El derrocamiento de Bashar al-Assad en diciembre marcó un antes y un después en Siria, desencadenando un proceso de desmantelamiento simbólico del régimen. La eliminación de la iconografía del régimen, omnipresente durante décadas, se convirtió en una prioridad para muchos sirios, un acto de liberación tras años de opresión. La ubicuidad de carteles, vallas publicitarias y estatuas de la familia Assad representaba mucho más que una mera exaltación personal: era la representación visible del poder y el control absoluto sobre la población.
Según la investigación publicada por The New York Times, estas imágenes no solo cimentaban el culto a la personalidad de Assad, sino que también infundían miedo y desconfianza entre los ciudadanos, una táctica crucial para la supervivencia de la dictadura.
El reportaje destaca cómo Ibrahim Qashash, un residente de Alepo de 42 años, presenció la entrada de los rebeldes en la ciudad. En la sede del sindicato de abogados, encontró carteles de Assad ya vandalizados, un acto inicial de rebeldía al que él mismo contribuyó. Este sentimiento se extendió por todo el país, con la destrucción de símbolos que antes parecían inamovibles. En Alepo, una estatua ecuestre de Bassel al-Assad, hermano del mandatario, fue derribada, quedando únicamente el caballo como vestigio.
En una localidad al norte de Damasco, la capital, una estatua gigante de Hafez al-Assad, padre del líder depuesto, también fue abatida. Estas esculturas, presumiblemente destinadas a la fundición, representaban para muchos el fin de una era. La retirada de estas imágenes ofreció una catarsis colectiva, recordando la caída de otros regímenes autoritarios, como el de Saddam Hussein en Irak.
Más de tres meses después de la caída del régimen, aún persisten vestigios visuales, parcialmente destruidos o alterados, en espera de una eliminación completa. Algunos de estos símbolos han sido incluso reutilizados de forma desafiante, convirtiéndose en improvisados felpudos para que los sirios pisen el rostro de quien antes parecía invencible.
Aamir al-Haj Omar, de 39 años y miembro de los Cascos Blancos, un grupo de defensa civil, recorre las calles de Damasco buscando y retirando los últimos rastros de la iconografía de Assad. Para él, la persistencia de estas imágenes tiene un impacto psicológico negativo, reavivando el miedo en la población. La eliminación total de estos símbolos es crucial para superar el legado de la dictadura y fomentar el optimismo.
Paradójicamente, los restos de las estatuas se han convertido en improvisados escenarios para fotografías, marcadores visuales de la profunda transformación que ha experimentado Siria. En Alepo, niños juegan sobre el caballo que una vez portó a Bassel al-Assad, mientras que familias sonrientes posan frente a la cabeza dañada de una estatua que otrora sembró el terror. Incluso en edificios oficiales, como la sede de seguridad criminal en Damasco, un cartel de Bashar al-Assad, parcialmente quemado, sigue visible, recordándonos la persistencia del pasado.




