Jorge Farid Gabino González
No existen los libros perfectos. Lo sabe cualquiera que haya tenido alguno entre las manos. Y no los existen por la simple y sencilla razón de que la existencia de ejemplares inmaculados, de libros no mellados ni por las más nimias incorrecciones sería poco menos que imposible. Los errores, los gazapos, las erratas son en verdad de tan inevitable aparición hasta en las más cuidadas ediciones, que los encontramos, incluso, en aquellos escritos que por llevar la firma de tal o cual reconocido personaje o institución, podríamos llegar a creer que debería estar exento de tenerlos.
E importa poco, desde luego, que seamos de quienes crecieron con la idea, romántica por donde se la mire, y quizá por ello mismo errada, de que los libros nunca se equivocan, de que en ellos no son posibles los yerros; pues la dura y aplastante y nada grata realidad se encargará de restregarnos en la cara, cuantas veces sea necesario, que los libros también se equivocan. No siempre por descuido ni negligencia, claro está, sino porque, como mucho en la vida, hay cosas que no tienen explicación, y punto.
Y no cabe aquí, por supuesto, en defensa de lo antedicho, el argumento de que antaño, a diferencia de hoy en día, se ponía mucho más cuidado en la presentación formal de los libros, lo que contribuía, ¿hace falta decirlo?, a que estos llegaran a los lectores en mejores condiciones. Porque la verdad de las cosas es que libros con errores los ha habido ayer, los hay hoy y los seguirá habiendo mañana; siempre y cuando, claro está, el calentamiento global no acabe de terminar con los últimos árboles que todavía le quedan al planeta, y nos deje sin la principal materia prima con que contamos hoy para la fabricación del anticuado papel; y se nos acaben para siempre los libros tal y como los hemos conocido hasta ahora. Para felicidad de Bill Gates, seguramente, que en su momento vaticinó la desaparición de los libros en su soporte tradicional; pero para infelicidad, sin duda alguna, de quienes no somos capaces, todavía, de leer un libro valiéndonos “solo” de los nuevos soportes digitales.
Como sea, resultantes de la impericia del autor o de la desidia del editor, que para los efectos vienen a resultar casi lo mismo, lo cierto es que así como los sueños, sueños son: los errores, errores son. Y si estos, como ha salido a la luz gracias a una denuncia periodística, que, no sabemos por qué, en realidad poco sorprende, involucran a una institución del nivel del Ministerio de Educación, la situación adquiere dimensiones verdaderamente apocalípticas.
Sucede que según la mencionada denuncia periodística, el Minedu habría gastado un total de S/ 174 millones en la adquisición de textos escolares del área de inglés plagados de groseros errores en la tipografía (las famosas erratas, para los entendidos), amén de las incoherencias gramaticales de toda la vida, que ya a nadie sorprenden, y de toda una serie de fallas técnicas respecto de lo establecido en los términos de referencia con que se realizaron las licitaciones.
Lo anterior se agrava sustantivamente si tenemos en consideración que, como ya se sabe, los susodichos «errores» presentes en los libros en cuestión se habrían detectado ya en 2015 por ejecutivos del ministerio. Lejos, no obstante, de aplicar las penalizaciones que en este tipo de situaciones se deberían haber aplicado al consorcio editorial responsable del problema, se habría hecho todo lo contrario, pues se le «premió» volviendo a firmar con él sucesivos contratos por cifras de más está decir que millonarias.
Y como este tipo de cosas solo suceden en el Perú, y porque suceden tan a menudo es que ya a nadie le sorprende el que sigan ocurriendo, no debería extrañarnos en absoluto que el exministro de Educación Daniel Alfaro firmara en diciembre de 2018 un nuevo contrato con el susodicho consorcio, en esta ocasión por más de 69 millones de soles, en virtud del cual, naturalmente, proveerá de libros al Estado desde el presente año hasta 2021.
Los errores, lo decíamos arriba, son consustanciales a todos los libros. Nada justifica, sin embargo, que una institución de la envergadura de la del Ministerio de Educación reincida de una manera tan escandalosa en continuar suscribiendo contratos con un consorcio como el antedicho, a pesar de todo lo que se sabía, (de todo lo que se sabe) respecto de los terribles yerros en que habría incurrido.
Pero bueno, como aquí, según es de público conocimiento, la educación les importa un carajo a algunas de nuestras más altas autoridades educativas, y también, hay que decirlo, a no pocos padres de familia, que nos sigan dando sus libritos fallados nomás, que al fin y al cabo nos los están regalando. ¿Qué regalando? ¡Regalándoles sus exorbitantes sueldos estamos todos los peruanos, tira de incompetentes!



