Ayer alrededor de las 11:00 de la mañana empezó a circular la noticia de que el capitán de la selección nacional, el goleador Paolo Guerrero, había sido inhabilitado por el TAS por 14 meses.
De acuerdo a la resolución, Guerrero ha podido probar que la sustancia prohibida hallada en su organismo se debió a la ingesta de un té (mate de coca); sin embargo, el tribunal considera que él “tiene cierto nivel de responsabilidad o negligencia al cometer una violación a las reglas de antidopaje”.
Este castigo termina por cortar las piernas a Paolo. No solo quedará fuera del Mundial Rusia 2018, sino probablemente fuera de toda actividad deportiva oficial a nivel internacional. Para algunos Paolo no tuvo el suficiente apoyo dirigencial, nos referimos al del presidente de la Federación Peruana de Fútbol, Edwin Oviedo. Pero lo que no se tiene en cuenta es que ni la FIFA ni el TAS permiten la intromisión de ninguna institución, ya sea de una federación deportiva o de un Estado, con el riesgo de sanción y hasta de suspensión del país; por ejemplo, Nigeria en 2014, o Rusia en 2016.
Guerrero se convirtió en el ídolo de 30 millones de peruanos por su entrega, pundonor y garra deportiva, derrochando energía y entregándose hasta el cansancio a los colores patrios. Sin duda la selección sentirá su ausencia, y más aún, el pueblo peruano.
Por otro lado, podemos asumir que Paolo fue mal asesorado. Desde el inicio tomó las decisiones equivocadas: primero al apelar la sanción de seis meses del Comité Disciplinario de la FIFA; posteriormente, cuando el tribunal del TAS le dio la opción de leer su sentencia después del Mundial, pero Guerrero no quiso.
El castigo está dado, no hay marcha atrás y es inapelable. El equipo debe y seguirá haciendo lo que hizo hasta el momento: jugar como equipo y confiar en la dirección del argentino Ricardo Gareca.
El mejor homenaje que la selección nacional le puede hacer a Guerrero es jugar con su ejemplo, entregándose del todo en sus partidos programados para Rusia 2018 y pasar la primera etapa para curar esta pena que tiene la afición peruana.



