Salud mental en Huánuco: el grito ignorado de una generación en riesgo

La salud mental ha dejado de ser un problema oculto para convertirse en una de las emergencias más urgentes de nuestra región. En Huánuco, los índices de suicidio entre adolescentes y jóvenes, el incremento del ciberacoso y el debilitamiento de la salud emocional urbana configuran un panorama alarmante que las autoridades no pueden seguir relegando.
La advertencia de la decana de Psicología de la Universidad de Huánuco, Palmira Lagos Sarmiento, es clara: el 71 % de los suicidios corresponde al grupo etario entre los 14 y 35 años. Esta cifra, más allá de ser un dato estadístico, es una herida abierta en el tejido social de la región. Es una alerta que revela la desprotección de una generación atrapada entre la precariedad institucional, la sobreexposición digital y la indiferencia de los sistemas de atención.
Uno de los factores más graves es la ausencia estructural de atención psicológica en las escuelas. Existe una ley que exige la presencia de psicólogos en cada institución educativa, pero su implementación ha sido prácticamente nula. ¿Cómo pretendemos prevenir el daño emocional si no tenemos personal especializado donde más se necesita? La detección temprana de trastornos mentales en los entornos escolares es una herramienta vital, no un lujo.
Las nuevas formas de violencia, como el ciberacoso y la captación de menores a través de redes sociales, avanzan más rápido que las medidas de prevención. En lugares como Panao, la exposición de niños y adolescentes a redes digitales sin filtros ha derivado en situaciones de explotación. Mientras tanto, las cifras oficiales son difusas y las acciones concretas escasean.
También es preocupante el deterioro del vínculo afectivo en el entorno familiar, desplazado por dispositivos electrónicos que reemplazan el contacto humano. La desconexión emocional entre padres e hijos deja a los menores en un terreno fértil para el aislamiento, la ansiedad y la depresión. Marcar límites, conocer los hábitos digitales y romper el estigma hacia la psicoterapia son medidas mínimas pero urgentes.
A esta realidad se suma el estrés urbano, particularmente el derivado del caos vehicular, que según Lagos, está incrementando los niveles de ansiedad, irritabilidad y agresión en la población. Esta tensión social cotidiana, que parece menor, puede convertirse en detonante de conductas violentas o autodestructivas si no es contenida adecuadamente.
Lo que está en juego no es solo el bienestar emocional de las personas, sino la cohesión y el futuro de una sociedad entera. Postergar este debate, minimizar su urgencia o relegarlo a los márgenes del sistema de salud es perpetuar el sufrimiento silencioso de miles de ciudadanos. La salud mental no puede esperar más.