Arlindo Luciano Guillermo
La compra de libros ocupa el último lugar en el presupuesto y en los gastos familiares, quizá ni siquiera aparece en la cola. Si me equivoco (ojalá así sea) me rectificaré. Es verdad que nadie ha muerto ni se ha ido a la quiebra financiera y económica por comprar y leer libros ni tendrá larga vida (hasta los 100 años) si tiene afición y hábito de lectura. Comprar libros por deleite, recreación o hábito debe ser tan importante como pagar los servicios básicos, cable, internet, celular o comprar víveres y ropa. Sé que esto resulta una ilusión, una utopía, porque el libro siempre será el “objeto cultural” en el mercado que menos atractivo tiene para los consumidores. Sin embargo, sé que hay escasas y honrosas excepciones. Mi amigo Marco Barrionuevo Arrelucea, que no tiene sueldo mensual de gerente, un gran abogado, compra libros como cosméticos, vestido y joyas una mujer vanidosa; lee libros como la gente que va religiosamente al gimnasio para conservar la silueta, el peso y la buena salud física.
El domingo 10 de marzo, aproximadamente a las 2 de la tarde, fui a Crisol para cumplir mi rito mensual. La gente compra y come por doquier en todos los ambientes y estantes. Crisol esperaba inútilmente a compradores de libros originales, no necesariamente costosos. Cuando termino de elegir el cuarto (dos de literatura y dos de autoayuda) escucho el siguiente comentario: “Usted es el único que ha ingresado hoy para comprar libros”. Lo tomo como un elogio y un reconocimiento a mi vocación por la lectura y afición por comprar libros cada vez que puedo y le saco una tajada al presupuesto. No soy bibliómano, sino bibliófilo. Tal vez el inicio de clases de los hijos tenga prioridad o la “platita ahorrada” se fue como agua por una canasta en útiles escolares, libros, uniforme y otros materiales educativos.
¡Pobre Crisol, pobre Crisol! Exhibe libros para fantasmas, uno que otro lector audaz que se atreve a “hurtar” a su presupuesto unos billetes (un Jorge Basadre o una santarrosita) para comprar libros. Si supiéramos cuánta satisfacción produce la lectura o gozo por comprar un libro cada mes, al año leeríamos doce. Esto es suficiente cantidad para mejorar la comprensión, la calidad del lenguaje hablado y escrito, la habilidad para “leer imágenes”, entender los medios audiovisuales, la capacidad de pensamiento crítico, reflexivo y, a la vez, de propuesta y asertividad, aptitud para observar y opinar sobre la coyuntura política y el derrotero histórico de los pueblos. Somos lo que hemos leído y seguimos leyendo. Quien lee ve mejor el mundo de quien no lo hace por pereza o pigricia; el primero es observador con ojos de águila, el segundo tiene cataratas en los ojos, parálisis en las manos y se extravía en el fanatismo, la vulgaridad, la estupidez y el aislamiento ideológico y verbal.
El libro no tiene preferencia como un KFC, unas cervezas heladas para mitigar el calor canicular, un cebiche mixto de mariscos, una zapatilla Nike, un polo Adidas o un reloj de vestir que combina perfectamente con la vestimenta sport. La comparación, en estricta lógica, no es pertinente, pero ilustra el lugar que ocupa el libro en el mercado donde todo entra por los ojos, con ofertas, diseños atractivos, publicidad agresiva y alienante, con vendedores persuasivos y obstinados. Regalar por el onomástico del hijo un celular de última generación no es pecado, pero, viéndolo con objetividad, sería también conveniente obsequiar un libro idóneo, que podría fascinar al lector. Los hijos hacen lo que ven, lo que se les enseña, lo que se les imparte con ejemplo y honestidad. Ningún padre de familia exigirá que sus hijos lean libros, si él, en primer lugar, no lo hace visiblemente. No hablamos solo de la lectura por necesidad para mejorar el desempeño profesional y laboral, sino también con fines de recreación, aprendizaje, diversión y hábito permanente.
Quien sabe que comprar libros es una inversión académica, espiritual y cultural, y no hacerlo, es como padecer de diabetes crónica y seguir conscientemente consumiendo golosinas. Si no comes lo necesario afecta la salud, aparece la anemia, la desnutrición y se debilita el sistema inmunológico. No leer nos condena irreversiblemente al analfabetismo funcional, a saber leer y no hacerlo o, simplemente, no entender lo que se lee. ¿Qué ganaría un ciudadano que consume (o sea lee) periódicos chichas de 50 céntimos? Leer un buen libro (Cien años de soledad, La utopía arcaica, Buscando un inca, Una piedra en el zapato, Desafíos de la libertad, El secreto de las siete semillas, La metamorfosis, Mudanza, El aleph, Los negritos de Huánuco, Ciudad desnuda, Versos de capitán, Oasis, etc.) es alimentarse con un buen lenguaje, extraordinaria creatividad, análisis y estudio de la realidad y esplendor de la poesía y la metáfora. Es verdad que nadie ha muerto por no leer libros, menos si es literatura, versos o un ensayo. Un porcentaje mínimo del presupuesto familiar para comprar un libro mensualmente y leerlo es una buena inversión económica y de tiempo. Sin embargo, el libro es el último en la fila; algún día encabezará dignamente y por justicia cultural la lista de gastos.



