Un devastador terremoto de magnitud 7.7 sacudió el centro de Myanmar el viernes, provocando el colapso de estructuras y sembrando el caos en una extensa región del sudeste asiático. El sismo, uno de los más intensos en la zona en un siglo, se produjo en un contexto ya marcado por la inestabilidad política y social en el país.
Según la investigación publicada por The New York Times, al menos 20 personas perdieron la vida en Myanmar, mientras que en Bangkok, Tailandia, un rascacielos en construcción se derrumbó, dejando decenas de desaparecidos y aumentando la sensación de pánico en la región.
El epicentro del temblor se localizó cerca de Mandalay, la segunda ciudad más grande de Myanmar, alrededor de las 12:50 p.m. hora local. La sacudida inicial fue seguida por una fuerte réplica de magnitud 6.4 apenas 11 minutos después, intensificando el temor y complicando las labores de rescate. El sistema de fallas sísmicas en esta parte del mundo, producto de la interacción de múltiples placas tectónicas, hace que eventos de esta magnitud sean una amenaza constante.
La situación en Mandalay es crítica, con hospitales desbordados por la afluencia de heridos. Médicos y enfermeras se ven superados por la demanda, mientras que los suministros médicos escasean. Muchos pacientes, incluso aquellos conectados a equipos de soporte vital, fueron evacuados a estacionamientos cercanos ante el riesgo de colapso de las instalaciones hospitalarias.
Más allá de la devastación inmediata, el terremoto agrava los desafíos que enfrenta Myanmar, un país sumido en una guerra civil desde el golpe militar de 2021. La junta militar, ya debilitada por la resistencia armada y las sanciones internacionales, se enfrenta ahora a una crisis humanitaria de proporciones considerables. El acceso a información fidedigna se ve dificultado por las restricciones impuestas por el régimen a la prensa y al acceso a internet.
En un gesto inusual, el portavoz militar birmano, el general Zaw Min Tun, hizo un llamado a la comunidad internacional para que brinde ayuda. Esta solicitud, que contrasta con la reticencia mostrada en desastres anteriores, sugiere que la magnitud de la catástrofe supera la capacidad de respuesta del gobierno militar. Sin embargo, la desconfianza hacia la junta y las dificultades de acceso a ciertas áreas complican la llegada de asistencia humanitaria.




