TODO LO QUE NACE PERECE DEL MISMO MODO

Arlindo Luciano Guillermo

La vida es una fiesta. Todos estamos invitados. Unos van, otros se abstienen, miran, admiran, critican, les dan tarjeta de invitación, se autoconvocan. Luego de divertirnos, bailar como trompos, beber como vikingo, conversar amablemente, discutir con vehemencia, imponer un argumento, enamorar sobrio o ebrio para bien o para mal, sudar como estibador, soportar la resaca o el desvelo, decidimos retirarnos. Cuando estemos ausentes, esa fiesta continúa con nosotros u otros concurrentes. La vida es efímera, corta, frágil, con fecha de vencimiento. No hay tiempo para desperdiciarla. No hay dos oportunidades para vivir en la Tierra. La soledad, no estar donde no queremos, desechar compañías innobles, no aceptar una sombra, es un derecho que se debe respetar. La vida es una fiesta. Solo hay que esperar en qué momento decidimos apartarnos. No lo olvides, hipócrita lector. Tú eres mi hermano. Sé que comprenderás mis palabras, mis insolencias, mis desahogos, mis dudas. Mientras esté vivo escribiré para ti. Cuando no esté aquí, tendrás que encontrar otro escribidor. Me hace sentir contento -no necesariamente feliz- y útil saber que lo que escribo se lee con cierto interés. En el soneto endecasílabo “El remordimiento”, incluido en el poemario La moneda de hierro (1976), Jorge Luis Borges dice: “He cometido el peor de los pecados / que un hombre puede cometer. No he sido / feliz. Que los glaciares del olvido / me arrastren y me pierdan, despiadados. / Mis padres me engendraron para el juego / arriesgado de la vida, / para la tierra, el agua, el aire, el fuego”. Eso era Borges, quien vivió leyendo miles de libros refugiado en su biblioteca de Babel, obsesivo con tigres amarillos, la precariedad de las cosas, políglota, escribiendo cuentos filosóficos, metafísicos, eruditos y herméticos, de tiempos y personajes remotos, pero también accesibles y sencillos, ciego irreversible, sin premio Nobel, pero aclamado y admirado en el mundo por lectores y estudiado e investigado por críticos literarios especializados. ¿Qué falló en Borges? Disfrutar la vida a plenitud. La felicidad es vivir con libertad, albedrío, sin tapujos ni prejuicios. Los siete últimos versos: “Los defraudé. No fui feliz. Cumplida / no fue su joven voluntad. Mi mente / se aplicó a las simétricas porfías / del arte, que entreteje naderías. / Me legaron valor. No fui valiente. / No me abandona. Siempre está a mi lado / la sombra de haber sido un desdichado”. Borges tenía 77 años, jamás renunció a su destino de lector.

 

Todo es un ininterrumpido aprendizaje. Quien deja de aprender está muerto en vida, es un cadáver andante. Los errores y las decisiones incorrectas son lecciones que alertan y previenen eventos sucesivos. No es tarea simple aceptar que no vamos a cambiar a nadie, antes de defender ardorosamente una razón se prefiere el silencio sabio y prudente, aceptar que existe la pluralidad de opiniones y personalidad es tolerancia. Gastar saliva en lo que no se puede hacer nada es una insensatez. Hemos comprobado que no existen dos sujetos iguales. Cada quien es una identidad propia e irrepetible. Llega el momento en nuestra pasajera existencia en que nos sentimos maduros, con la experiencia desbordando, con gobierno de la lengua, con cuidado de la salud mental y la alimentación, con derecho de preservar equilibrio emocional y serenidad espiritual. Entonces ya no queremos tener la única verdad, sino escuchar con paciencia, mirando a los ojos, ver cómo la gente vive a su modo. Las discusiones innecesarias provocan alergia, estrés y fatiga cerebral.

 

La vida es un río que avanza inexorablemente hacia el mar; allí termina su historia. Si quitamos su aplicación a los negocios, la política, los sentimientos y la guerra, y la amoldamos a la vida cotidiana, la “estrategia de la polaridad” tiene una analogía cercana. Dice Robert Green, en Las 33 estrategias de la guerra: “La vida es una batalla y conflicto interminable, y no podrás librarla con efectividad si no identificas a tus enemigos. La gente es sutil y evasiva, disfraza sus intenciones, finge estar de tu lado”. La vida no es color de rosa ni pasta de mantequilla. Es efímera, continua, hueso duro de roer, agradable e infausta. En la vida, nos hacemos santos o demonios, héroes o villanos, demócratas o déspotas, generosos o avaros. Llegar a la cumbre de la montaña es una travesía, una odisea, que demanda sudor, trabajo, lectura, ensayo, error, aprendizaje y, al final, cuando alcanzamos la cúspide, llega la satisfacción de la meta propuesta y el deber cumplido. Quien acepta resignadamente la rutina de Sísifo -empujar una roca pesada hasta la parte alta del monte para luego dejarla descender a la sima- está condenado a la monotonía, a vivir en piloto automático, sin ambiciones de trascendencia; no merecemos la amnesia histórica. Somos mortales, carne exquisita para los gusanos o el combustible para el crematorio. Carpe diem, vivir el momento. El pasado es historia, memoria, nostalgia, melancolía; el presente, disfrute concreto, gozo, hoy; el futuro, especulación, hipótesis por confirmar, algo que no sabemos cómo se presentará. Los ciclos de la vida se parecen a las estaciones del año. La vida no es verano eterno; el invierno, duro, desafiante, inmisericorde; la primavera, flor de la juventud, la lozanía y la vitalidad, viene y se va sin remordimiento; el otoño, donde asoma el ocaso, la nieve en los cabellos, los anteojos para leer y aclarar la visión. El potro salvaje, que corría delante del viento, cede la pasarela al juicioso caballo viejo.

 

Llega el momento de comprender que genio y figura hasta la sepultura, que al árbol de tronco torcido no se le puede enderezar. Las actitudes se adaptan a las circunstancias y urgencias. Los hábitos se logran con la práctica diaria de acciones. Un ebrio consuetudinario puede lograr la sobriedad. La estupidez es irreversible. Dice Atahualpa Yupanqui: “A qué le llaman distancia eso me habrán de explicar / solo están lejos las cosas que no sabemos mirar”. El carácter se educa, adecúa, perfecciona. Un gran obstáculo con el que hemos luchado es el miedo, la fobia a fracasar, a equivocarse, a no enfrentar al enemigo que tenemos al frente, oculto como un ladrón en la oscuridad o una muralla china imposible de escalar. La muerte es inevitable, ahora o después, en la longevidad, en la niñez o en la juventud. Dice Enrique Bunbury, en la canción Infinito: “Y el día que yo me muera / y moriré mucho antes que tú / solo quiero que una pena / se lloré frente a mi ataúd / y que esta herida que en mi alma no llegó a cicatrizar / y estará desesperada hasta que te vea llegar”. El día que me toque dejar este mundo, sin adjetivos ni laureles, ingresarán conmigo al crematorio mis libros. Hace muchísimos años que he dejado de creer que soy inmortal, que tengo juventud eterna. Ahora sé que hay cosas que no puedo controlar, pero asumo lo que me corresponde. Alzo el timbre para imitar a Walt Whitman: “Grito en medio de la multitud / con mi voz rotunda, arrolladora, imperiosa. / Venid, hijos míos, / venid, muchachos y muchachas mías, parientes, amigos, / ahora el ejecutante exhibe su habilidad, se ha acabado ya el preludio de la fiesta”.