TOLERANCIA CERO A LA INTOLERANCIA

Escrito por: Arlindo Luciano Guillermo

Lo sucedido el martes 14 de septiembre, en un centro comercial de San Borja (Lima), con el exfiscal supremo Avelino Guillén, no debe quedar como un hecho anecdótico, de descontrol emocional, un exceso verbal, ni hacerse de la vista gorda. Este es un caso, de los muchos que hay, pero que no se hacen público, de intolerancia exacerbada, violencia verbal e irrespetuosidad patológica y anómica. Si el exfiscal hubiera enfrentado la agresión del energúmeno se habría producido una gresca o un pugilato con pronóstico impredecible. Afortunadamente, el doctor Avelino Guillén mantuvo la cordura, la prudencia y la inteligencia emocional al tope. La misma suerte corren periodistas de opinión, autoridades electorales, políticos discrepantes y controvertidos, docentes de rigurosa exigencia, etc.    

La carencia de argumentos, de razonabilidad y equilibrio emocional son los insumos precisos para el surgimiento del iracundo insulto, el inmerecido agravio, la injuria contra aquel que es diferente, distinto.  Dejar que la agresión y la violencia “se legitimen”, a vista y paciencia de las autoridades políticas, policiales y judiciales, es peligroso, pueden cobrar factura en el corto plazo. A Avelino Guillén dijeron: “Estás contento con Sendero, ¿no? Toda la vida cagaste a Fujimori. Ahora está Sendero en palacio. Anda a llorar al lugar de la memoria. ¡Terruco!”.

La lógica absurda del “estás conmigo o estás en mi contra” se empodera de mucha gente que cree que la sociedad se divide en héroes y villanos y (los intolerantes) los justicieros y redentores. Según los desadaptados, que actúan como hienas, insultan y acosan a Avelino Guillén porque cometió dos pecados imperdonables: haber integrado el equipo técnico de Perú Libre en las últimas elecciones presidenciales y sustentado la acusación contra a Alberto Fujimori que culminó con 25 años de cárcel por delitos imprescriptibles de lesa humanidad. En el primer caso, como cualquier ciudadano, Guillén ha elegido una opción política (sin ser necesariamente militante) que cree conveniente; en el segundo, como funcionario del Estado (fiscal supremo), hizo el trabajo que le corresponde dentro del debido proceso, con idoneidad y alto desempeño que culminó con un expresidente sentenciado. En esa línea, ¿todo aquel que simpatiza, defiende o participa del gobierno de Pedro Castillo y Perú Libre debe ser insultado y acosado? El arcoíris no tiene por qué ser naranja cuando sabemos que tiene 7 colores.  

Otra vez aparece el cuestionamiento a la educación con enfoque por competencias. ¿Qué estamos enseñando a los estudiantes en la escuela, el colegio, incluso en la universidad? ¿Estamos educando ciudadanos? ¿O el propósito es el ingreso a la universidad? ¿Y la educación integral? Los estudiantes, que ingresan a la universidad, llevan consigo experiencias de lectura, redacción de ensayos académicos, pensamiento crítico, vocación por la investigación y la indagación, curiosidad por el conocimiento. ¿Están entrenados para el debate científico, político, planteamiento de hipótesis sobre problemas sociales y culturales? ¿O será que solo van a estudiar 5 o más años y de allí al mercado laboral como un tecnócrata titulado? Además, la educación otorga habilidades sociales de suma relevancia en la convivencia democrática: tolerancia, trabajo en equipo, toma de decisiones, resiliencia, autoestima y vocación de servicio. ¿No será que el enfoque por competencias es una farsa y predomina el interés cognitivo? Solo algunas universidades evalúan y valoran competencias, la mayoría (por no decir todas) privilegian el conocimiento, la información, la memoria y el acierto en las respuestas. 

La intolerancia de cualquier índole es una actitud antidemocrática, muy cerca a la barbarie, que ubica al sujeto en un escenario del neandertal, en la jungla del jabalí, en la planicie de las hienas. Insultar individualmente o en manada es un acto cobarde, de falsa superioridad, más aún cuando sabe el agresor que la ley está lejos de su alcance. No puede ser que, si no piensa como yo, eres mi enemigo. El diente de sable no puede reemplazar a la tolerancia; el diálogo horizontal, la escucha activa y asertiva y el respeto por el pensamiento discrepante aún no se ha incorporado en el chip de los ciudadanos. Sin diálogo la democracia no funciona positivamente.

Jamás la violencia pública o encubierta, la intolerancia irracional y las actitudes de la boca para afuera constituirán métodos de convivencia democrática ni de relaciones interpersonales. Si la justicia que tarda, no es justicia; la impunidad es peor: denigra y legitima una práctica ilegal e incorrecta. El caso de agresión al exfiscal Avelino Guillén debe ser sancionado ejemplarmente, así como también, de ser encontrado responsable, el primer ministro Guido Bellido por decirle, muy suelto de huesos, deportivamente, haciéndose al machista chistoso, a una congresista, “ahora solo falta que te violen”. Es condenable, desde cualquier arista del prisma, la violencia familiar, social, lingüística, política, el bullying o el mobbing, venga de derecha, izquierda o centro, de arriba o de abajo. Los amargos años de violencia terrorista son suficientes; otra ola de violencia acabará por destruir la ciudadanía, la democracia, la convivencia y la institucionalidad. La condena a la agresión al exfiscal Guillén es unánime, excepto aquellos cuya actitud está envuelta en la estupidez y la intolerancia. Contra la variopinta violencia tenemos que actuar implacablemente con la ley por delante, cerrar filas y hacer espíritu de cuerpo.