Por: Eliseo Talancha Crespo – UNMSM
Conocí a Pablo Macera en el “Seminario de Historia Rural Andina” de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, que funcionaba en una casona contigua al Congreso de la República, en el centro de Lima. En el corolario de su venerable existencia, en las conversaciones con el amigo en común, escritor y periodista Manuel Cisneros Milla, solía traer a colación una frase que había acuñado en sus intervenciones públicas e intelectuales: “El Perú es un burdel”.
Cuando el insigne historiador sanmarquino Pablo Macera dijo «El Perú es un burdel», no se refería al escándalo gratuito, sino a una metáfora brutalmente honesta para describir un país donde todo parece ser un lenocinio; donde las reglas se transan, donde las instituciones se alquilan, donde la dignidad pública se negocia al mejor postor, donde hay ausencia de un proyecto nacional coherente, donde los cargos públicos se reparten como favores, entre otros males endémicos que se arrastran desde que se instauró la República.
Si hoy revisamos la coyuntura nacional, signada por la inestabilidad política crónica, la corrupción transversal, la precariedad institucional, la improvisación convertida en método de gobierno, el uso del poder como botín y otros asuntos, resulta difícil sostener que aquella afirmación de Macera de los años setenta del siglo pasado haya quedado atrás. Creo que cambiaron los actores, los discursos y las formas; pero el fondo, no. La desorganización sigue siendo la norma, la incompetencia rara vez tiene consecuencias y la corrupción dejó de ser una anomalía para convertirse en parte normal del sistema.
A estas alturas de nuestra República inconclusa, lo más grave quizá no es que la frase de Macera siga siendo válida, sino que ya no indigne como antes. En los años setenta del siglo XX provocaba debate; hoy apenas despierta resignación o ironía. Y cuando una sociedad se acostumbra a su propia degradación, el problema no solo deja de ser político o económico, sino que se vuelve moral y cultural. La frase no ha perdido vigencia como diagnóstico; ha perdido vigencia como escándalo.
Así que aquello de que “El Perú es un burdel” no parece haber perdido vigencia. Los recientes cuestionamientos en torno a la contratación de personal en el entorno del presidente interino José Jeri parecen devolver plena vigencia a la provocadora frase de Macera. Lo que sí hemos perdido —y eso es aún más alarmante— es la capacidad colectiva de indignarnos, de escandalizarnos ante lo que esa frase denuncia y encierra.
Lo que ha cambiado no es la realidad que denuncia, sino nuestra reacción frente a ella. La metáfora histórica de Macera es incómoda, excesiva para algunos, pero profundamente reveladora y, sobre todo, vigente. Si miramos el presente, cambian los rostros, los discursos y los contextos; pero las prácticas persisten. El fondo sigue siendo el mismo.




