SOBRE HUAICOS Y LLUVIAS

Por: Andrés Jara Maylle
Desde los tiempos en que Las Moras o LLicua eran solo enormes campos de cultivo o pampas eriazas y llenas de cabuyales, ha corrido mucha agua. En ambos lugares se han operado indecibles y rápidos cambios que han transformado su faz para siempre.
Ahora ni los mismos llicuinos o morasinos pueden entrever los peligros que se ciernen en esos espacios donde habitan sin preocuparse por lo que se gesta arriba, en sus lomas y laderas en temporadas de lluvias intensas.
Por si no lo saben, por el corazón mismo de Las Moras y de Llicua cruzan los cauces de dos poderosos huaicos que, de tiempo en tiempo, rugen con avidez buscando espacios que no tienen.
El de Llicua, aparentemente, es el más inofensivo, por donde cada año baja solamente algo de agua turbia. Pareciera que los “huaicos” llicuinos solo son unos leves rugidos de la naturaleza, unas aguas inocuas y pacíficas que, a la carrera, bajan lo más rápido que pueden hacia el Huallaga.
Además, cuántos decenios ya que desde la mismísima cumbre del San Cristóbal no se precipitan lluvias torrenciales, o lluvias “locas”, como se les llamaba antes; esas lluvias con las que se forman las grandes avalanchas que transforman, para bien o para mal, la topografía de la zona.
Hay que hacer mucha memoria, pues en los últimos cincuenta años, gracias a Dios (como decía mi madre) no ha “bajado” un huaico de grandes magnitudes capaz de causar pérdidas, dolores y llantos a los distraídos huanuqueños que viven a sus orillas. En buena hora que no suceda.
Pero no nos dejemos engañar por ese aparente sosiego, por esa fingida calma de las aguas turbias. No olvidemos que la naturaleza, por naturaleza, es impredecible y en cualquier momento puede despertar de su antiguo letargo y tomarnos por sorpresa.
Es obvio que no queremos que ello suceda. Pero de darse el hecho, el huaico de Llicua, ahora, encontrará otro panorama cuando, a su paso de embestida, avance con estruendo ladera abajo.
Sucede que en su vertiginoso desarrollo, Llicua se ha urbanizado tanto que las casas han crecido como hongos incluso al borde mismo del cauce; es más, han reducido el ancho de la quebrada, lo han encajonado peligrosamente y no sería raro que luego de una intensa lluvia baje una avalancha de grandes proporciones con trágicas consecuencias. Nadie lo quiere, pero la naturaleza no conoce la palabra “compasión”.
El panorama para el huaico de Las Moras no es diferente, aunque los peligros son mayores, qué duda cabe.
El huaico de Las Moras no es para jugar haciendo muritos de contención, prometiendo en épocas electorales o intentando reforestar inútilmente sus laderas peladas.
Como sucede con Llicua, por el cauce de Las Moras tampoco han bajado avalanchas de proporciones destructivas desde hace muchísimos años. Tanto así que, incluso, la gente con irresponsable confianza está construyendo sus casas a los bordes, están saturando la quebrada con deshechos y desmonte y están ignorando olímpicamente a la poderosa fuerza y al temible poderío del huaico morasino.
Si no creen en lo que decimos, si dudan de nuestras palabras, dense un tiempito y caminen por las faldas y lomadas de Rondos, de La Florida o de Jactay. Miren en qué condiciones se encuentran las muchas quebraditas que alimentan al huaico de Las Moras y, estamos seguros que lo van a ver les dejará tan perplejos, como desconcertados e infinitamente preocupados.
Lo que sucede por esos parajes raya con la necedad, la negligencia y la misma locura. Por los muchos asentamientos humanos (lindo eufemismo) que abundan en Las Moras se están cerrando las zanjas y las quebradas para dar paso a la construcción de unas casitas tan endebles como pequeñas.
En esos apuros, sin quererlo, o tal vez queriéndolo, están desviando los cauces hacia las puertas de sus casas. Confiados los morasinos porque en tantos años no hay lluvias fortísimas que, en la práctica, les enseñen cómo es un huaico serio, no tienen la menor idea del peligro que están generando. No se trata de ser agoreros, pero creo que vale algo de prevención para no llorar sobre la leche derramada.
Ahora, el huaico de Las Moras tampoco tiene espacios para esparcirse perdiendo fuerza e ímpetu destructivo. Dese el fondo de Puelles solo tiene un curso encajonado, estrecho y apretado y estamos casi seguros que un alud enorme y atronador, una oleada de piedras y lodo puede fácilmente superar los muros que se han levantado.
Avisados estamos. Y ya lo dijimos: con las lluvias y los huaicos no se juega. A las lluvias y a los huaicos hay que temerlos y respetarlos; la naturaleza actúa con pasión, no con compasión.