TE EXTRAÑO

TE EXTRAÑO

Por Jacobo Ramírez Maiz

Llegué a la casa, abrí la puerta, y ya no estabas. Mis ojos, acostumbrados a la rutina, te buscaron por medio del huerto. Mis oídos quisieron oír tus ladridos. El silencio de la tarde me hizo entender que ya jamás sería como antes, que mis manos nunca más sentirían tu lengua dándome la bienvenida.

Caminé junto a Satanás, tu novio, y Harú, tu hijo, hacia la casa. No se atrevieron a ladrarme ni a dar vueltas recibiéndome. Ellos también sienten tu partida.  En silencio, recordé las veces que llegaba mareado, y tú te acercabas despacio, sigilosamente mordías la basta de mi pantalón, y, jalándome, me conducías hasta la casa como quien diciéndome entra a descansar y no friegues. Cuando me detenía, te enfurecías y me jalabas con más fuerza, rompiendo, en muchos casos, mis pantalones.

Me siento en la banca y te imagino recostada con tu cabeza sobre tus patas delanteras, mirándome a los ojos y contándome, seguramente en tu lenguaje, todo lo que habías hecho durante el día. Sonrío recordando aquella vez en que le engañaste a Satanás. Habías parido tu primera camada de crías. Fue en ese tiempo que me di cuenta de que tú no comías, sino tragabas. Cerraba los ojos, y ya casi habías terminado de comer; una pestañada más, y el plato quedaba como recién lavado. Te dabas cuenta de que Shata comía con paciencia, lamiendo sus presas de pollo, pero tú no le quitabas. Lo que hacías era salir corriendo, ladrando fuerte, al encuentro de algo o de alguien. Shata, como macho protector, salía tras de ti, dejando su plato a medio terminar. A medio camino, lo dejabas pasar y te regresabas tan rápido hacia donde era tu comedor, encontrabas el plato de tu novio y, ni corta ni perezosa, le dabas curso. Para cuando llegaba tu amado Satanás, su plato también ya estaba limpio y reluciente.

Me levanto y me voy a servirles la comida a los que quedan conmigo. Agarro tu plato, es el más grande, lo lavo y lo llevo al rincón donde guardo todos mis recuerdos. Lo pongo junto a la cama del gato, que se llamaba Gato, veo el hueso de plástico de Murciélago, el perro negro que se murió atragantado, y me pongo a pensar por qué tantas mascotas partieron antes de tiempo, y no encuentro respuesta.  

Les sirvo a Satanás y Harú y no quieren comer. Parece que sintieron la misma nostalgia y, extrañándote también, se recuestan cada uno a un lado de sus platos de comida, mueven sus colas y no dan ni un solo sorbo. Entiendo que ellos también tienen sentimientos. Les llamo y bajamos juntos a donde descansa tu cuerpo. Es un hueco de un metro cuarenta de largo por un metro de profundidad, encima hay una cruz, no porque fueras cristiana, porque si hubiera sido así nunca te hubieras casado con Satanás, sino porque es parte de nuestra tradición. Sobre tu tumba, hay sesenta piedras, cada una de ellas simboliza a un mes que me acompañaste. Te digo que te extraño, mientras prendo un cigarrillo en medio del silencio de la noche. Me siento y junto a mí se recuestan Satanás, pensando quizá que vivirá con tu recuerdo, con tu aroma, con tus caricias, y, al otro lado, Harú, recordando tal vez tus lamidas de madre, tus gruñidos, tus juegos. Mientras el humo del cigarro que fumo se disipa en la noche tenue.