SOMOS LO QUE HEMOS LEÍDO

Por: Arlindo Luciano Guillermo
Hay libros que dejan huellas como los amores felices y acertados o trágicos y desventurados. La lectura de un libro siempre deja una experiencia en nuestras vidas que contribuyen con el fortalecimiento de la personalidad y las habilidades. Desde el Coquito, en nuestra lejana infancia, los libros universitarios hasta los que aún leemos por exigencia de la carrera profesional que ejercemos, la lectura se ha convertido en el principal instrumento de aprendizaje, búsqueda, aventura y exploración de realidades remotas, abstractas e imaginarias impresas en sus páginas. No hay libro malo, todos tienen sus méritos; lo que sí podría haber es un gran o mal lector.
Hay libros que hechizan, embrujan, secuestran una y otra vez al lector, quien regresa como hijo pródigo para leerlos con deleite, como si fuera la primera vez. Estos libros contienen, aparte de estar escritos con calidad lingüística y talento artístico, relatos que atrapan como a la mosca distraída la telaraña. Algunos cuentos de Julio Ramón Ribeyro tienen ese poder de plagio legítimo. Los gallinazos sin plumas, leído por todo estudiante de secundaria, muestra una realidad social, pobreza, marginalidad y abuso. Quedan en la memoria Efraín y Enrique, hermanos huérfanos, víctimas del autoritarismo del abuelo, quien, finalmente, termina devorado por el cerdo Pascual. El argumento del cuento fue llevado al cine con el nombre de Caídos del cielo (1990), con la actuación de Gustavo Bueno y Delfina Paredes. La insignia nos desconcierta porque no sabemos con exactitud el destino del protagonista. El banquete revela que la codicia y las ambiciones políticas pueden terminar con los sueños y la fortuna. A Fernando Pasamano el tiro le sale por la culata. Quedan por comentar Los otros, Solo para fumadores, Dirección equivocada, La botella de chicha, El jefe, El profesor suplente, El otro mes me nivelo, etc. Otro libro al que se regresa varias veces para leerlo es El llano en llamas de Juan Rulfo. El lector recordará casi literalmente el ajusticiamiento de Juvencio Nava, un viejo campesino que, por muchos años, anda a salto de mata por un crimen cometido. No oyes ladrar los perros es la épica y fatigada travesía de un padre anciano, en cuya espalda va el hijo herido. Macario es el monólogo fluido de un “idiota”, cuya hambre es descomunal, que cuenta sus actividades diarias en la casa donde vive con la madrina y la criada Felipa.
El lector que solo disfruta y goza, como comer un suculento plato de comida, de la lectura no utiliza libreta de apuntes, subrayados ni señales en el borde de la página. El “lector académico” sí necesita subrayar palabras, frases o párrafos que considera resaltantes y urgentes para una cita textual. Un “lector por vocación”, “amante de la buena literatura”, leerá Cien años de soledad con lápiz en mano para ir registrando a los miembros de cada una de las 7 generaciones que nacieron y vivieron en Macondo, desde el primogénito José Arcadio Buendía (hijo de José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán, hermano de Aureliano y Amaranta), ese mozo ciclópeo, fornido y ácrata que se va a recorrer el mundo con los gitanos, hasta el último Aureliano, con cola de cerdo, que es devorado por las hormigas (hijo de “Aureliano el sanscritista y de su tía Amaranta Úrsula”). En El amor en los tiempos del cólera reluce universalmente el famoso triángulo amoroso que supera las barreras del tiempo, la terquedad sentimental y los prejuicios sociales: Juvenal Urbino, Fermina Daza y Florentino Ariza.
Un libro es más leal que un amigo de carne y hueso. Te acompaña en la ciudad, en una comunidad rural alejada de la urbe, en la lluvia torrencial o en el calor canicular. A veces está en total abandono, en un estante sucio y sin protección, y no protesta. Es tan leal que no se queja de ausencias, infidelidades ni ingratitudes. El libro es una fuente abierta de sabiduría, cultura, un oráculo para resolver dudas y preguntas cruciales en la vida y en los estudios. Está contigo en el bajaj, en el avión, en un barco trasatlántico o en el camino polvoriento. La lectura es un acto sin testigos, de soledad cómplice y concertación horaria. Nadie lee mientras al lado está Los Negritos en pleno baile y la banda de músicos acompañando a todo volumen. Para la lectura no hay hora fija, se lee en el momento apropiado, cuando el lector siente necesidad de acercarse al libro.
Los ciudadanos que no compran libros, no invierten en cultura, educación ni en conocimientos pierden la oportunidad de manejar con fluidez el castellano. Así como se almuerza con avidez y fruición y se viste con elegancia y a la moda también se debe leer con dedicación. El libro es un medio de aprendizaje. Los ciudadanos que no leen tienen limitaciones verbales e intelectuales. Quien lee (con cierta regularidad, sin llegar a la “adicción” o a la disciplina de leer 3 o 4 horas diarias) tiene ventajas. Habla con propiedad, coherencia y persuasión; redacta con claridad, orden, argumentación y libertad; piensa con autonomía, pensamiento crítico, amplitud de criterio y posee una visión global (y no aldeana) de la vida, de la historia y del conocimiento. Hay ciudadanos que no leen, pero han logrado prosperidad económica y material. La lectura es el antídoto contra la charlatanería, la estupidez y la indiferencia. Ciudadano que lee tiene los ojos abiertos y la palabra en la boca para responder con argumento. Los libros trascienden en la historia y van más allá de la vida del lector.