Por Yeferson Eduards Carhuamaca Robles
Los libros son amigos que se quedan para siempre en nosotros, sus valores son transmitidos a otros casi inconscientemente a lo largo de los años. Cuando eres un niño tienes la sensación de poder lograr todo, buscar las estrellas del cielo y hablar con ellas, además de colocar las piezas del rompecabezas de la vida como te pega en gana, de buscar la alegría en sencillas actividades como el jugar con agua, armar algo con barro o construir caminos en el suelo. Sin embargo, los adultos siempre lo arruinan todo, aquello que nos brindaba las cartas para poder imaginar mundos y crear unos nuevos, estaban casi prohibidos o no eran convenientes.
En épocas de invierno, la casa se quedaba rodeada de mucha nieve y con ella el frio insoportable, las manos siempre abrigadas con guantes de lana y las botas que me llegaban hasta las rodillas, los abrigos y las chompas, la gorra de lana de alpaca abrigaban las orejas para que al momento de salir a la calle no se queden adoloridas. Nadie podía jugar, los niños en esas épocas desaparecían de los barrios, el frio era la compañera de la enfermedad y de la muerte. Cada casa del barrio tenía una estufa, las humaredas se notaban muy poco cuando caía la nieve, pero casi siempre se podía observar el humo saliendo hacia el cielo.
Por aquel entonces, como niño uno tenía que quedarse obligatoriamente en casa, mientras pasaban los temporales. Uno a esa edad y con ese tiempo debía ser muy creativo para jugar en el mismo lugar y cambiar de opciones continuamente, aunque al final todo era repetitivo y con ello se avecinaba siempre un aburrimiento incontestable. Recuerdo que una tarde mientras caía el granizo como meteoritos sobre mi techo, mi mirada esquivaba al bullicio de la granizada y ponía su atención en aquel viejo mueble de mi padre, ese que estaba acomodado en un rincón de la sala cubierta de un mantel color rojizo con dibujos de flores blancas, me puse a curiosear con algo de temor porque quizás estaba también prohibido para un niño que solo buscaba algo de diversión. A esa hora padre estaba en su trabajo, quizá demoraría mucho en volver por cómo estaba el clima, entonces fui por el mueble, levanté con una cierta calma el mantel y cual tesoro escondido vi dos puertas de cristal con marcos de madera y en medio un pequeño candado dorado.
Me quedé consternado, de pronto el mantel se deslizó y calló sobre mí, apuré en quitármelo de inmediato, en tanto mi curiosidad era una bomba de tiempo, quería ahora saber de todas maneras que es lo que se ocultaba ahí en aquel mueble, qué era ello que estaba aprisionado en tan custodiado lugar, un candado pequeño era mi mayor obstáculo. Mientras observaba al vigilante de aquella puerta, ese pequeño trozo de metal dorado que se anteponía y según pasaba el tiempo mi curiosidad se incrementaba, tuve que calcular miles de formas de abrir dicho candado, me quedé mirándolo por un tiempo.
Mientras mi mirada se perdía en combinación con mis ideas, una breve pausa hizo que pudiera ver que algo brillaba debajo del mueble, era una llave pequeña que tenía un aro como de esos que tienen los llaveros. El impulso por cogerla fue de inmediato, sin saberlo había encontrado la forma de abrir aquella bóveda. La llave encajó en aquel pequeño candado, al girar hizo un chirrido cascabelero y grité ¡eureka! Las puertas se abrieron de par en par, una formación milimétricamente ordenada de libros yacía frente a mí.
El olor a pasado o a otoño que emanaba de ellos, eran una invitación a poder descubrirlos, entonces empecé por los coloridos y aquellos que tenían las más llamativas portadas. Era un niño jugando con libros, ¿era ello leer? Creo que eso era a lo que llamarían lectura. Conocí muchos lugares encantadores gracias a los libros de Julio Verne, mi padre tenía una colección con imágenes de los viajes al centro de la tierra, también pude leer varias historias de vaqueros e indios, mi padre guardaba varias novelas gráficas donde se podía ver y leer la crueldad de esa guerra, además de uno de los libros más grandes y bonitos que había en aquella bóveda que llevaba como título: “Las mil y una noches”. Era el descubrimiento de lugares, personajes y aventuras. Mi infancia la acompañó la nieve, los libros y sueños que fueron creados a partir de ese descubrimiento.




