Se zurran olímpicamente en la educación

Jorge Farid Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

Para un número nada despreciable de peruanos, y sobre todo para los directamente responsables de que nos encontremos en este estado de cosas en primerísimo lugar, esto es, para quienes en mala hora llevaron al poder al rosario de delincuentes cuyos remanentes aún hoy nos gobiernan, las medidas populistas llevadas a cabo por los últimos gobiernos han significado siempre música para sus necesitados oídos, por lo que las han recibido con un nada solapado entusiasmo, con un más bien a menudo abierto e indisimulado enardecimiento que, naturalmente, ha acabado diciendo mucho de nuestro ya probado gusto por lo fácil, de nuestra inveterada tendencia a sacarnos los ojos por migajas. 

Y poco importa, desde luego, que quienes se encuentren detentando el poder sean de derechas o izquierdas, que para los efectos da exactamente lo mismo: tanto unos como otros tienen claro que no existe nada que guste tanto a la gente, que contente tanto, pero tanto a las masas, que haga entrar en verdadero éxtasis al manido pueblo, como el hecho de brindarle a manos llenas la posibilidad de llevarse un pan a la boca, sin haber movido un solo dedo para ganárselo. Por lo que una de las primeras cosas que acostumbran a hacer una vez instalados en el cargo, al margen de cuáles sean sus colores políticos, es abocarse a repartir a diestro y siniestro precisamente aquello que deberían cuidar con el mayor de los celos, por haber sido elegidos entre otras cosas para ello: los recursos de todos y cada uno de los ciudadanos. Pero esto, claro, es algo que a los susodichos parece no importarles en absoluto, pues no son pocos los casos en que se llega al extremo, incluso, de endeudar al país entero por décadas, de condenar a las futuras generaciones, a las estrecheces económicas, con tal de hacerse del aplauso y la gracia públicas.

Si bien lo anterior es, como quedó dicho, algo a lo que mal que nos pese ya nos encontramos acostumbrados, dadas las innumerables ocasiones en que hemos sido testigos del derroche del tesoro público en que incurren casi siempre los mencionados,  hay cuestiones que por su evidente gravedad, que por su inocultable importancia, que por su innegable relevancia, pueden llegar a sobrepasar con creces hasta los populismos más desmesurados. Que es lo que ocurre cuando a los gobernantes de turno les da, como sucede ahora, por meterse con algo que por obvias razones no debería ser considerado peccata minuta: la educación.

Caracterizada durante mucho tiempo por ser la última rueda del coche en materia de importancia asignada por el Estado, la educación básica ha experimentado, no obstante, una innegable mejora en los últimos años, y ello en gran medida gracias a los cambios implementados por la Ley de Reforma Magisterial, que, desde su entrada en vigencia hace ya más de diez años, ha contribuido como nada a la puesta en valor de una profesión consuetudinariamente relegada a un injusto segundo plano. Pues al margen de los muchos errores o desaciertos que se le podría achacar, y que de hecho posee, lo cierto es que son muchas más las bondades que se le podría enumerar. Sobre todo, en lo que respecta, por ejemplo, a la importancia que le concede a la meritocracia como único mecanismo de avance y desarrollo en la carrera magisterial.

Meritocracia que, con la aprobación por parte del Congreso del nombramiento automático de docentes que tengan más de tres años de contratados, se va, desde luego, al mismísimo carajo, habida cuenta de que ya no será necesario, como había sido hasta ahora, participar de un concurso público para poder ser nombrado. El argumento del Legislativo para llevar a cabo semejante despropósito es que, con la aprobación de la referida norma, se buscaría brindar la estabilidad laboral a quienes en este momento no la tienen. Olvidando olímpicamente que con ello se retrocede no solo en cuanto a lo mucho que se ha avanzado en materia de meritocracia en los últimos años, sino también, y no es poco bien mirado, en cuanto al derecho de los estudiantes a ser educados por los mejores maestros.

Y que no se deduzca de esto último, claro, que la totalidad de los profesores que hoy por hoy se encuentran contratados carezcan de las condiciones y competencias necesarias que hacer un trabajo eficiente y de calidad. Por supuesto que ese no es el caso. Los hay muy competentes, por supuesto. Incluso más, hay que decirlo, que quienes gozan de la susodicha estabilidad laboral conferida por el nombramiento. De lo que se trata, en realidad, es de entender que abriendo las puestas del Estado a todos aquellos que, por las razones que fueran, no han podido alcanzar el nombramiento hasta ahora, lo único que se logra es tirar por los suelos esa cultura de esfuerzo y superación a la que tanto ha costado acostumbrar a los docentes en los últimos años. ¿Qué mensaje nos dan en el fondo nuestros inefables congresistas, aprobando leyecitas mamarrachas como la que ahora nos presentan? Que solo les interesa el aplauso fácil. Que se zurran olímpicamente en la educación