Con la llegada de la Semana Santa, muchos creyentes se acercan nuevamente a Dios, buscando consuelo, esperanza y protección. En un país mayoritariamente católico como el nuestro, estas fechas suelen ser motivo de reflexión espiritual, pero también deberían ser una oportunidad para mirar con honestidad nuestra realidad social y política.
No podemos limitarnos a orar solo en estas fechas, ni recordar a Dios únicamente cuando el calendario litúrgico nos lo indica. La fe debe ser constante, sobre todo en medio de un país donde el pueblo vive, día a día, un auténtico viacrucis. La precariedad en los servicios públicos, el olvido del Estado en las zonas rurales y la corrupción que se enquista en las más altas esferas del poder, son señales claras de que nuestra nación necesita mucho más que actos simbólicos. Necesita compromiso real, desde la ciudadanía hasta quienes ejercen el poder.
Mientras los templos se llenan de fieles, las escuelas siguen sin techos, los hospitales sin medicinas, y los niños sin acceso a una alimentación digna. Nos gobiernan autoridades que han sustituido el servicio público por el interés personal. La presidenta, los congresistas, los gobiernos regionales y locales parecen vivir de espaldas al pueblo. No hay señales de arrepentimiento, ni de propósito de enmienda. Solo discursos vacíos y una ambición desmedida por el poder.
El caso de Huánuco es un ejemplo doloroso. Un pueblo trabajador, creyente y pacífico, que ha sido traicionado por quienes prometieron representarlo. Figuras como Luis Picón y su entorno familiar se reparten los recursos como si fueran parte de un botín. Y aun así, se presentan a nuevas elecciones como si no tuvieran cuentas pendientes con la gente.
Este pueblo católico debe aprender de sus errores. Así como acude con devoción a los templos, debe también ejercer con conciencia su derecho al voto. No se trata de sembrar confrontación, sino de despertar responsabilidad. De exigir que quienes aspiran a cargos públicos no solo ofrezcan promesas, sino resultados concretos.
La verdadera fe se demuestra con acciones. Si queremos que Dios nos ayude, debemos también ayudarnos a nosotros mismos, actuando con justicia, memoria y dignidad. Que esta Semana Santa no sea solo una ceremonia más, sino el inicio de una transformación verdadera.




