Por: Israel Tolentino
En la cocina se ve una silueta batiendo un tazón, imagino que preparan un pastel, es tarde y un café con una buena tajada de pastelillo de queso caería bien, me acerco, la señora Teresa apuña una abundante cantidad de carne de cerdo, mi antojo se disipa. Le pregunto ¿qué es? -sonriendo me responde- salchichas de cerdo. Llegan otras preguntas mientras imagino en las generaciones de mamás preparando esta receta casera.

La sabiduría, en apariencia, se obtiene con los años, eso pensaba; conversando con la señora Teresa, descubro que te vuelve sabio observar, estar atento en los quehaceres del lugar donde te ubicas, mejor dicho, todo lo que sucede en ti y tu contorno no pasa en vano. Uno se percata de la presencia sabia al momento que trasmite la historia, cuando su hija te comparte lo escuchado, cuando a quien oyes, te hace sentir nieto. Ante la persona sabia, los relatos cobran actualidad, la añoranza que pueda haber se desvanece en su ejercicio.
“Nala”, que significa “abuela”, es una de las resistidas palabras traídas por los austroalemanes. Aquella mujer sabia y trabajadora llegada de los confines de occidente. En estas tierras cuando llegaron “los colonos”, habitaban los pueblos Yaneshas, esta selva Rupa-rupa, ha moldeado al habitante europeo, haciendo de él un mestizo especial, con un dejo y pensamiento alejado al de sus abuelos de hace 166 años. Seguramente, de la joven república peruana de entonces subsisten pocos rastros culturales, más del verde que rodea este territorio se mantienen: riqueza, calor, insectos, trabajo, esperanzas.

Teresa Vásquez Westreycher (1957), hija de don Erasmo y doña Josefa, nacida en su casa en San Antonio de Chinizo, ubicada a varias horas de camino de Pozuzo, aprendió a bordar mirando a sus hermanas. Para casarse bordó sus propias sábanas, fundas de almohadas, cortinas, manteles… Los hilos eran traídos en los viajes interminables hacia Oxapampa, a Teresa -como ella dice- le gustaban los hilos de seda, resbaladizos, los más difíciles de asir. Bordaba punto a punto, con sus manos que cocinaban, lavaban ropa, cultivaban la huerta, preparaban salchichas y daban de comer a las gallinas. Su pericia manual asombró al sacerdote en el día de su boda, tanto así que le preguntó: ¿a qué hora realiza todo esto? Las “nalas” sabían darse tiempo para todos los quehaceres, iniciaban sus días encendiendo la candela a las 4 am. Todas sus fuerzas dedicadas a su familia y casa.
Teresa es una mujer que siempre cultivó un hermoso jardín de orquídeas, sus hijos le traían plantas encontradas entre los troncos partidos; cierta vez prestó parte de su huerta para que una ONG pudiera criar un pequeño orquideario, cuando ellos dejaron el cultivo, ella continuó el cuidado de las plantas, para entonces, tenía un jardín en su casa de Chinizo y su nueva casa en Pozuzo. De manera intuitiva había concordado con la belleza de las flores salvajes. Cierta mañana inauguró su restaurante, no se decidía por un nombre y su amigo don Benjamín Kroll le sugirió llamarle: las Orquídeas. Pozuzo, era por esos años, un pueblito refundido entre las intrincadas malezas amazónicas, con una carretera en trocha (continúa igual) sin puentes (hoy son cerca de una veintena) donde los viajes a Oxapampa duraban 12 a 15 horas.

Cierta vez -cuenta doña Teresa- mirando en la televisión el programa “Utilísima”, pasaron una manualidad de vasitos hechos con cerámica en frío, “sin tener ninguna idea de como trabajar, un día se me ocurrió hacer orquídeas; sacaba los pétalos de las orquídeas vivas, las copiaba en papel, y luego las modelaba en la cerámica, hoy las realizo de memoria y para pintarlas utilizo los tintes de las tortas”. Los pueblos saben crear sus artistas, ellos no necesitan pisar escuelas de arte, doña Teresa, es prueba de ello, su necesidad de expresarse, de utilizar un lenguaje, describir su herencia, sus descubrimientos, su tiempo y su vida, son representados en sus cálidos objetos.

La “nala” Teresa, es la última generación de abuelas que trasmiten la herencia cultural en este pueblo, si sus antepasados ajustaron sus costumbres a la selva telúrica; sus angostos valles, ríos y alimentos, modelaron el carácter, habilidades, ojos y paladar de sus descendientes (Pozuzo, julio 2025).




