Arlindo Luciano Guillermo
“¿Por qué te gusta siempre este tipo de gente? -preguntó Naoko-. Todos somos personas que nos hemos doblado en algún punto, que nos hemos torcido, que no hemos podido mantenernos a flote y nos hemos hundido deprisa. Yo, Kizuki, Reiko. A todos nos ha ocurrido lo mismo” (Pág. 189). Para completar el grupo de personajes relevantes de Tokio blus (1987, Págs. 381) faltan Midori Kobayashi (estudiante universitaria, hija de librero) y Nagasawa. Kizuki y Naoko, enamorados, se suicidan: uno asfixiado y la otra ahorcada. Reiko, músico de conservatorio, con fracaso matrimonial, sale airosa del sanatorio y emprende una vida personal auspiciosa. Watanabe y Nagasawa toman caminos diferentes. Con estas creaturas se construye una historia literaria que conmueve y remece la sensibilidad del lector y lo conmina a tomar una posición firme. Watanabe está condenado a vivir como un lobo estepario. La novela empieza cuando Watanabe, con 37 años, vuela en un Boing 747, que está a punto de aterrizar en Hamburgo. De súbito escucha una versión ramplona de Norwegian Wood (madera de Noruega) de The Beatles que desencadena reminiscencias y evocaciones, amistades, relaciones sentimentales agridulces en 1969; él tenía 20 años, estudiante universitario en Tokio. Los sucesos ocurren 18 años después. Los escenarios se alternan según las circunstancias y actuación itinerante de los personajes: Watanabe, Midori, Nagasawa y Tropa-de-Asalto son habitúes de la residencia estudiantil, mientras que Naoko y Reiko están internadas en un sanatorio en Kioto. Las calles de Tokio se convierten en vías de recorrido en horas de insomnio, depresión y aburrimiento. Murakami muestra destreza en el manejo de los saltos espaciales y temporales; está narrada en primera persona. Watanabe es narrador-personaje, alter ego del mismo Murakami. No es una novela lineal; solo interesa la juventud de Watanabe de los 18 a 20 años.
En mi registro de lectura están los haikus de Matsuo Basho, Yasunari Kawabata (Casa de las bellas durmientes, que leí fascinado en mis años universitarios) y Kenzaburo Óe, ambos premios Nobel de Literatura. Sé que Kazuo Ishiguro es Premio Nobel de Literatura 2017. En estos días leí la novela Tokio blus (Norwegian Wood), la más conocida, difundida y traducida al español de Haruki Murakami. El libro lo compré en una feria en Huancayo. La historia literaria gira alrededor de la vida cotidiana, en la ciudad de Tokio, del estudiante universitario Toro Watanabe. El nombre del personaje no se me olvida porque lo asocio con José Watanabe.
La novela plantea soledad, juventud sin ideales ni perspectivas, pragmatismo exacerbado, libertad sexual, suicidio (no el harakiri), salud mental, muerte deseada, búsqueda de identidad propia en una sociedad capitalista y consumista que descuida los sentimientos del ciudadano. Sin embargo, hay hendiduras por donde se filtra la posibilidad de vivir feliz enfrentando a diario la rutina y la contemplación de los espejismos del bienestar material. Son opuestos los caracteres de Watanabe (lector apasionado de literatura, vendedor de discos a part time) y Nagasawa (práctico, personalista, promiscuo, machista, transgresor, su novia Hatsumi es un objeto sexual); son necesarios y complementarios para enfrentar la realidad cotidiana. Dice Watanabe: “Leía mucho, lo que no quiere decir que leyera muchos libros. Más bien prefería releer las obras que me habían gustado. En esa época mis escritores favoritos eran Truman Capote, John Updike, Scott Fitzgerald, Raymond Chandler, pero no había nadie en clase o en la residencia que disfrutara leyendo a este tipo de autores. Ellos preferían a Kazumi Takahashi, Kenzaburo Óe, Yukio Mishima o a novelistas franceses contemporáneos. (…) leía mis libros a solas y en silencio. Los releía y cerraba los ojos y me llenaban de su aroma. Solo aspirando la fragancia de un libro, tocando sus páginas, me sentía feliz” (Pág. 44).
En Tokio blus, el amor, la locura y la muerte envuelven poderosamente a los jóvenes personajes; siempre regresan a la rutina y la biografía porque no existe en ellos un norte fijo de felicidad ni bienestar; se entretienen voluntariamente en el diario acontecer de sus vidas: estudian, leen, se emborrachan, trabajan para lo necesario, interactúan, copulan. La música (The beatles, jazz, rock) y la literatura (se hace referencia a La montaña mágica de T. Mann, El guardián del centeno de H. Salgari, Bajo las ruedas de H. Hesse, Luz de agosto de W. Faulkner, El gran Gatsby de Scott Fitzgerald) se convierten en el colchón de espuma para amortiguar la caída aparatosa de la depresión, el sinsentido de la vida, la adversidad de las circunstancias y desánimo existencial; Kizuki y la hermana de Naoko se suicidan. Las cartas de Naoko y Watanabe y los relatos de Reiko revelan la fragilidad de la salud mental y las posibilidades de recuperación. Reiko sale del sanatorio y continuará con su carrera de músico, pero Naoko se ahorca. Naoko le escribe a Watanabe: “A veces en las noches de soledad y de sufrimiento, releo tus cartas. (…) También yo intento encontrar tiempo para escribirte, pero en cuanto me enfrento al papel me deprimo. Te escribo esta carta haciendo acopio de todas mis fuerzas. (…) Te ruego que no me malinterpretes. (…) Escribir es muy duro para mí” (Pág. 308). La novela no solo es subjetividad y crisis de personajes, también contiene hechos históricos y políticos: revuelta de estudiantes, protesta contra la invasión del imperialismo americano en Asia, dirigentes oportunistas que negocian sus intereses. “Al volver a la normalidad, bajo la tutela de las fuerzas antidisturbios, los primeros en asistir a clases fueron los líderes de la huelga” (Pág. 67).
Tokio Blus se lee con creciente interés, curiosidad por saber el suceso siguiente, cómo va a terminar la relación de Watanabe, Midori y Noako. Murakami -cerca del Premio Nobel de Literatura- es un diestro narrador que sabe involucrar la historia de sus personajes con las expectativas del lector. La lectura de Tokio blus ha sido experiencia estética y personal muy significativa. La historia literaria de Murakami secuestra al lector quien no tiene deseos de ser liberado ni rescatado hasta cuando Watanabe se entera del suicidio de Naoko, su amada novia, llama a Midori Tobayashi, compañera de universidad y ocasional pareja sin compromiso, y le dice: “Quiero hablar contigo. (…) Eres lo único que deseo en este mundo. Necesito verte. Quiero empezar una nueva vida a tu lado”. La novela termina con una actitud existencial de Toro Watanabe: “¿Dónde estaba? ¿Dónde estaba? No logré averiguarlo. No tenía la más remota idea de dónde me hallaba. (…) Mis pupilas reflejaban las siluetas de la multitud dirigiéndose a ninguna parte. Y yo me encontraba en medio de ninguna parte llamando a Midori”. De Tokio blus afirma Jorge Coaguila, en El asombro constante (2001, 2022): “Una novela admirable de aprendizaje que dice mucho acerca de los problemas de los jóvenes” (Pág. 113).




