En la sociedad contemporánea, una creciente preocupación emerge entre padres y educadores: la aparente dificultad de los jóvenes para afrontar los reveses de la vida cotidiana. La etiqueta de “generación de cristal” se ha popularizado para describir a aquellos niños y adolescentes que manifiestan una sensibilidad exacerbada ante la frustración, el error o la crítica. No obstante, expertos en salud mental advierten que esta denominación puede ser contraproducente, al invisibilizar las verdaderas necesidades emocionales de los menores.
Según la investigación publicada por El Comercio, lo que a menudo se interpreta como fragilidad emocional podría ser, en realidad, una mayor conciencia de las propias emociones, una generación que busca relaciones más auténticas y humanas.
Esta perspectiva desafía la noción simplista de una generación inherentemente débil, sugiriendo que el problema reside en una cultura que aún penaliza la expresión emocional y exige una dureza constante. La sobreprotección parental, motivada por el deseo de evitar a los hijos los sufrimientos propios, puede, paradójicamente, privarles de las herramientas necesarias para afrontar la adversidad. Esta sobreprotección se manifiesta en evitarles pequeñas dificultades, impidiendo el desarrollo de la autonomía emocional, la toma de decisiones y la capacidad de resolver problemas por sí mismos.
Asimismo, el contexto actual, caracterizado por la inmediatez y la gratificación instantánea que ofrece la tecnología, contribuye a disminuir la tolerancia a la frustración. Los niños, acostumbrados a respuestas rápidas y recompensas inmediatas, tienen menos oportunidades para entrenar la paciencia, la perseverancia y la resiliencia. La psicóloga Antonella Galli, de la Clínica Ricardo Palma, señala que muchos padres intentan evitar que sus hijos vivan las mismas dificultades que ellos enfrentaron, lo que, sin intención, les resta herramientas para superar los obstáculos, haciéndolos más vulnerables ante la frustración.
Las manifestaciones de una baja tolerancia a la frustración varían según la etapa del desarrollo. En la primera infancia, pueden observarse rabietas intensas, llanto excesivo o enojo ante límites o contratiempos. En la niñez media, se manifiesta a través de la evitación de actividades nuevas por miedo al error, el abandono rápido de tareas difíciles o una hipersensibilidad ante críticas. En la adolescencia, puede traducirse en autoexigencia extrema, baja autoestima, ansiedad social o reacciones impulsivas ante el fracaso o el rechazo.
Las consecuencias de no abordar adecuadamente la tolerancia a la frustración pueden ser significativas. A corto plazo, se observa una mayor dificultad para regular las emociones, lo que puede llevar a conductas disruptivas y problemas en las relaciones interpersonales. A largo plazo, puede afectar la autoestima, la capacidad para alcanzar metas y el bienestar general. Por ello, es fundamental replantear las estrategias de crianza y educación, priorizando el desarrollo de habilidades emocionales y la promoción de un entorno que fomente la resiliencia.
Expertos proponen un enfoque centrado en el acompañamiento emocional, la validación de las emociones y el establecimiento de límites claros y respetuosos. Se trata de permitir que los niños experimenten la frustración sin intentar evitarla, ofreciéndoles herramientas para gestionarla de manera saludable. Fomentar la autonomía, promover la resolución de problemas y modelar una actitud positiva ante los desafíos son elementos clave para fortalecer la resiliencia y preparar a los jóvenes para afrontar los retos de la vida con confianza y seguridad.




