Sin saber leer ni escribir

Escrito por: Jorge Farid Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

Es “Sin saber leer ni escribir” frase que, tomada literalmente, puede llegar a adquirir, y con justa razón, connotaciones peyorativas; implicaciones despectivas que, sobre todo en estos tiempos en que vivimos, caracterizados porque la susceptibilidad de la gente suele estar a flor de piel, pueden llegar a etiquetar a los usuarios de la señalada expresión como rufianes, individuos a los que su aparente desconsideración por las limitaciones, por las carencias, de los otros, los llevaría a mofarse de una condición que por lo demás no suele ser, generalmente, culpa de quienes la sufren. No ocurre lo mismo, sin embargo, si utilizamos “Sin saber leer ni escribir” en un sentido más bien figurado, esto es, bajo la significación aproximada de “Sin saber nada, o absolutamente nada, de una determinada ocupación o materia”; acepción que, por obvias razones, no posee las implicaciones que suelen derivarse de asumirla en su sentido textual; y que, dicho sea de paso, resulta de una evidente actualidad hoy en día, pues se la emplea, fundamentalmente en el ámbito de la política, con una recurrencia que no puede hacer menos que causarnos pasmo.

Viene a cuento la anterior precisión porque, como quedó dicho, es hoy casi imposible pensar nada, decir nada, sin que al hacerlo tengamos que estar pendientes de cómo lo habrán de tomar los demás; de cómo las grandes masas recibirán nuestras palabras; de si pondrán el grito en el cielo o se rasgarán las vestiduras; en definitiva, de si lo que se dirá podrá de alguna manera resultarle hiriente a alguien y, en consecuencia, se nos acabará tildando de discriminadores para abajo, y por el resto de nuestra vida; que las etiquetas con que se rotula a los infelices que tienen la mala fortuna de recibir esta suerte de sambenito suelen carecer de fecha de caducidad. Con el panorama así de sombrío, se ha de comprender el que nos tomemos hasta las más exageradas previsiones, todo en aras de no chocar con la susceptibilidad de gato escaldado de nuestra sociedad actual.

Pues bien. Dicho lo cual, a lo que interesa: ¿Puede el Perú continuar dándose el “lujo” de tener por autoridades a sujetos que se atreven a asumir la enorme responsabilidad de conducir los destinos del país sin saber leer ni escribir? ¿Podemos los peruanos seguir llevando al poder a individuos cuyo desconocimiento olímpico de todo lo que implica, por ejemplo, la gestión pública es a todas luces una garantía del desastre en que se convertirá su paso por el gobierno? ¿Acaso nunca aprenderemos la lección? ¿Acaso jamás podremos decir que el Perú tiene las autoridades que se merece, pero en el sentido de que estas se encuentren a la altura del país al que representan, y no, como ocurre ahora, que lo que producen es más bien vergüenza ajena?

Preguntas son estas que se aplican, naturalmente, no solo respecto de quienes ostentan los más altos cargos dentro de las más elevadas esferas del poder político, sino también de aquellos otros que, sin estarlo necesariamente, cargan, no obstante, con una indiscutible responsabilidad sobre sus espaldas, por muy pequeña o modesta que sea la dimensión de su puesto. Es más, diríase, incluso, que es en lo que toca a estas últimas autoridades de elección popular (llámese gobernadores regionales y alcaldes provinciales y distritales) que la situación se torna de todavía mayor cuidado, pues debido a su gran número, y a la cercanía de su administración, y de las consecuencias directas de esta, para con la población, las consecuencias de no saber elegirlas cuidadosamente acaban a menudo siendo catastróficas.

Porque por mucho que nuestros ilustres congresistas se roben, y de lejos, el protagonismo, ya sea por las sandeces que dicen o por las estupideces que hacen, lo cierto es que, para tristeza nuestra, no son los únicos. Tenemos también, y por montones, autoridades que, sin estar necesariamente en el Legislativo, se las arreglan, ¡y en qué medida!, para hacer que el país continúe en caída libre, para lograr lo que a simple vista pareciera imposible: que el Perú pueda ser enmendado, si cabe, todavía más. ¿Será que aquello de que “Los árboles no dejan ver el bosque” se habrá aplicado alguna vez con mayor pertinencia que en el presente caso?

Parecerá prematuro ocuparse del asunto, pero el que tengamos a las próximas elecciones presidenciales y congresales a la vuelta de la esquina, no debería ser impedimento para que comencemos a tomar conciencia de que la próxima elección de alcaldes y gobernadores regionales, que también llegará en un abrir y cerrar de ojos, no es cosa menor. De ahí que sea capital que, así como deberemos elegir en 2021 a un presidente y a unos congresistas que sepan estar, por fin, a la altura de las circunstancias, no deberíamos hacer menos respecto de nuestras llamadas autoridades locales. Esto, entre otras muchas cosas, para después no estar pasando la vergüenza de tener que oír, por ejemplo, a nadie más y nadie menos que a un gobernador regional, que se metió en política sin saber nada; o, lo que es lo mismo, que llegó al poder sin saber leer ni escribir.