafirmar su reconciliación y estrechar lazos que superen los nefastos nacionalismos. Últimamente, nos haría bien leer de Mafalda: “Si los cobardes que deciden las guerras tuvieran que ir a pelearlas, viviríamos todos en PAZ”.

Leipzig es una ciudad alemana que aprecio con cariño singular. En las alturas de los andes huaracinos nos conocimos con Uwe Schrӧder, aquella tarde, ningún local tenía algo que ofrecer para la barriga, finalmente andando un poco, encontramos arroz, lentejas y pescado frito. Pasaron los años y Uwe regresó a Perú junto con Uta, su esposa. Ese año junto con mi familia estábamos viviendo en Huácar, en la comunicación que tuvimos, Uwe me dijo: no importa el lugar donde estés, nosotros te visitaremos. Sus palabras me sonaban increíbles, en poco tiempo estábamos comiendo naranjas en la cima del cerro Rocoscoto y tomando en cada cena, un par de cervezas cusqueña, cada noche se conversaba de arte y viajes.

Los años siguieron pasando y un gran abrazo me recibía en Berlín, recuerdo esa mañana arribando a Roma, Uwe me decía que esa noche cenaría en Leipzig. Se cumplió cada palabra. Uta y Uwe son desde entonces, varios años, un nuevo tipo de mecenas; apoyo que ha hecho posible en la historia, la vida de los locos artistas. A ellos, junto con mi familia y amigos les debo mucho.
Leipzig es una ciudad con muchas historias de guerra y música. Por ejemplo, en el lugar del Monumento a la Batalla de las Naciones (Volkershlachtdenkmal) en esa construcción de piedra de 91 metros de altura, se conmemora la más terrible de las derrotas napoleónicas.

En el centro de la ciudad el Museo Zeitgeschichtliches Forum te ofrece la historia de la Alemania RDA. Te saluda la escultura “El paso del siglo” de Wolfgang Mattheuer, una obra en bronce de un hombre en marcha que te da la bienvenida con la mano derecha realizando el saludo nazi y con la izquierda levantando el puño con el saludo comunista, obra extremadamente potente donde el cuerpo no puede evitar los escalofríos y las historias de tanta barbarie. El interior del Museo me confronta crudamente con las historias vistas en la TV en blanco y negro de mi abuelo; una ciudad sometida por el ejército Ruso (URSS).
Leipzig fue parte de la República Democrática Alemana (RDA) y, fue una de las ciudades donde el 9 de octubre de 1989 se dio inicio a las marchas pacíficas que terminaron en la caída del muro de Berlín, con la consigna “Wir sind das volk” (Nosotros somos el pueblo) más de 70000 habitantes de esa ciudad de medio millón, salieron a las calles. En un arranque de valor, caminando por el Museo discuto con la imagen de Vladímir Lenin.
En la misma ciudad, “más allacito”, se ubica el Museum der Bildenden Kunste (MdbK) donde una inmensa obra de Markus Lupertz dedicada a Beethoven te saluda mientras avanzas hacia la entrada. El MdbK “expone” performances de Tino Sehgal, artista que usa su cuerpo y el de otros para realizar su obra, toma el espacio interior del museo y se legitima en ella. Recuerdo que estaba prohibido documentar su obra.
Tanta obra para los ojos, periodos que abarcan desde el Renacimiento hasta el pensamiento contemporáneo, Las artes visuales hincando y arrancando tu piel.
A Leipzig se le conoce como la Ciudad de la Música, nombres como: Sebastián Bach, Félix Mendelsshon y Richard Wagner se esparcen como los nombres de Miguel Grau y Francisco Bolognesi entre nosotros. Es famoso el coro de Santo Thomas, formado principalmente por niños. La ciudad es ordenada por donde la visites. Mientras miras los autos cruzándose ordenadamente con los tranvías y recuerdas el caos perenne de tu ciudad, no te cabe en la cabeza, todas las guerras que yacen bajo ese concreto.
Uta y Uwe sirven la comida, esta vez, en la mesita con vista al jardín, corre un ligero viento frío. Tengo todo listo para continuar el viaje (Pozuzo, abril 2024).




