Escrito por: Marcos Cancho Peña
A mis amigas les gusta la vida social. Durante mis 20 abriles, he socializado incontables veces con ellas. Hemos jaraneado con mil canciones, hemos bebido de mil floreros, olvidamos mil veces que el día siguiente era lunes. La noche siempre fue cómplice de la diversión, jamás del abuso. En nuestras reuniones, nunca hubo violencia sexual. Porque no es normal que ocurra. Porque las personas conservan su dignidad siempre, independientemente de la situación, el contexto, el momento.
Al iniciar la semana, una joven de 21 años denunció que fue violada por cinco hombres, luego de una fiesta llevada a cabo en Santiago de Surco. La noticia se expandió por las redes sociales. Fue así como se hicieron públicos comentarios como estos: “Se lo merecía por salir en horario de toque de queda”, “que esto sirva como antecedente para todas las señoritas que toman como camioneros”, “ella quiso que ocurriera, en la fiesta había drogas”. ¿En qué momento perdimos nuestra humanidad?
El Perú vive en una “cultura de la violación”. En esta parte del mundo, se justifica la violencia confiriendo la culpa a la víctima. Para muestra, un botón: Paulo Muñoz, abogado de uno de los cinco acusados, en defensa a su patrocinado, opinó que a la denunciante le gustaba la “vida social”. Traducción: “Ella se lo buscó”. Repugnante. Nada justifica una violación: ni el ron, ni la minifalda, ni el reggaetón, ni los tres juntos. Justificar el abuso es avalarlo, avalarlo significa normalizarlo y, finalmente, normalizarlo significa ser cómplice.
Soy partidario de que la educación nos salvará. Algunos ya perdieron la fe, yo no. Estoy seguro que es lo único que puede rescatarnos de la miseria. Por eso, antes de plantear condenas más drásticas para los culpables, se debe pensar en combatir el problema con un cambio educacional. La única forma de modificar la situación es resembrando en las próximas generaciones. Urge que tomemos en serio el enfoque de género y la educación sexual integral. Es vital que ambos sean el abono de la nueva raíz. Nuestra sociedad lo necesita.
Siendo realista, mi condición de hombre jamás me permitirá entender completamente la impotencia de las mujeres al enterarse de estos casos, en los que la masa culpa a las víctimas. Desde mi tribuna, no puedo hacer más que escribir indignado y, claro está, buscar el cambio con mis letras. Pero no quiero culminar así. Les digo algo, mujeres: Sigan disfrutando de la vida social; ustedes no deben cambiar, es nuestra sociedad la que debe hacerlo.




