Por: Israel Tolentino
Lima es una capital gris, es una verdad de perogrullo, sus 11 millones de habitantes negados a regocijarse en el color, en la luz que aviva el paisaje soterrado; prefieren respirar el ambiente sombrío, repitiendo y haciendo caso a ciertas voces que siguen señalando: la pintura ha muerto. Algo de razón deben tener desde su punto de vista, algo, no la razón completa.

Comúnmente, se confunde técnica con arte y artista, técnica con creatividad, técnica con pintura… Salvador Velarde (1951) es un artista con técnica, una isla en este tejido urbano y, no porque haya decidido serlo, sino que sencillamente, siempre ha sido el mismo y sigue consecuente a esa existencia: observador inagotable, personaje asumiendo retos, construyendo bajo el tópico de paisaje. Todo lo que hay en su entorno ha cambiado. En el lugar donde para cualquier otro artista hace tiempo se hubiera consumido la inspiración asfixiada en el estrés, Salvador ha sabido sembrar miradas renovadas, con atisbos de junglas apocalípticas unas veces y barrocas sensualidades otras. Ha transformado y revitalizado la precaria naturaleza capitalina insuflándole misticismo y organicidad; equilibrio y frescura; personalidad y potencia. Dignidades que solamente un espíritu sensitivo podía salvar del fango. Ha unido su vida al territorio contemplativo confabulado por los Ychsma, mientras en la urbe se imponen la velocidad y el olvido, Salvador contrapone sosiego y memoria.

Carolina (cortesía “china” Mulanovich).
La biomasa capitalina tranquilamente equivale a más del 30% de la población nacional y se vanagloria de sus edificios y el grass sintético de sus jardines; una confusión que conlleva a creer que la vida es comprar agua en botella y beberla bajo una sombrilla clavada en el césped artificial. Una sensibilidad guiada por la televisión y los medios virtuales como este, con la consigna unánime de borrar la naturaleza de la existencia, como si el encuentro con la roca y el mar, el olor a pescado y hierba, andar y sudar, fueran extraños.
Su nombre no es en vano: Salvador. En tiempos en que ciertos procesos artísticos parecen venidos a menos u opacados por los quince minutos de fama, encontrar eremitas en contemplación y acción debe tomarse como una señal que no todo está perdido, deshumanizado, confundido en la babélica distopía de la megápolis. Salvador ha tomado los pinceles por picos y Pachacamac como su centro de operaciones y de oxigenación hace 30 años, un espacio milenario y estratégico donde desde antiguo el mar y las montañas convergen en un punto a tiro de piedra, en la perspectiva de los ojos, al alcance de los pasos de los amigos.

Fórum, fundada por Claudia Polar y Graciela Zegarra conocida como la “china” Mulanovich, es una emblemática galería de arte en Lima, en ese espacio ubicado en el sótano de la Avenida Larco 1150 Miraflores, Salvador Velarde, luego de sus acostumbradas pausas muestra un conjunto de sus obras. El título de la exposición: “Reflexiones” aclara a más no poder la intención del artista, justamente aquello que necesita esa masa trabajadora de carne, hueso y pellejo.
Jamás de los jamases, se hubiera concebido que entregarse a la observación del paisaje sería un modo contestatario y de resistencia válido para este tiempo, situación atípica, dado que son otros los métodos con que se intenta perturbar la plástica nacional. Cuando se va conociendo la fragancia del óleo en la obra de Salvador Velarde, uno va dándose cuenta de esa consigna certera: el trabajo manual es proporcional a la velocidad del crecimiento de las plantas.

¿Qué reacción esperar frente a una pintura del artista? primero: darse cuenta que un aporte tecnológico no suprime la sensibilidad arcana; segundo: la pintura al óleo, es una técnica que se refresca y renueva en sus telas; tercero: dibujar es un acto mental donde la forma es capturada por el lápiz del demiurgo; cuarto: la buena pintura nunca muere.
Y, como buen Salvador, nada que involucre al otro se construye en soledad humana, tiene el artista a su compañera Carolina Viale (música y cantautora), con ella la entrega y responsabilidad para con la vida, la naturaleza, el arte y el prójimo; sobrepasa el itinerario de comer, beber y dormir. Ellos, desde hace más de 30 años, tienen una escuela libre donde alojan artistas, enseñan artes plásticas, música y deportes; una burbuja, como el planeta tierra, caminando en el gris escenario poblado de gallinazos (Pozuzo, junio 2023).




