¿Tiene remedio el populismo en América Latina?

Escrito por: Loris Zanatta, tomado del New York Times

 Así se entienden los ciclos históricos de América Latina. Un rebote populista sigue a cada era cosmopolita y secular. Así fue con Lázaro Cárdenas en México, Getúlio Vargas en Brasil y Juan Domingo Perón en Argentina después de la era liberal, así con la Revolución cubana y sus émulos después de la ola democrática de posguerra, así desde el fin del Consenso de Washington a nuestros días. A la sociedad abierta y laica, el peronismo opuso el telurismo de la tradición católica; el chavismo, el de los caudillos rurales; el indigenismo boliviano, el etnocentrismo. El populismo no es un ave de paso en América Latina, sino un actor protagonista, aunque cambie de nombre y forma.

Hasta aquí los populismos se parecen todos. Expresan, señaló Isaiah Berlin, un afán comunitario. Prometen unificar al pueblo. Pero su pueblo no es el constitucional; es histórico y moral, custodio exclusivo de una identidad. Como tal, es el único pueblo legítimo: gobernaré “con el pueblo”, declaró Nicolás Maduro frente a la derrota en las elecciones parlamentarias de 2015. Parece absurdo, pero no lo es para la lógica populista. Para ella, se trata de la eterna lucha del bien contra el mal, del pueblo de Dios contra el antipueblo. Por eso los populismos transforman la dialéctica política en guerra de religión, donde “nosotros” equivale a virtud y armonía, el pueblo angelical. “Ellos”, en cambio, son el “gusano” deshumanizado del castrismo en Cuba, el “escuálido” del chavismo.

Para sus partidarios, el populismo es la respuesta democrática a la pobreza, la desigualdad, la discriminación y una genuina reacción de los perdedores de la globalización. Como si no fueran tan antiguas, todo se remonta para ellos a las reformas de mercado de la década de 1990: la apertura comercial profundizó la brecha social, las privatizaciones aumentaron el desempleo, la liberalización financiera favoreció el crimen, la globalización de la información exacerbó la “colonización cultural”. El neoliberalismo hoy, así como el liberalismo antaño, son causa de la ola populista, aunque sean también coartadas.

Sin embargo, el populismo es más causa que efecto de esas plagas atávicas, parte del problema y no de la solución. Dejemos a un lado el caso brasileño de Jair Bolsonaro, cuya matriz evangélica y de derecha recuerda al populismo nativista y antiestatista de Donald Trump. El sueño de los populismos hispanoamericanos, los más frecuentes, es restaurar el Reino de Dios en la Tierra. Evocan el milenarismo del Antiguo Testamento. Su pueblo mítico es el buen pueblo fiel, su enemigo el mismo que destruyó la cristiandad: el liberalismo, hijo de la Reforma. De ahí el odio hacia Estados Unidos liberal y protestante: “enemigo eterno”, según Castro; “sin alma”, para Eva Perón, con “olor azufre”, dijo Chávez.

Como ese pasado imaginado de virtud y armonía, los populismos hispanoamericanos son por tanto unanimistas: un pueblo, una nación, un líder. Toleran la división de poderes y el sistema multipartidista si es necesario, pero los pisotean cada vez que pueden, como lo demuestran en semanas recientes López Obrador en México y Nayib Bukele en El Salvador. Son jerárquicos, el orden se crea de arriba abajo, del sacerdote a los fieles o del presidente a sus seguidores. Y corporativos: todos deben ser parte de algo, familia o partido, clan o sindicato, el grupo trasciende al individuo. Su modelo es el Estado confesional que castiga a los herejes y catequiza al pueblo. “Dios está con nosotros” y “nosotros seguimos su plan”, predicaba Hugo Chávez por cadena nacional mientras se apoderaba del Estado pieza a pieza, desde el poder judicial hasta las Fuerzas Armadas. Pronto esta fórmula sería repetida por sus imitadores.

No es todo. Si el dinero socava la pureza del pueblo y si el mercado lo corrompe, se entiende que los populismos combaten la prosperidad más que la escasez, que opongan la santa pobreza a la cultura del crecimiento. Perpetúan así la miseria que dicen combatir. El escape de la pobreza nunca es para todos al mismo tiempo. Algunos lo logran, otros quedan atrapados. Lo importante es que los primeros no quiten la escalera del ascenso social para que los otros que siguen abajo puedan subirla.

Pero los populismos hacen eso, cortan los peldaños de la movilidad social cultivando la prisión identitaria donde domina el conformismo tribal. Un organismo cerrado, autárquico e indiferenciado, así es su pueblo, “el gran señor” de López Obrador, el dueño de “justicia y amor” de las veinte verdades peronistas. Los pobres tendrán así que estar orgullosos de su pobreza, garantía de moralidad e identidad. Ascender a clase media, clase “colonial”, sería traicionar el pueblo. La clase media, encerrada en una tribu excluyente, es, a su vez, la custodia de la virtud: la del “cidadão de bem” de Bolsonaro, por ejemplo.

¿Tiene remedio el populismo? Pasar de “pueblo” a “ciudadano” es un camino complejo. Mucho depende de la sociedad civil, de su capacidad para oponer la legalidad a la arbitrariedad, de desmontar las jaulas corporativas y las redes clientelares, de liberarse del ogro filantrópico, el Estado paternalista  descrito por Octavio Paz. La educación y el trabajo son las claves, pero también una cierta dosis de competencia, meritocracia, desburocratización, apertura al mundo: palabras que el populismo odia. ¡Y ya basta con el culto a la pobreza!

Loris Zanatta es catedrático de Historia de América Latina en la Universidad de Bologna. Su obra incluye los libros Perón y el mito de la Nación católica. 1930-1943, Eva Perón. Una biografía política y, más recientemente, Fidel Castro: el último rey católico.