TODA UNA VIDA

(Carta a Angélica)

Por: Jacobo Ramirez Mays

Las Pámpas, 29 de mayo del 2025

“Toda una vida,

me estaría contigo,

no me importa en qué forma,

ni cómo, ni cuándo…

pero junto a ti…”

Angélica mía,

Te escribo desde este rincón de la casa donde la madera cruje como si recordara nuestras primeras discusiones, nuestras primeras risas, tus primeros silencios. Desde aquí, donde me he sentado tantas veces a verte tejer, como ahora. Tus manos siguen haciendo esas carteras con la lana que parecen rezos, o rezagos de esperanza, mientras tus ojos se pierden en un punto que solo tú vez, quizá en la memoria de nuestros hijos que ya no están aquí. Quizá en su risa, que aún vive en tu pecho, aunque no se oiga.

Yo te miro, y no puedo evitar llorar, Angélica. Lloro sin ruido, como llora un hombre que ha perdido muchas cosas, menos a ti.

Y entonces me acuerdo…

“Toda una vida,

te estaría mimando,

te estaría cuidando

como cuido a mi vida,

que la cuido para ti…”

Carta a Angélica

Toda una vida, mujer, y aún no aprendo a amarte sin torpezas. Nunca fui bueno para decir lo que sentía, pero tú lo sabías. Tú me veías llegar con las manos vacías y los ojos llenos de disculpas, y me abrías la puerta sin preguntar.

Te he fallado en muchas formas: cuando discutíamos y yo me iba a un rincón, cuando me refugiaba en mis libros en lugar de escucharte, cuando me tragaba las penas sin compartirte ni una lágrima. Pero estuve y sigo estando.

Y aún así me preguntas por qué te miro como si se me fuera la vida. Es porque se me va, Angélica, un poco cada día que no escuchamos a nuestros hijos gritar por la casa. Un poco cada vez que no tengo más que palabras para darte, y tú solo tienes lanas, agujas y esa fe tuya que a mí ya no me alcanza.

“No me cansaría de decirte siempre…

pero siempre, siempre…

que eres en mi vida

ansiedad, angustia y desesperación.”

Carta a Angélica

Eres todo eso, sí. Porque amarte me duele, y sin embargo no sé vivir sin ese dolor. Porque me levanto con tu nombre en la garganta, y me acuesto con tus pasos suaves repitiéndose por la casa. Porque cuando te veo llorar en silencio mientras tejes, siento que el mundo entero se calla para escucharte.

Perdóname por los años que fui más sombra que farol. Perdóname por los días que te quise a mi manera, y no a la tuya.

Angélica: si yo volviera a nacer, volvería a buscarte con la misma torpeza, con la misma terquedad. Y si la vida se acaba antes de que regresen nuestros hijos, quiero que sepas que me fui contigo al lado, como siempre, en silencio, cuidando mi vida para ti.

No me importa el tiempo, ni el lugar, ni cómo. Solo sé que toda una vida, es poco para seguir diciéndote que te amo.

Tu Apóstata, con las lágrimas que te debo y el amor que nunca te ha faltado.