Por: Arlindo Luciano Guillermo
No existe en la Tierra tiranía, dictadura, autocracia, satrapía o despotismo que haya durado para siempre. Hitler se suicidó; Stalin, Mao Zedong, Saddam Hussein, Pol Pot, Pinochet, Videla y Rojas Pinilla están muertos. El poder político secuestrado vilmente por un dictador puede durar varios años [oncenio de Leguía, ochenio de Odría, 12 años de junta militar (Velasco, Morales Bermúdez), 8 años de fujimorato)], como en República Dominicana donde Rafael Leónidas Trujillo Molina -personaje de la novela La fiesta del Chivo de Vargas Llosa- gobernó 31 años, pero acaba tarde o temprano. El 28 de julio de 2024, Edmundo Gonzales Urrutia había ganado democráticamente las elecciones en Venezuela. Venezuela se había librado de la dictadura ruin; Venezuela estaba libre del fantasma de Hugo Chávez y la tiranía de Nicolás Maduro. Pensé que los ciudadanos venezolanos podrían conducir su destino histórico en democracia, que los millones de venezolanos, dispersos en el mundo, retornarían a su tierra natal para reunirse con sus familias, trabajar y, haciendo de tripas corazón, progresar dignamente. Sin embargo, los resultados electorales dieron un giro adverso en contra de la oposición política: Maduro, ocultando actas de escrutinio, “ganó las elecciones”. Edmundo Gonzales, María Corina Machado, la comunidad internacional y las redes sociales estallaron de ira y críticas feroces contra Maduro. Se había consumado un fraude electoral; la represión brutal, propia de los tiranos, se impuso en las calles de Caracas y otras ciudades. Hay “militantes de izquierda” que aún creen que en Venezuela existe democracia y respeto por la voluntad popular. Yo milité en la Izquierda Unida de Alfonso Barrantes Lingán, luego en el PUM de Javier Diez Canseco; siempre fui un izquierdista democrático. Cualquier dictadura y autoritarismo me provocan severa alergia y repulsión. Maduro gobierna Venezuela desde el 2013, y lo hará hasta el 2031; es decir, 18 años en el poder y la opresión de sus propios conciudadanos.
El lunes 13 de enero llamé a Andrés Jara para decirle que coincidía totalmente con el contenido de la columna que había publicado en el diario Página 3. “Si fuéramos izquierdistas o políticos seríamos enemigos acérrimos”. Me respondió con el título de un cuento de Andrés Cloud: ¡Eso!” Escribe el poeta Jara: “Un déspota bananero como Nicolás Maduro, que perdió olímpicamente las elecciones por goleada, desconoce su abrumadora derrota y se proclama presidente”. Jamás he creído que el comunismo soviético, chino o camboyano fuera la solución de los problemas sociales, económicos y políticos de los pueblos. El comunismo ha fracasado. Nicaragua, Corea del Norte y Cuba, en algún momento, sucumbirán ante la dialéctica de la historia. Los grandes imperios -Roma, Persia- y los imponentes líderes políticos -Julio César, Carlomagno, Pericles o Napoleón- tuvieron un ciclo vital. Rechazo el dogmatismo ideológico y el fanatismo político. Tolero la disensión, la discrepancia, pero no la censura ni la autocracia. Aunque imperfecta y frágil, la democracia constitucional es mejor que cualquier otro régimen político. Desde la Revolución francesa (1789), el pueblo elige a sus autoridades en elecciones libres. Añade Andrés Jara: “No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista, dice el adagio popular, siempre sabio. Espero que pronto, Venezuela, sea por fin un pueblo libre”. Comparto íntegramente este deseo político y social.
¿Qué opciones tiene Nicolás Maduro para mantenerse en el poder político? ¿Qué debe hacer la oposición política, dentro y fuera de Venezuela, liderada por Gonzales y Machado? Rafael Leónidas Trujillo y Anastasio Somoza fueron asesinados, Leguía murió encarcelado. La patria de Simón Bolívar se desangra con represión, arresto, asesinato, secuestro y encierro. La pobreza aumenta, la migración se acrecienta. Maduro se aferra al poder con uñas y dientes. El viernes 10 de enero Maduro juramentó a la presidencia de Venezuela por tercera vez; fue proclamado por las instituciones electorales espurias, “ganador” de las elecciones del 28 de julio con el 52% de los votos, sin mostrar, hasta hoy, las actas de escrutinio. El verdadero ganador fue Edmundo Gonzales Urrutia con el 70%. Los venezolanos están hartos de la dictadura chavista, ese engendro ideológico del socialismo del siglo XXI, como Daniel Ortega -excombatiente del FSLN, compañero del poeta Ernesto Cardenal y del novelista Sergio Ramírez- en Nicaragua. Hoy la barbarie sigue presente. Rusia está obsesionada con Ucrania, Donald Trump quiere renegociar el Canal de Panamá y apropiarse geopolíticamente de Groenlandia, israelíes y palestinos se matan a diario sin tregua. Ningún tirano es feliz, sabe que su muerte o caída es inminente, sufre de paranoia, alucinaciones, ve fantasmas donde hay opositores, un atentado puede aparecer en un plato de sopa, en su automóvil oficial, en un contenedor de basura; no puede salir a la calle porque lo abuchearían, se autosecuestra, no sabe lo que es la diversión libre, una fiesta familiar, popular o de amigos. El tirano es un ciudadano “mal borracho” en el poder, megalómano, padece de soledad absoluta, porque así va a quedar, apenas empieza a hundirse el barco las ratas saltarán para no naufragar. Es la vida del tirano una desgracia.
Venezuela vive hoy, política y socialmente, un callejón sin salida. Ningún tirano ha abandonado el poder político, donde está entornillado, por iniciativa propia, sino porque hay presión popular de envergadura, evento inesperado, muerte del autócrata, intervención extranjera o rebelión popular. No hay dictadura eterna. A Venezuela le queda “la resistencia civil ante la usurpación”. Hugo Chávez no es inmortal, Fulgencio Batista escapó de Fidel Castro y la guerrilla. Recuperar -o rescatar- la democracia de Maduro, la cúpula militar y socios con afinidad condicional es una tarea histórica. La violencia y la teoría conspirativa son falacias de los dictadores para reprimir y amedrentar a opositores. Venezuela, con el espíritu vivo de Bolívar y Sucre, desea la libertad, vivir en paz y con bienestar. Catorce de los 35 países de la OEA rechazaron la ascensión al poder político de Maduro y demandan urgentemente una transición democrática. El problema es cómo, quiénes van a ser los mediadores si hubiera una negociación, cuáles serán las exigencias de ambos bandos. Venezuela vive amargamente represión y opresión. Maduro y sus compinches saben lo que les espera. A las dictaduras y regímenes autoritarios les incomodan “modales democráticos”, decencia política, aspiraciones libertarias, exigencia de transparencia en el poder y autonomía de instituciones del Estado. Venezuela es un espejo donde hay que mirarse si seguimos con apatía, indiferencia, “normalización de lo incorrecto”, la cantaleta irresponsable de creer “que la política solo interesa a los políticos”. La historia juzgará a los dictadores y los pondrá en el lugar que les corresponde: en el banquillo de los acusados por crímenes, legicidio y destrucción de la institucionalidad democrática o en el Infierno de Dante.




