Por: Arlindo Luciano Guillermo
Mis libros son trofeos de guerra ganados en horas de lectura. Entre lector, libro y biblioteca hay una relación de lealtad que solo la muerte puede separar. No concibo mi vida diaria sin mirar a mis libros, acariciarlos, conversarles, darles una palmada en el lomo, librarlos del invasivo polvillo. Mis libros y yo somos gitanos, apátridas. Ellos siempre han estado a mi lado, fieles, en la prosperidad, la cumbre, el abismo, la adversidad, las debilidades y oportunidades. Siguen a mi lado. Cuando estoy lejos, siento que me susurran al oído: “¿Cuándo vas a regresar?” Yo los extraño, ellos me extrañan. Mis libros son mi sombra y mi paraguas. Ellos se quedan solos cuando voy a trabajar y estoy seguro que se alegran cuando retorno a casa. Saben que voy a acercarme, hablarles, buscar con el índice el título que debo leer o releer. Ellos aguardan que los elija. Un libro es más incondicional que los amigos; nunca se enojan ni reprochan por discrepancias ni ausencias. Me acurruco a su regazo cuando necesito descanso, silencio, meditación, conversar conmigo mismo. Mis libros son perfectos interlocutores, con escucha activa, nunca interrumpen cuando hablo; solo miran sin parpadear, sin bostezar. Un libro siempre espera a su lector. Mi biografía personal -que no es ejemplar ni grandiosa- y mis libros van juntos. Hoy, a pesar de la presencia abrumadora y necesaria de la inteligencia artificial, sigo con mi disciplinado hábito de lectura; no colisionan, conviven y se fortalecen.
El cuento “La biblioteca”, incluido en La fuga de Agamenón Castro y los cuentos ganadores de Copé 1985, de Jorge Díaz Arrué, relata la decisión insensata de un culto e incontrolable lector, docente universitario de Lógica y Filosofía: Antonio Larrauri. Posee una biblioteca de 150 mil volúmenes. Cuando supo que le faltaban unos 35 mil se recluyó definitivamente -dejó de lado a su cónyuge y actividades públicas -en su casa para leerlos con técnicas de lectura veloz. El impacto social de su boda con Beatriz Laguna, los viajes de luna de miel por el mundo y sus ensayos y crónicas asombrosas y eruditas, enviados desde lejanos países, acabaron. El viejo librero le había advertido: “Los libros viven, doctor (…) Uno nunca los llega a tener, al contrario, ellos pueden llegar a tomar y destruir”. Beatriz, harta del marido lector, ensimismado totalmente en la lectura, sintió [a los libros] adheridos a ella como parásitos voraces que crecían sin cesar. La biblioteca la había comprado a un bibliófilo español. Desde entonces se había dedicado “solo a leer y escribir y avanzar en sus investigaciones”. Murió “dormido con la cabeza reclinada sobre el último libro que estaba leyendo”. Había dejado de “leer periódicos y revistas, dejó de lado los compromisos intelectuales ineludibles, se olvidó de su mujer, se trasladó a dormir a la biblioteca y se puso a leer sin parar”. Su esposa Beatriz llama al buhonero Gervasi Bruno y le dice: “Tenga este dinero para que contrate un camión (…) le regalo toda esta basura”. En el cuento “El polvo del saber” de Ribeyro, miles de volúmenes son reducidos a polvo. En el capítulo VI del Quijote, se incineran libros, la inquisición medieval prohibió la difusión de “libros herejes” como El lazarillo de Tormes o en Francia el proceso judicial contra Charles Baudelaire por Las flores del mal; en el Perú se prendió fuego a Aves sin nido y La ciudad y los perros. Los Inocentes y En octubre no hay milagros fueron vilipendiados por críticos literarios necios, pero encumbrados por lectores, sin temor al infierno.
Los libros exigen su derecho a vivir en su espacio digno, su cuota de territorio y soberanía propios en la casa del lector. Una biblioteca personal tiene un área respetable. No hay nada más absurdo que tener libros y no leerlos; no son ornamentos ni fetiches. La existencia de libros en una familia es señal de cultura, conocimiento, sabiduría. Mirko Lauer, en “La biblioteca como animal doméstico” (La República, 27-7-2025), escribe: “Tener una gran biblioteca es un lujo de la alta clase media. Puede ocupar parte de un cuarto o incluso uno entero. A partir de cierto tamaño, estos libros empiezan a perder su carácter privado, y se vuelven visibles para las visitas, casi como testimonio de la lectura acumulada de su dueño. ¿Los habrá leído todos? Es una pregunta que siempre nos hacemos”. Los bibliófilos leen y aman libros; los bibliómanos se apasionan compulsivamente y no leen. Un libro es información, aprendizaje, performance lingüística, pensamiento crítico. Un lector es el diseñador y arquitecto de su propia biblioteca. Ejerce tenencia y patria potestad sobre sus libros. Compra libros con interés. Un libro leído, con los rituales del lector, queda en el estante, esperando una relectura o a otro lector. Prestar un libro es como echar al río un barquito de papel. En una biblioteca, hay libros originales o copias que se deshojan, ediciones príncipes, los que nunca fueron leídos y aquellos que se leen una y otra vez. Hay libros que yo no me canso de leer, regreso como hijo pródigo: Pedro Páramo, Cien años de soledad, La palabra del mudo, Las flores del mal, Una temporada en el infierno, Hora de silencio, De claro a oscuro, Los heraldos negros. Mis libros están ahí, serenos, esperándome para ser leídos o volver a leerlos. Envejecemos juntos, saben que soy estrella fugaz; lo sé, lo saben.
En el poema “Límites”, Borges escribe: “…hay un espejo que me ha visto por última vez, / hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo. / Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos) / hay algunos que ya nunca abriré. / Este verano cumpliré cincuenta años; / la muerte me desgasta, incesante”. Mis libros me van a sobrevivir. Yo seré ceniza; ellos esperarán a otro lector. Tomé la decisión de ser un lector y construir mi biblioteca. Mi obsesión por los libros es ingobernable. Es posible que un lector se convierta en un “ladrón de libros”. Yo no sé qué será de mis libros cuando muera. Hoy sigo con la costumbre de comprar libros. Leer es una necesidad vital como comer, respirar o beber agua fresca. Mis libros y la lectura tienen su espacio y su tiempo. Solo espero que mis libros sin mí tengan un merecido destino y un lector responsable, que los lea y proteja. Algún día terminará mi tiempo de lector. Yo sé que no voy a vivir 100 años, no soy inmortal ni inmune al avance del tiempo. No leeré todos los libros de mi biblioteca. De algo sí estoy seguro: no renunciaré a mi oficio autoimpuesto de lector, excepto que quede ciego como Borges o diezmado por el Alzheimer como García Márquez; sin ojos ni memoria no tiene sentido la vida para un lector. Soy el río de Heráclito de Éfeso, a veces Gregorio Samsa, el Aureliano Babilonia que afanosamente descifra los pergaminos de Melquíades, el Caballero Carmelo de triunfos pírricos, el lobo estepario de Hermann Hesse, un ciudadano alfabeto extraviado en los laberintos hexagonales y escaleras espirales de “La biblioteca de Babel” de Borges o un pirata irredento de Stevenson. Si me van a recordar que sea por ser un lector, no por docente ni columnista de opinión. El lector es un rara avis en una sociedad consumista y mercantilista, a veces no tiene con quién conversar ni sentirse a gusto en tertulias.




