La persistente inestabilidad en Sudán del Sur, la nación más joven del mundo, vuelve a escalar con renovadas amenazas de guerra, poniendo en jaque la frágil paz alcanzada tras años de conflicto. La situación humanitaria se deteriora rápidamente, con un aumento de desplazados internos y una severa crisis alimentaria, exacerbada por la inseguridad constante y la interrupción de las actividades agrícolas. La comunidad internacional observa con preocupación el resurgimiento de la violencia y el posible colapso del acuerdo de paz.
Según la investigación publicada por The New York Times, un helicóptero de las Naciones Unidas fue atacado este mes mientras realizaba una misión de evacuación en una zona remota del Alto Nilo, incidente que resultó en la muerte de un miembro de la tripulación y heridas graves a otros dos. La aeronave estaba rescatando a soldados gubernamentales heridos en enfrentamientos con un grupo armado. Ante la creciente inseguridad, Estados Unidos anunció la retirada de todo el personal gubernamental no esencial del país.
Estos últimos enfrentamientos, unidos a las persistentes tensiones políticas, han despertado el temor entre los observadores regionales sobre el posible fracaso del acuerdo de paz firmado hace siete años. Este pacto, que buscaba poner fin a la guerra civil que asoló el país desde 2013, se encuentra ahora en una situación precaria, con ambas partes acusándose mutuamente de violaciones y falta de voluntad para implementar sus términos.
Los principales actores involucrados en los recientes choques son el ejército nacional sudanés, leal al gobierno del Presidente Salva Kiir, y una fuerza de oposición conocida como el Ejército Blanco, que se cree está aliada con el Vicepresidente Riek Machar. Tanto Kiir como Machar lideraron las facciones enfrentadas durante la guerra civil, que concluyó con el mencionado acuerdo de paz de 2018. Este acuerdo logró desmilitarizar la capital, Juba, y estipuló un reparto de los ingresos provenientes de las exportaciones de petróleo, además de reinstalar a Machar como vicepresidente.
Sin embargo, las profundas tensiones políticas y étnicas persisten, alimentando la proliferación de milicias y facciones armadas con lealtades cambiantes. Los enfrentamientos a menudo se caracterizan por la violencia interétnica, especialmente entre los Dinka, grupo étnico de Kiir, y los Nuer, grupo étnico de Machar. Esta espiral de violencia ha provocado desplazamientos masivos de población, sumiendo al país en una grave crisis económica y elevando drásticamente los precios de los alimentos y el combustible.
La situación en Sudán del Sur se complica aún más por la presencia de numerosos grupos armados que operan fuera del control del gobierno central. La competencia por los recursos naturales, especialmente el petróleo, también juega un papel importante en la exacerbación de los conflictos. La falta de oportunidades económicas y la impunidad generalizada contribuyen a un ciclo de violencia que parece no tener fin.



