TAMBIÉN ES IMPORTANTE LA SALUD MENTAL

Por Arlindo Luciano Guillermo

Es un prejuicio creer que solo si estamos “mal de la cabeza” debemos ir al sicólogo o siquiatra. Los males mentales no se curan con alcohol, drogas, conversiones religiosas o automedicación; es preciso una intervención profesional. El estrés y la depresión no se curan en el quirófano. La etapa terminal de la depresión es el suicidio; un estrés descontrolado agrede, insulta, ridiculiza. Cuando alguien presume que es superior a otro, envidia con actos perversos, miente con oficio o considera que el color de la piel es razón para discriminar aparecen el racismo, la xenofobia y el desprecio al prójimo. Pasacalles, desfiles con pancartas, actividades institucionales, paneles y periódicos murales sensibilizan sobre la relevancia en la vida del ciudadano la salud mental, pero no resuelve ni enfrenta; al día siguiente el problema queda ileso o se agrava. Esperamos que la enfermedad esté incontrolable para ir al médico o al hospital. Los políticos son devorados por la epidemia del poder, la demagogia y la megalomanía. Cuántos “locos sueltos” transitan elegantemente por las calles. Un ebrio rompe el parabrisas de los vehículos, hijos rechazan a sus padres, agravios en las redes sociales, padres envenenan con odio a sus hijos. ¿Cómo está la salud mental de estos? No es suficiente ser idóneo profesional, empresario prosperísimo, funcionario servicial, pero cómo va la salud mental, la inteligencia emocional y las relaciones interpersonales.  

¿Existe un diagnóstico integral sobre la situación actual de la salud mental en Huánuco? ¿Existen estrategias o planes operativos para prevenir, enfrentar y resolver los problemas de salud mental? Si existe, qué ejes estratégicos tienen. ¿Cuántos centro de atención de salud mental hay en Huánuco? ¿Cuántos sicólogos y siquiatras se disponen para atender casos de salud mental? ¿Las instituciones del Estado toman en serio la salud mental? ¿Les interesa a los gobernantes la salud mental de los ciudadanos? ¿Existe una relación directa o indirecta entre salud mental y corrupción, feminicidio, maltrato infantil, acoso sexual, autoritarismo, familia disfuncional y desquiciamiento en el ejercicio del poder? Es una tarea urgente para los respetados investigadores del Renacyt que abundan en las universidades licenciadas. El 10 de octubre ha sido el Día Mundial de la Salud Mental. Más allá del protocolo o difusión en redes sociales, qué se hizo para tomar conciencia de la importancia pública de la salud mental.

El Covid-19 ha desnudado la precariedad de la salud mental. El índice de feminicidios aumenta. El asesino será sentenciado por el Poder Judicial a cadena perpetua, la víctima nunca va a resucitar y los daños colaterales son irreversibles. Es cuestión de actuar antes, no después. La intolerancia a la frustración, cuando se insulta porque no hay argumento, cometer un error y no disculparse, considerarse inmortal e infalible, gritar cuando se debe hablar con tono respetuoso, buscar responsables de los fracasos, creer que la plata resuelve todo y compra conciencias, subastar lealtades y estimar que el sexo es solo eyaculación son síntomas de una deteriorada salud mental que avanza soterradamente. Cuántos suicidios y feminicidios se pueden evitar si hubiera una intervención oportuna de las instituciones de salud mental. Desde el escritorio y el discurso no se ataca el problema. Eso equivale a querer ganar un partido de fútbol solo defendiendo y sin meter goles. El demente callejero y maloliente es un ciudadano a quien el Estado no le importa; los pocos afortunados son acogidos por el padre Oswaldo Rodríguez en Llicua; un sacerdote filántropo hace lo que el Estado no puede. ¿Existe un programa social, como Juntos o Cuna Más, para proteger y apoyar a los “enfermos mentales” que viven en el desamparo, la exclusión y la pobreza? ¿Hay un bono especial para los “enfermos mentales”?   

Se cree que ir donde un sicólogo es porque estamos locos o tenemos una tuerca suelta en la cabeza. Es un grosero error; subyace un desdén por la salud mental. Somos sobrevivientes del Covid-19. El lunes 10 de octubre, en el Diario Ahora, el sicólogo Eduardo Ramírez Ingunza, del Centro de Salud Potracancha (Pillcomarca), advertía la prevalencia de alteraciones de la salud mental y los riesgos que genera en la familia, la escuela y la sociedad. La violencia familiar, contra la mujer y el varón (este no denuncia, se calla) es una muestra de que en la salud mental hay desajuste y desequilibrio. No es normal el maltrato de padres a hijos ni viceversa; es delito.   

En la escuela no solo debe importar los aprendizajes, promover de grado y aprobar exámenes, también promocionar la salud mental, ver causas, secuela, resolver casos y prevenir. Los estudiantes proceden de familias disfuncionales, educados en casa con anacrónicos paradigmas, con castigo físico y la creencia de que las cosas materiales “compran” el afecto de los hijos. El dinero no determina la felicidad ni la óptima salud mental. Si no hay alianza entre institución educativa, familia y asistencia sicológica, cuyo eje sea el estudiante, el trabajo pedagógico y académico es un fiasco. El docente no es un simple transmisor de conocimientos ni novedades científicas, sino un educador nato, utiliza los cursos para educar ciudadanos íntegros, emprendedores, respetuosos, capaces de convivir democráticamente, sepan resolver problemas en el conflicto y la pluralidad. En la escuela se puede prevenir la violencia social y política, el acoso, el hostigamiento, el feminicidio.

Los estudiantes que egresan de los colegios se convierten en inquilinos de las universidades, en un par de años son electores. Atender la salud mental es una necesidad en la agenda pública, no debe estar en standby. Prevenir desequilibrios de la salud mental es mejor que gastar en curar, medicar y construir albergues para “enfermos mentales”. La salud mental no es un cliché de los 10 de octubre, sino una oportunidad para exigir una ciudadanía sana mentalmente, que viva con bienestar, responsable de sus actos, decisiones y sea actor efectivo de los índices de productividad. El Covid.19 desenmascaró la ineficiencia de los servicios primarios de salud. El interés por la salud mental ha pasado a ocupar la prioridad de la familia y escasos esfuerzos del Estado. Ahora se ve requerir los servicios de un sicólogo o siquiatra. La ansiedad, el estrés, el suicidio, la autolesión, el insomnio y la depresión son trastornos mentales que, si no se les dan atención oportuna, pueden ser fatales.     

No soy sicólogo, siquiatra ni un técnico con experticia en salud mental, solo un docente, lector de poesía, con derecho a la libertad de expresión y opiniones que me parecen pertinentes compartirlas. Si los expertos o gurúes no proponen, yo diré lo que pienso sobre la salud mental. Lectura y escritura exigen buena salud mental.