Carabayllo, uno de los distritos más golpeados por la violencia en el Cono Norte de Lima, permanece en tensión tras el asesinato de Odar Olarte Mercado (40), trabajador de la ladrillera Pirámide, acribillado cuando retornaba a su vivienda. El caso se volvió aún más sensible por un antecedente directo: un mes antes, el jefe de seguridad de la misma empresa, Carlos Alberto Flores Zegarra (57), también fue asesinado a tiros en Puente Piedra, lo que refuerza la hipótesis de una escalada criminal dirigida contra el entorno de la compañía.
La noche de su captura, la Policía detuvo a un sicario juvenil identificado como Saulo Gil Manuyama (20), alias ‘Chino’, señalado como autor de los disparos que acabaron con la vida de Olarte. De acuerdo con la información policial, el detenido estaría vinculado a la banda ‘Los Injertos de Puente Piedra’, y su confesión se ha convertido en un punto de quiebre para reconstruir cómo se organizó el atentado y quiénes habrían participado en la cadena de decisiones.
El arresto se produjo en la Plaza Mayor de Puente Piedra, un detalle que llamó la atención por la cercanía con una dependencia policial. Fuentes del caso señalan que el testimonio preliminar del intervenido ya permitió activar diligencias y operativos, debido al nivel de detalle con el que describió el hecho y la manera en que —según su versión— se coordinó la ejecución del crimen.
En su declaración inicial, el joven confesó que aceptó disparar por una suma de S/1.000. Pero lo más revelador no fue solo el monto, sino el argumento con el que buscó explicar su decisión: “mi mamá estaba enferma y era cumpleaños de mi hermana”. La frase, recogida durante su testimonio ante la autoridad policial, expone un patrón recurrente en estos delitos: la captación de jóvenes por redes criminales que aprovechan urgencias económicas y contextos familiares vulnerables para convertirlos en ejecutores.
La confesión, brindada en un contexto de investigación en curso, describe también la lógica operativa del ataque: el sicario no solo habló de su participación directa, sino que dejó entrever que existió una estructura que asigna funciones, define objetivos y aprovecha brechas de control para actuar con rapidez. Para los investigadores, ese dato es clave porque permitiría ir más allá del gatillero y acercarse a los niveles de coordinación que ordenan, financian o supervisan estas acciones.
El crimen ocurrió el 18 de diciembre, cuando la víctima regresaba a su casa en Carabayllo. La Policía considera que el detenido podría aportar información decisiva para establecer si existe un vínculo entre este asesinato y el del jefe de seguridad ocurrido semanas antes, y si ambos responden a una misma lógica de presión criminal, represalia o cobro vinculado al entorno laboral.
Las autoridades han señalado que ‘Chino’ se ha vuelto una pieza central de la investigación, no solo por admitir su rol como autor de los disparos, sino porque su testimonio revela la forma en que se ejecutan estos atentados: selección del objetivo, rutas, vigilancia previa y condiciones que facilitan el ataque. En términos simples, su confesión no solo apunta a un crimen: abre la puerta a entender el funcionamiento de una red que opera en Carabayllo y Puente Piedra, y que podría estar detrás de más hechos violentos.
De acuerdo con información atribuida a fuentes policiales, el joven rindió su testimonio preliminar ante el general Víctor Revoredo, jefe de la Dirección de Investigación Criminal, lo que refuerza el peso del caso en la agenda operativa de la PNP. En paralelo, se han desplegado acciones para ubicar a otros presuntos integrantes de la organización, bajo la premisa de que el sicario capturado no actuó de manera aislada.
Mientras la investigación avanza, el caso vuelve a poner en debate dos temas que se repiten en el Cono Norte: la capacidad de las redes criminales para reclutar jóvenes con rapidez y la fragilidad de los entornos de seguridad —públicos y privados— para prevenir ataques que, en cuestión de segundos, terminan en muerte.




