SOY ASÍ, PERO ME CONTROLO

Por: Arlindo Luciano Guillermo

El éxito personal y profesional y/o el fracaso dependen de uno mismo y de la inteligencia emocional. ¿Cuántas frustraciones conviven con nosotros todos los días?
La inteligencia emocional mejora las relaciones interpersonales, tener mejores amigos, escuchar y comunicarnos con nuestros hijos, cultivar la empatía con el líder de la empresa o la institución pública o privada. El maestro enseña con paciencia (eso se supone) porque administra y controla sus emociones. A cualquier ciudadano del mundo, el berrinche de un niño engreído y consentido, en el supermercado o en pastelería, sacaría de quicio y reaccionaría con agresividad para calmar el descontrol del infante. La inteligencia emocional aparece antes, durante y después de la toma de decisiones. Cuando se produce la ruptura de una relación sentimental de largos años, si no hay inteligencia emocional, se llora a cántaros, se considera una tragedia terrible, inclusive se llega a la depresión y al suicidio. Dice el refrán: “Déjame ir, si me quieres.”
La emoción es una fuerza motora de la actividad cerebral que se refleja en cada acto que hacemos en soledad o con los demás. No existe ciudadano sin emoción. Cuando aflora la pasión sentimental y amorosa (esa energía emocional ciega y sin límites que rompe protocolos y recetas ortodoxas) pareciera que perdemos el timón de las actividades cotidianas y del plan de vida diseñado con esmero. La poesía lírica tiene tono subjetivo, pero muy dentro, en las entrañas, yacen las emociones en efervescencia, a punto de aflorar con fuego. Entonces leemos versos que nos conmueven y pareciera que fueran nuestras historias personales plasmadas en el poema. Sin pasión la vida es insípida, no tiene sabor ni la sazón de la intrepidez, el desafío, las ganas de transgredir las costumbres y echar por la borda la moral. Apelamos al doble discurso, la hipocresía y a las historias en cabeza ajena. Relatamos hechos con personajes falsos para encubrir nuestra propia historia. Sin querer nos convertimos en creadores de ficciones y en mitómanos, incluso en megalómanos cuando la mentira y el deliro se desbordan.
La inteligencia emocional es la habilidad o competencia que dispone el ciudadano que controla y usa de modo sostenible y asertivo las emociones. En todo lo que hacemos hay emociones de todo tipo. No hay algo que, en nuestros actos, esté exento de emociones. La inteligencia emocional es educable, plástica como la buena arcilla. La madurez sicológica es también (o debería ser) la gestión idónea de la inteligencia emocional. Por otro lado, puede empeorar, incluso convertirse en una pesadilla. Tener una profesión rentable, fortuna, estabilidad económica o haber ganado todos los títulos académicos y las medallas de los Juegos Olímpicos, no garantiza que haya madurez con inteligencia emocional. El autoconocimiento de uno mismo es clave. En Grecia se decía “conócete a ti mismo”. Cada uno de nosotros sabe de qué pie cojea, qué defectos tenemos y cuáles son las limitaciones que poseemos, pero también reconocemos cuáles son nuestras fortalezas, virtudes y potencialidades. Es absurdo que un ciudadano sea un prototipo solo de defectos o de virtudes. Somos una mezcla afortunada de defectos (que nos hace seres de carne y hueso) y de virtudes (que nos hace ciudadanos con grandes capacidades). Cuando no nos conocemos a uno mismo, todo lo que está en nuestras manos, todo lo conseguido con esfuerzo y paciencia, todo lo que hemos conseguido con trabajo se puede echar a perder irremediablemente en un segundo o poco a poco. Cuando sabemos quiénes somos nada nos afecta. Si alguien nos insulta injustamente, no dejamos que nos afecte porque sabemos lo que somos. Si hay inteligencia emocional no existen barreras que impidan el logro de los objetivos.
Lunes, 7:10 a.m., el tránsito se congestionaba. El camión recogedor de basura avanza lentamente. Los niños deben llegar a las 7:25 a.m. al colegio. De pronto delante del automóvil blanco del ilustre padre de familia se estaciona un bajaj rojo y delante del rojo otro azul. Se conforma una fila interminable de vehículos. Los niños reciben sabios consejos: deben portarse bien en el colegio, escuchar las clases con interés, respetar a los docentes y valorar el esfuerzo familiar. Les hablaba el padre de familia, que también tiene que llegar temprano al trabajo, sobre el respeto al prójimo, no hacer ni dejarse hacer bullying. Cuando de pronto, la cabeza del conductor del automóvil blanco se estrelló en el parabrisas. En la parte trasera, un camión frutero colisionó violentamente. Profirió un rosario de groserías. Los niños lo miraban con los ojos abiertos como platos. Faltaban apenas 10 minutos para las 7:25. La bocina de los automóviles estáticos ensordecía a los transeúntes. Al fin el tránsito fluye. El policía, con silbato en boca, enloquece. Llegan 5 minutos tarde al colegio. En este episodio, que ocurre todos los días en la ciudad de Huánuco, hay varios componentes. 1. El padre pasa de consejero moral a energúmeno verbal. 2. No hubo gestión de emociones para enfrentar un conflicto coyuntural. 3. El padre ha demostrado una flagrante incongruencia entre discurso lingüístico y actitud. 4. Los niños sintieron la furia y vieron el descontrol emocional en el rostro de su padre. 5. Probablemente el incidente se reflejará en el desempeño laboral durante el día. 6. Sin duda, en otro escenario, ante una situación igual o peor, el padre actuará con furia, irritación y descontrol emocional.
La inteligencia emocional es educable, moldeable, puede hacer feliz o desgraciar al ciudadano; se puede controlar con voluntad y autoconocimiento y acomodarse a otras circunstancias. La vida diaria, el desempeño profesional, la autoridad paternal, la convivencia y los planes futuristas pueden deteriorarse si no hay la presencia vital, sólida y oportuna de la inteligencia emocional. Las emociones son como un caballo veloz, cuya dirección depende del jinete. En la escuela es fundamental la presencia, en el docente, los estudiantes, directivos y padres de familia de la inteligencia emocional. En todo lo que hacemos están presentes las emociones. Un docente sin emociones estables maltratará y contagiará pesimismo a los estudiantes, los directivos sin inteligencia emocional pueden incurrir en autoritarismo, se emborracharán con el poco poder concedido, siempre harán relucir sus méritos y diplomas académicos y descuidarán la gestión por resultados y el liderazgo. Un estudiante sin control emocional hará berrinches, se expresará con malcriadez y faltará el respeto al docente. No basta ser un ciudadano correcto y exitoso, sino también saber controlar las emociones.