La caída de regímenes autoritarios frecuentemente se acompaña de la eliminación de símbolos que representan la opresión y el control, un proceso que se ha evidenciado recientemente en Siria tras el derrocamiento de Bashar al-Assad. Este acto simbólico busca borrar el legado de una dictadura marcada por la brutalidad y el culto a la personalidad, permitiendo a la población superar el miedo y la desconfianza arraigados durante décadas de gobierno.
Según la investigación publicada por The New York Times, la retirada de imágenes de la familia Assad, omnipresentes en edificios gubernamentales, vehículos y espacios públicos, representó un acto de liberación para millones de sirios, evocando escenas similares tras la caída de Sadam Husein en Irak.
Ibrahim Qashash, un residente de Alepo de 42 años, relató cómo, tras la entrada de los rebeldes en la ciudad, se unió a ellos y encontró en la sede del sindicato de abogados tres carteles de Bashar al-Assad ya parcialmente dañados, a los que él mismo se encargó de destrozar por completo. Este acto de desafío se repitió a lo largo y ancho del país, donde símbolos que parecían inamovibles se desplomaron ante el avance de las fuerzas opositoras.
En Alepo, una estatua ecuestre de Bassel al-Assad, hermano del mandatario depuesto, fue derribada, dejando únicamente el caballo como vestigio. De manera similar, en una localidad al norte de Damasco, la capital, una imponente estatua del expresidente Hafez al-Assad, padre del derrocado líder, fue abatida y trasladada, presumiblemente para ser convertida en chatarra. Estas acciones representaron un punto de inflexión para la población siria, marcando el fin de una era.
Aunque han transcurrido más de tres meses desde la caída del régimen, aún persisten vestigios visuales del mismo, ya sea parcialmente destruidos, quemados o cubiertos con pintura. Estas medidas provisionales se mantendrán hasta que se pueda llevar a cabo una eliminación más exhaustiva de los símbolos del pasado. Incluso, algunas imágenes han sido reutilizadas como improvisadas alfombras, permitiendo a los ciudadanos pisar el rostro de quien antes parecía invulnerable.
En las proximidades de la Mezquita de los Omeyas, en la Ciudad Vieja de Damasco, Aamir al-Haj Omar, de 39 años y miembro de un grupo de defensa civil conocido como los Cascos Blancos, inspeccionaba meticulosamente los muros en busca de remanentes de la iconografía del régimen. Según al-Haj Omar, la persistencia de estas imágenes tiene un impacto psicológico significativo, ya que aún infunden temor en los corazones de muchos sirios. Los Cascos Blancos se han dedicado a la tarea de eliminar por completo cualquier vestigio de la familia Assad.
Los restos de las estatuas se han convertido en improvisados telones de fondo para fotografías, testimonios visuales de una transformación profunda. En Alepo, niños juegan y se trepan al caballo que una vez llevó a Bassel al-Assad, mientras que otros se suben a la base de hormigón que sostenía un busto de su padre. En un suburbio de Damasco, familias sonrientes posan frente a la cabeza dañada de una estatua que antaño inspiraba terror. Aunque la eliminación total de las imágenes podría llevar meses, para al-Haj Omar, el esfuerzo vale la pena, ya que el objetivo final es liberar a la población del miedo y fomentar un sentimiento de optimismo.




