Israel Tolentino
Rodrigo Jáuregui Mena (Lima, 1991). Educador y artista, tiene la fortuna de andar en compañía de Heydi Mori, leal compañera de viaje, extraordinaria artista. Sus obras por ahora son la narración de “The Ongoing WOW”, más adelante, en ese futuro que el artista prefiere no distraerse ¿qué sucederán con sus objetos? Tal vez sus planos, variedad de bocetos, tengan la irreverencia de andar sin rumbo, haciendo un laberinto sin intención de salida. Nadie está en una maraña sin intentar desanudarla, Rodrigo invita contemplarla.

Si Rodrigo se ausentara, tal ausencia no sería posible, dado la existencia de las obras elaboradas con el barro del Sagrado Valle cusqueño, si bien esta paradoja es posible, es de igual forma posible toda reflexión en torno a su trabajo, si bien “The ongoing wow is happening right now” es una cita del poeta y filósofo Timothy Levitch en la que refiere, como escribe el artista: como la sorpresa constante está sucediendo (…) enfatizan el acto de andar a través de caminos cíclicos que no llevan hacia ninguna meta. Rematando con la pregunta siguiente, también del artista: ¿sería necesario un espacio para perderse? La respuesta, no sería necesariamente el acto de existir, sino, la huella que deja ese acto y, eso, en Rodrigo Jaúregui, son sus obras, sobre todo su reciente exposición en La Alianza francesa de La Molina en la ciudad de Lima.

La impronta con que ornamenta cada obra puede estar constituida por la dimensión observable de cada una de ellas, evocación que aflora y se consolida con la postura del artista en el medio, dicho de otro modo, Rodrigo, de Lima anduvo a vivir al espacio cusqueño, su obra responde, desde entonces, con volúmenes instalativos donde subir y bajar es el ritmo que se percibe. En la ciudad, el desplazamiento horizontal ganaba en la lectura de las obras, en la serranía, son los desniveles lo que los objetos invitan a leer. Toda esta lección de caminos es acentuada por signos, texturas, ritmos, señales, que atavían sus obras. No son las huellas físicas de su andar diario, son las marcas de su interior como cuando dice: “cuando un individuo anda sin rumbo fijo, los nuevos espacios encontrados le generan un sentimiento de desubicación que a su vez le genera un estado de consciencia del momento presente”.

Rodrigo, tiene en Heydi Mori, la inteligente compañía para su andar, ellos transitan el Valle Sagrado del Cusco cuando el sol de las mañanas proyecta sombras desdibujadas, cada paso, una sombra, interminables como inagotables movimientos sobre la geografía oblicua del valle. Hay en estas cotidianas formas de cada andar un secreto que cada volumen o dibujo edificado por Rodrigo dejar ver. Se puede decir que cada obra, es la culminación fallida de cada tanteo por estar. Para el artista es cada día de su vida en solitario y en compañía un “no llevarte a ninguna meta”, es por esa conciencia que cada vínculo con su obra termina siendo un pequeño logro existencial.
Entonces sus trabajos no intentan ser maquetas, ni modelos, ni dioramas, ni mapas, bocetos y espacios que grafican como en una bitácora su existencia, son en el mejor de los casos, ensayos, pruebas, reconocimientos de “los momentos extraordinarios” que junto a Heydi, transforman su rutina reflexiva. Sin la pretensión de atrapar el instante, cada pieza expuesta es parte de ese cometido. Como las emociones, en sus obras se puede ascender y descender, desplazarse en el espacio expositivo, mirar, adentrarse a enredos momentáneos.

Andar, en la medida que Rodrigo plantea es no llegar a nada, sin embargo, su deriva traza un conjunto de vectores y todos estos construyen un cuerpo sólido, es eso, precisamente, lo que se encuentra en el centro de la sala. Un cuerpo del desplazamiento de las ideas de Rodrigo.
Rodrigo Jaúregui, retorna por breve tiempo a confrontar sus pasos con la urbe limeña, vuelve, sobre todo a compartir el profundo significado que el acto de contemplar tiene en sí y, la inexorable rapidez con que se pierde en cada individualidad (Pozuzo, setiembre 2025).




