Sin océanos no hay vida

Escrito por: Fabien Cousteau

“Sin océanos no hay vida”. Por ser descendiente de la familia Cousteau, este mensaje casi está grabado en mi ADN. A lo largo de mis numerosos años de trabajo en defensa del medioambiente, también he procurado compartirlo con el mundo.

Por desgracia, la precaria condición en que se encuentran nuestros océanos en la actualidad es un indicador de que ese mensaje no le ha llegado a la mayoría de las personas.

Ahora que nos detenemos a reflexionar sobre los acontecimientos de 2020 —uno de los años más difíciles de la historia reciente, tanto en lo social como en lo científico— y a analizar qué rumbo deseamos seguir en adelante, es esencial que comprendamos una sencilla realidad: si nuestros océanos no están sanos, no tendremos un futuro saludable.

Muchos hemos experimentado la magia y la belleza del océano. Sin embargo, sabemos muy poco sobre su conexión vital con nuestra vida cotidiana, sobre los mecanismos con los que nos proporciona oxígeno para respirar y nutre los cultivos que nos alimentan.

En lo personal, cumplí el reto (que también considero un privilegio) de pasar 31 días continuos en un hábitat subacuático y esa experiencia me ha dado una perspectiva única sobre el valor intrínseco del océano como nuestro principal sistema de soporte vital. La verdad, en palabras de Arthur C. Clarke, es que Océano sería un nombre más adecuado para nuestro planeta que Tierra. Sin agua, la Tierra sería tan solo una más entre miles de millones de rocas flotantes en el negro vacío del espacio.

¿Cómo podemos cambiar nuestra perspectiva sobre la relación del océano con nuestro planeta? Podemos empezar por hacer caso de las lecciones de 2020. Si bien el coronavirus ha causado enormes sufrimientos y tragedias, también ha sacado a la luz algunas de las estructuras invisibles más arraigadas en nuestra vida diaria que agobian a nuestras comunidades, desde la injusticia racial hasta las desigualdades extremas en el acceso a la riqueza. Aunque estas realidades siempre han sido evidentes para algunas personas, muchos de nosotros solo nos percatamos de ellas debido a los cambios sísmicos creados por la pandemia.

La pandemia también ha servido para recordarnos cuán bella es la naturaleza. Conforme la COVID-19 se fue propagando por todo el planeta en la primavera y una nación tras otra fueron imponiendo medidas estrictas de confinamiento, el mundo natural reafirmó por un breve espacio su presencia: los turbios canales venecianos se tornaron cada vez más transparentes. El esmog se dispersó en las colinas de Hollywood. Los automóviles desaparecieron de las calles, lo que produjo una baja significativa, aunque temporal, en las emisiones de dióxido de carbono. Estos acontecimientos resultaron alentadores, pues mostraron que es posible lograr cambios drásticos y, a pesar de todo, existe la esperanza de un futuro más verde.

No obstante, otra consecuencia de la prolongada pandemia fue que se disparó el uso de plásticos desechables. Nuestros basureros están repletos de bolsas de plástico y guantes de látex. En las áreas urbanas, las alcantarillas de nuestras calles trasladan hasta los ríos numerosos cubrebocas que podrían dañar la vida marina. Aunque queramos ignorarlo, la realidad es que los plásticos que desechamos están ahogando a nuestros ecosistemas.

Tanto la contaminación ambiental como la pandemia comparten una característica inquietante: todavía es imposible observar sus mecanismos y procesos subyacentes a simple vista. No tenemos la capacidad de ver los contaminantes microplásticos que bien podríamos estar ingiriendo cuando comemos alimentos del mar, al igual que no podemos ver cómo pasan las gotículas respiratorias del coronavirus de una persona a otra. Por esta razón, estas amenazas pueden ser especialmente preocupantes.

Pero lo cierto es que no tenemos que librar solos estas batallas. Ninguno de nosotros tiene inmunidad natural contra el virus ni contra los efectos de la contaminación y el cambio climático. Sin embargo, si actuamos de manera conjunta, podemos lograr cambios verdaderos.

Acciones cotidianas y al parecer insignificantes pueden ayudar a combatir tanto la contaminación como el virus. Por ejemplo, utilizar tapabocas lavables y reutilizables es una forma sencilla de proteger la salud de los demás y también garantizar que una menor cantidad de plástico termine en el océano. Para proteger más nuestros ríos y canales, debemos tratar de no comprar artículos empacados en plástico, medida que, a su vez, repercutirá en una menor demanda de este tipo de productos.

Vivimos en un sistema cerrado. En realidad, es imposible “deshacernos” de las cosas. El plástico que tiramos a la basura por lo regular termina dentro del cuerpo de algún animal marino y luego encuentra la manera de volver a nuestro interior.

Al igual que mi abuelo, Jacques-Yves Cousteau, creo que protegemos aquello que amamos y amamos aquello que comprendemos. Tenemos la capacidad de determinar la magnitud de las crisis del coronavirus y el clima con solo aceptar las lecciones de la ciencia, incluso la terrible verdad de que la tardanza en actuar solo nos llevará a la devastación. Debemos comprender que estar del lado de la naturaleza es estar del lado de la humanidad.

Ahora, más que nunca, necesitamos tener esperanza. Pero no podemos quedarnos de brazos cruzados y esperar a que llegue; debemos crear las condiciones para generarla.